LA VICTORIA DEL LIBANO LIBANES
Como todo en el Líbano, esta victoria encierra numerosas contradicciones. Por una parte, se trata una elección con muy definidas implicancias regionales e internacionales. Por otra parte, es una elección sumamente localista. A ningún observador de la situación libanesa se le escapa el hecho de que la derrotada no es sólo Hezbollah, que encabeza la oposición pro-siria y pro-iraní, sino sobre todo el gobierno de Teherán, que invirtió mucho dinero y esfuerzo para lograr imponer a su grupo shiíta libanés como primera fuerza política en el Líbano. Del mismo modo, es evidente que Arabia Saudita y Egipto, los dos países más directamente confrontados con Irán en el Medio Oriente, respiraron aliviados. Al respecto, es muy elocuente el análisis de Tariq Alhomayed, el editor del diario árabe «Asharq Alawsat» de Londres, quien escribe: «La victoria de la coalición del 14 de Marzo en las elecciones parlamentarias del Líbano sólo puede ser descrita como una apabullante victoria para el concepto de la coexistencia y lo que es aún más importante, una victoria para el Líbano árabe. La significación de esta victoria radica en el hecho de que constituye prácticamente una declaración del fracaso del proyecto iraní en el Líbano y en el mundo árabe.»
Otro indudable aspecto de las connotaciones globales de la elección está en que el resultado fue recibido con indudable satisfacción tanto en Estados Unidos como en Israel y en Francia, tres países que desde perspectivas diferentes están empeñados en que el Líbano no se convierta en la punta de lanza del expansionismo iraní en el Medio Oriente y en un país dominado por el islamismo radical.
Pero el ingrediente puramente local asimismo es sumamente fuerte. Los musulmanes constituyen el 60% de la población, en la cual los chiítas constituyen una leve mayoría sobre los sunnitas. El restante 40% está integrado por cristianos maronitas, griego-ortodoxos, católicos, armenios y otros grupos menores. El Pacto Nacional de 1943 dividió el poder político entre las distintas sectas: la presidencia está reservada a los cristianos maronitas, el presidente del Parlamento siempre es un musulmán chiita mientras el primer ministro debe ser un sunnita. Pero la política no es sólo cuestión de sectas, sino también de familias. Ahmad Ibrahim, un periodista de la red árabe Al Jazira, describe en un interesante artículo hasta qué punto el régimen libanés, al que denomina «democracia monárquica», está basado en lealtades familiares. Cuenta que en esta elección los hijos y las hijas de dirigentes asesinados participaron en un número sin precedentes. Por ejemplo, Nayla Tueni, la hija del periodista y parlamentario asesinado Gebran Tueni, es nieta del actual diputado Ghassan Tueni y fue candidata en el primer distrito de Beirut, conocido como Acharafieh. Su abuelo materno es el ex ministro Michel Murr, cuyo hijo Elías es el actual ministro de Defensa. Luego cita a varios candidatos miembros de la familia Gemayel, todos ellos pertenecientes a la Falange cristiana, que forma parte de la coalición ganadora. Según Ahmad Ibrahim, «El poder político, tanto en los partidos como en los casos de políticos independientes, suele trasmitirse por herencia. Las carreras políticas son transferidas de padre a hijo, de marido a mujer y de hermano a hermano. La tendencia dinástica está presente en cada partido al punto de que es virtualmente imposible distinguir entre la lealtad al partido y la lealtad a la familia.»
Sin embargo, las diferencias políticas suelen ser a menudo más fuertes que las pertenencias étnicas y religiosas. El general cristiano Michel Aoún apostó a la alianza con Hezbollah y fue uno de los principales perdedores en la elección. El chiita Ahmad al-Asad creó en 2007 la Unión de la Identidad Libanesa con el objetivo de «rechazar la dictadura de Hezbollah porque el Líbano necesita la democracia y libertad de crítica, sin que quien se atreve a criticar sea tildado de colaboracionista con Israel.»
Pero quizá la principal contradicción de estos comicios es que quien argumente que el triunfo en estas elecciones indudablemente democráticas y pacíficas es una «victoria de Pirro» tendrá buena parte de razón. Como lo explica el periodista libanés Rami G.Khouri en el «Daily Star» de Beirut: «Las elecciones fueron importantes pero no tendrán consecuencias. El balance de fuerzas en el Líbano no está en el Parlamento sino en otra parte. El enfrentamiento político más importante en el Líbano sucedió en mayo de 2008, no en junio de 2009. Hezbollah y sus aliados ganaron una breve batalla en las calles de Beirut Occidental y desde entonces se acordó una división del poder que sigue vigente». Decididamente un país que no posee el monopolio de la fuerza y que depende de la buena voluntad de una milicia financiada y armada por una potencia regional, no es un país soberano. Esto, lamentablemente, es una verdad incontrovertible, a pesar del éxito, más simbólico que real, de la democracia en el Líbano.
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