La última moda en Alemania es cenar a ciegas
Berlín, ANSA
La última moda en Alemania es la «blind dinner» (cena ciega), una cena totalmente a oscuras lanzada por un restaurante alternativo en el distrito étnico de Kreuzberg, en Berlín, ya destinado a convertirse en sitio de culto.
La idea es del dueño del «Abendmahl» (Ultima cena), Udo Einenkel, que quería hallar una manera de devolver al paladar su supremacía en la mesa. ¿Qué mejor manera que neutralizar la vista para valorizar los otros sentidos y hacer concentrar al cliente en el rito de la degustación?
Así se llega a la cena en su local, siempre repleto, con las mesas en filas alineadas para facilitar los movimientos de los camareros y los clientes que, excitados, murmuran mientras se apagan las luces y las velas.
A decir verdad –cuenta Einenkel a ANSA– hay un precedente en Europa, el restaurante «Blinde Kuh» (Vaca ciega) de Zurich, que sin embargo busca, más que otra cosa, acercar a la clientela normal a la comunidad no vidente.
Einenkel se inspiró también en el relato de un amigo suyo, cuya madre cuando era pequeño le vendaba los ojos antes de presentarle maravillosas sorpresas culinarias, con gran alegría del niño.
El cliente que va al Abendmahl para la «blind dinner» –el rito se desarrolla un par de veces por mes desde enero– está avisado: debe llegar puntualmente para ocupar su lugar antes de que se apaguen las luces, debe obedecer las instrucciones de los camareros en el momento de servir los platos, y si necesita ir al baño debe decir en voz alta el número de su mesa.
Entonces un camarero lo llevará de la mano hasta el baño, a la ida y a la vuelta.
El menú se mantiene en secreto hasta la hora de la cena, que dura dos horas abundantes. Los camareros se orientan perfectamente en la oscuridad gracias a minúsculos puntos luminosos rojos fijados en las patas de las sillas.
Cuando se acercan a las mesas para depositar o llevarse los platos exhortan al cliente a tomar los vasos y cubiertos en la mano. Luego el cliente debe comer.
Al principio el tenedor busca en el plato a ciegas, pero luego se acostumbra y, si no puede, luego comienza a comer directamente con las manos.
«El plato se vacía y comienzan los problemas», dice un cliente. En efecto, con el plato lleno la operación es más fácil: cuando se vacía, se convierte en una empedernida búsqueda de cada bocado con el tenedor.
A medida que avanza la cena –con entrada, plato principal, postre– la atmósfera se hace más alegre: la gente ríe, conversa en voz alta, hay quien consigue hablar de otra cosa que no sea la «cena a ciegas», y quien intercambia besos.
En general no hay incidentes. «Como mucho –dice Einenkel– se cae un vaso». Fumar está prohibido, mientras cada cliente se ve embriagado por una cascada de sabores que parecen insólitamente exóticos.
Cada tanto, una voz entona canciones: la gente aplaude, come y goza de la comida. Luego, poco a poco, empiezan a aparecer algunos reflejos de luz, luego llegan las velas.
Udo quita las telas negras de las ventanas, abre las persianas, y los clientes pueden ver el menú y los platos que saborearon: carpaccio de champignons, palta, tomatitos con queso griego, saitan, un plato oriental, en salsa de cassis con brócoli, coliflor y gratin de papas al romero, helado al jenjibre con fresas y obleas.
El menú –vegetariano– del «blind date dinner» tiene también un título: ¿Quién le teme al hambre negro?
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