OPINION INTERNACIONAL

OMISIONES CULPABLES

Kraus era un polemista nato y un crítico muy duro de la sociedad de su tiempo; fustigó el movimiento pan-alemán, la hipocresía en las relaciones sociales, la corrupción en el imperio de los Habsburgos, la gran prensa liberal y otros muchos blancos. Pero sobre todo, fue un defensor acérrimo de la pureza del lenguaje, que él cultivaba con maestría. Asimismo tuvo un enorme éxito practicando un género que podría considerarse precursor del «one man show» de nuestros días: las lecturas públicas. Realizó recitales con los dramas de Berthold Brecht, Gerhard Hauptmann, Johann Nestroy, Goethe y Shakespeare. El escritor Premio Nobel Elías Canetti fue uno de sus numerosos admiradores y tituló significativamente el segundo volumen de sus memorias «La antorcha al oído».

Duro en sus juicios y ferozmente independiente, supo hacerse de muchos enemigos, lo que nunca le importó. En 1933, Karl Kraus parecía llamado por el destino para marcharse al exilio y ser desde allí el gran acusador del nazismo. Pero Kraus decidió algo que parecía reñido con su carácter y su trayectoria: callarse para siempre. Y lo justificó haciendo una apología de su silencio bajo el título «Sobre Hitler no se me ocurre nada». Para la historia, el gran crítico social que fracasó en su hora de prueba, solo ha quedado como un patético pedante.

La evocación de Karl Kraus resulta oportuna porque estos días nos encontramos con otro silencio no menos significativo que el suyo: el de los manifestantes habituales en todo el mundo, estudiantes idealistas, organizaciones de Defensa de los Derechos Humanos, instituciones femeninas, intelectuales comprometidos, sindicatos politizados y un sin fin de grupos preocupados por causas humanitarias, que se han convertido en un Karl Kraus colectivo, el que parece haber decidido «Por Irán no se nos ocurre manifestar».

La ocasión histórica lo reclamaba. El régimen teocrático de Irán arrojó su hueso de seudo-democracia a su pueblo. Después de descartar más de 400 candidatos, permitió que cuatro de ellos compitieran en elecciones. Pero cuando la gente tomó en serio su posibilidad de elegir, el régimen se alarmó. Cuando no salió su notorio favorito, cambió las reglas y estafó groseramente las elecciones. Según su retorcida lógica hizo lo correcto. Como gracias a su autoproclamada cercanía a la divinidad sabe mejor que el pueblo lo que le conviene, no hizo más que corregir un desliz lamentable. Pero el pueblo opinó de otra manera y salió a manifestar. La represión fue dura e implacable. Si hubo una causa justa a defender era esta: la de un pueblo indignado al que un régimen represivo sin escrúpulos le roba hasta las pequeñas migajas de democracia que él mismo le había permitido conservar.

Pero no. Al margen de las previsibles marchas de los exilados iraníes en distintas capitales, no hubo manifestaciones organizadas de solidaridad. Ni en Tokio ni en Londres, ni en Buenos Aires ni en Madrid, ni en Toronto ni en Amsterdam, ni en Montevideo ni en Oslo, ni en la ciudad de México ni en Varsovia. Las dos manos que se convirtieron en puños crispados contra Israel, cuando medio año atrás harta de los ataques contra su población civil, resolvió dar un golpe a los terroristas, ahora fueron cuidadosamente guardadas en los bolsillos. La indignación selectiva decretó una inesperada pasividad en relación a Irán. No es la primera omisión por supuesto. A los indignados crónicos de los cuatro puntos cardinales » no se les ocurrió manifestar» muchas veces : no por los hombres, mujeres y niños reventados por suicidas asesinos día tras día en Irak, no por las mujeres asesinadas en asesinatos de honor o lapidadas por adúlteras en Irán o en otros países musulmanes, no por los muertos de Darfur, no por las niñas cegadas en Afganistán por el delito de ir a la escuela, no por ninguna de las víctimas del islamismo empeñado en llevarnos a un mundo mejor regido por la justicia islámica en el que no funcionarán más prejuicios «occidentales» tales como la libertad, la tolerancia y la democracia.

¿Porqué esas omisiones? ¿Porqué ese silencio? ¿Porqué tantos seres humanos lúcidos e informados son incapaces de reconocer la naturaleza de uno de los movimientos de extrema derecha más sanguinarios y reaccionarios que ha conocido la historia de la humanidad? Hay muchas respuestas. Ninguna de ellas satisfactoria. Es un tema difícil sobre el cuál es necesario reflexionar.

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