OPINION INTERNACIONAL

LAS PRUEBAS DE LA INFAMIA

Ayer recordamos algunos antecedentes de la Conferencia de San Rafael, balneario próximo a Punta del Este, que se extendió del 22 al 31 de enero. En la resolución sacada a forceps por EEUU, los ministros hicieron referencia a «la ofensiva del comunismo en América Latina» y resolvieron: «1.Que la adhesión de cualquier miembro de la Organización de Estados Americanos al marxismo-leninismo es incompatible con el Sistema Interamericano y el alineamiento de tal gobierno con el bloque comunista quebranta la unidad y solidaridad del Hemisferio. 2. Que el actual gobierno de Cuba, que oficialmente se ha identificado como un gobierno marxista-leninista, es incompatible con los principios y propósitos del Sistema Interamericano. 3. Que esta incompatibilidad excluye al actual gobierno de Cuba de su participación en el Sistema Interamericano».

En el punto 4 y final se decía que el Consejo de la OEA y sus otros organismos debían adoptar «sin demora las providencias necesarias para cumplir esta resolución». La misma tuvo 14 votos, entre ellos los de EEUU, los representantes de las dictaduras de Stroessner, Somoza, Duvalier (que vendió su voto) y de los sucesores de Trujillo, el voto en contra de Cuba y las abstenciones de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México. El canciller del gobierno blanco uruguayo, capitán de navío Homero Martínez Montero, votó a favor. Desde esa fecha, Cuba fue excluida de todas las reuniones y resoluciones de la OEA y sus organismos, con la excepción de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que es representante en el continente de la Organización Mundial de la Salud, y por tanto de la ONU.

De hecho, el imperio daba orden de romper las relaciones con Cuba. En Uruguay se tardó más de dos años en cumplirla, porque se desplegó un formidable movimiento de solidaridad con Cuba. La expulsión del embajador Aldo Rodríguez Camps, que había sustituido a Mario García Incháustegui, dio lugar a una enorme concentración en el aeropuerto de Carrasco que fue objeto de brutal represión (véase la nota del 28 de mayo «Cuba y la OEA»). La foto de un obrero de la lana subido al monumento de Bernabé Michelena a la entrada del aeropuerto enarbolando una bandera uruguaya y otra cubana dio la vuelta al mundo. En un acto en la Plaza Independencia, los legisladores Enrique Rodríguez (comunista) y José Pedro Cardoso (socialista) hicieron

pedazos el texto del decreto de ruptura firmado por el consejero Washington Beltrán y esparcieron los trozos al viento, otro imagen ampliamente difundida.

Ahora en la Asamblea General de la OEA se revirtió la situación. El hecho más destacable es la unanimidad que concitó la resolución que deja sin efecto la exclusión de Cuba. Ella se expresó en la votación y en el desarrollo de las deliberaciones. No hubo ninguna excepción. Pudimos apreciar las intervenciones del presidente anfitrión Manuel Zelaya (quien dijo que la resolución era «sabia y honrosa»), del canciller argentino Jorge Taiana, de sus homólogos el chileno Mariano Fernández y el brasileño Celso Amorim, del presidente nicaragüense Daniel Ortega, del canciller venezolano Nicolás Maduro y del ecuatoriano Fender Falconi, de la hondureña Patricia Rodas que presidió la sesión, del canciller jamaiquino, del delegado de México (que destacó que su país no votó la resolución de 1962 y nunca rompió las relaciones con Cuba), de los delegados de Barbados, de Paraguay, del ex presidente panameño Arístides Royo, mientras trascendían en la reunión las opiniones coincidentes de la presidenta argentina Cristina Fernández y Fernando Lugo desde La Habana. Se expresaron en el mismo sentido la representante de Antigua y Barbuda, el canciller canadiense Peter Kent, los ministros de Santa Lucía y de Trinidad-Tobago (en la reunión se dijo que allí había prevalecido el espíritu de la Cumbre de las Américas de Puerto España), el canciller uruguayo Gonzalo Fernández, el recién investido canciller de El Salvador Hugo Martínez, los representantes de Belice y de San Vicente y las Granadinas, el delegado de Colombia que se unió al sentimiento general, la República Dominicana, el Perú, el canciller boliviano David Choquehuanca (que hizo resonar palabras en idioma indígena), Haití, Dominica, el canciller de Guatemala Haroldo Rodas Melgar, y para completar el cuadro los delegados de Surinam y de Guyana.

Se hizo justicia.

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