Argentina. Un libro revelador del periodista Isidoro Gilbert

Semillero de la patria comunista

Para reparar esos errores y rescatar del olvido a militantes perseguidos, presos, torturados o simple-mente olvidados por las pur-gas (incruentas, si se las com-para con la URSS, claro) y los volantazos de la conducción, Isidoro Gilbert (quien fuera corresponsal de LA REPUBLICA) ha escrito un libro insoslayable para cualquier interesado en el lado B de la historia argentina del siglo XX.

Alistándose para la revolución. La Federación Juvenil Comunista 1921-2005 (Sudamericana) lo hacen sonreír: «El tiempo que llevó este libro… ¡es la vida!».

Como muchos de los prota-gonistas de su libro, Isidoro Gilbert era un adolescente cuando escuchó hablar de la Fede en una esquina de La Paternal y lo era aún la primera vez que tuvo en sus manos el fundacional Manifiesto. Se afiliaría en 1948, durante una fiesta en la que se recaudaron fondos para financiar la Revolución.

Y en otra fiesta, nueve años más tarde, conocería a Juana, su mujer. «Entré poco después de la Segunda Guerra, con los ecos de la gran gesta soviética que había derrotado al fascismo y al nazismo. Nos importaba menos la derrota electoral del PC frente a Perón que la causa internacional. Enseguida, la Revolución China vendría a avalar la creencia en lo ineluctable del socialismo y el comunismo.»

Ahora, sentados en la biblioteca del departamento al que llega como un rumor el tránsito de la 9 de Julio, Gilbert habla como el arqueólogo de otra Atlántida perdida. «Yo me acuerdo de estar en San Martín y Gaona conversando con unos muchachos si faltaban diez años o veinte años para la revolución. Nuestra creencia nos acercaba a los místicos a pesar de ser ateos militantes.»

­Las prohibiciones que comenza-ron con el Partido mismo mues-tran que hasta los anticomunis-tas creían en la revolución…

­En este país era una verdad que nadie discutía. Hasta los 80 uno hablaba con periodis-tas, empresarios, radicales y peronistas, y todos creían que llegaría el socialismo.

Con la caída de los regíme-nes comunistas moría la cer-teza. «Dejé el Partido a fines de los 80 sin peleas, como conse-cuencia de un proceso de revi-sión crítica tras el que pasé a considerarme socialista. Así y todo, luego de escribir «El oro de Moscú» ­de 1994­ tenía ganas de testimoniar esa experiencia, porque me daba bronca la negación del comunismo en la vida del país. ¡Se arrancó de raíz la presencia del PC en hechos como el Cordobazo, donde fue pieza importante por su apoyo a Agustín Tosco!

­Si esa era la intención, ¿por qué hacer una historia de la Fede y no del Partido Comunista?

­Porque por ella pasó buena parte de la elite política, so-cial, sindical, intelectual y hasta guerrillera del país. Con este libro quise probar que la Fede fue una escuela política y moral, una matriz cultural. El desarrollismo en los 50 (aunque Frondizi prohibió al PCA), las agrupaciones revolucionarias de los 60 y 70, el Frente Grande en los 90 y hoy el kirchnerismo tienen la marca de la Fede, independientemente de lo que hayan hecho.

El periodista se remite a las pruebas: entre los políticos porteños, Jorge Telerman, Daniel Filmus, Carlos Heller, Aníbal Ibarra y hasta los ma-cristas Mariano Narodowski ¡y el publicista ecuatoriano Jaime Durán Barba! son ex FJC. «El anticomunismo pedestre ya no tiene lugar. Es más: una persona con experiencia en la Fede muy probablemente sea alguien comprometido, disciplinado, íntegro y culto.»

­¿Explicación?

­Ninguna juventud partidaria tuvo la continuidad de la Fede (creada hacia 1921, disuel-ta en 1995 y refundada en 2005). Para la formación basa-da en la filosofía tuvo sus pro-pios espacios, además de su aparato económico y de prensa, vínculos internacionales, escuelas en el exterior y colo-nias para chicos.

Fue pensada como una retaguardia generacional, donde ir sembrando la semilla del hombre nuevo, herencia de los anarquistas, que pensaban que había que ganar la cabeza y el corazón de los jóvenes para que fueran abiertos y solidarios. Por eso, el compromiso era total y dejó marcas muy fuertes.

Endogámicos, machistas, moralistas y durísimos con quien osaba discutir la línea partidaria oficial, la rigidez de los pecetos también es revisada en el libro.

«Sin embargo, los recuerdos son cálidos porque los vínculos son los de una hermandad construida en un momento muy particular de la vida, entre los 16 y los 25. Entre la secundaria y la universidad, porque la presencia de la Fede fue menor entre los obreros después del peronismo.»

La primavera democrática fue también la de la Fede, que llegó a contar con unos cien mil militantes (dada su historia de clandestinidad no hay precisiones). Qué pasó después es, quizá por su contemporaneidad, lo más interesante de esta historia. Y obliga a mirar el lado más oscuro del PCA: su rol durante la última dictadura.

«A pesar de ser una excusa central del golpe del 76, tener unos 4.000 detenidos, un centenar de desaparecidos y muchos exiliados, hasta los in-formes militares desmienten que fuera un peligro.» Si bien muchos combatientes eran ex Fede y se ayudó a varios militantes perseguidos de las organizaciones armadas, el PC mantuvo latente su aparato militar, mejor pertrechado y entrenado que las guerrillas en actividad, algo que muestra la investigación de Gilbert.

­En perspectiva, ¿no habría que reconocerle al PCA el acierto de preservar a sus militantes?

­Para el PCA no estaban da-das las condiciones para una lucha armada y creyó poder sacar partido de las disputas internas del Proceso, con el que no se alió: ningún comu-nista ocupó un solo cargo. A la distancia, su clarividencia permitió salvar miles de vidas, pero hubo actitudes vergonzo-sas de apoyo a la dictadura.

Si el compromiso de los militantes fue con los perseguidos, su matrimonio con el PC soviético hizo del PCA un «socio» táctico del Proceso, que ubicaba tras la cortina de hierro el grueso de su producción agropecuaria. También cuando Carter levantó la bandera de los derechos humanos contra la URSS. «El respaldo a la política soviética en su relación con la dictadura fue una calamidad. Pero muchos jóvenes resistieron dentro del PC.»

­¿Por qué no se fueron del PC? 

­Porque no había adónde ir.

­Usted dice que les costó caro.

­Sentían una culpa enorme por estar vivos después de la masacre. Miembros del ERP y Montoneros los ninguneaban en Cuba en 1978, los guerrille-ros centroamericanos los in-crepaban por su prescindencia en la lucha argentina.

Así que a partir del 83 se da un proceso de crítica a los viejos dirigentes y, al calor de las experiencias insurgentes en El Salvador y Nicaragua, muchos líderes de la Fede se radicalizaron fuera de tiempo. No entendieron que el país había cambiado y en 1984 el mensaje de retomar el camino de la revolución llevó a la centrifugación de tan enorme capital político.

­¿Por qué fue tan traumático el fin de la militancia para los comunistas? Hubo divorcios, peleas entre amigos, depresiones…

­Es que para ellos no fue sólo el fin de una época. Fue el de-rrumbe de las certezas con las que habían vivido.

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