
Millones de iraquíes acudieron ayer sábado a las urnas, entre imponentes medidas de seguridad, para elegir a sus consejeros provinciales en unos comicios que sirven para medir la estabilidad del país después de años de violencia.
Algunos incidentes empañaron las primeras elecciones desde 2005 en Irak, donde los 6.500 colegios electorales cerraron a las 18 locales después de que la Comisión Electoral prolongara una hora el voto sin dar explicaciones.
Desde Mosul, “último bastión urbano de Al Qaeda” en el norte de Irak, hasta Fao, en el extremo sur a orillas del Golfo, pasando por Ramadi, a las puertas del desierto, o Bagdad, 15 millones de iraquíes estaban llamados a las urnas para renovar, mediante un sistema proporcional a una sola vuelta, los Consejos provinciales, que a su vez eligen a los gobernadores y financian la reconstrucción.
El primer ministro Nuri al Maliki, cuya lista “Coalición para el Estado de derecho” parte como favorita, expresó su satisfacción por la “importante participación” en los comicios, que ponen a prueba la estabilización del país y la popularidad del jefe de gobierno.
La Comisión Electoral aseguró que no dispone aún de cifras sobre el porcentaje de participación.
Además de tener a casi un millón de soldados y policías en estado de alerta, se aplicaron medidas draconianas para tratar de evitar que los insurgentes cometiesen atentados suicidas o actos violentos.
“En 2005, pertenecía a Ansar al Suna (uno de los grupos rebeldes más radicales) y nuestro jefe nos había convencido de que estas elecciones eran ilegítimas y de que aquéllos que fueran a votar eran apóstatas”, contó Abu Riad antes de depositar su papeleta en Ramadi, capital de la provincia sunita de Al Anbar.
Hace tres años, muchos sunitas habían boicoteado los comicios. El voto de este sábado marca, según parece, su vuelta a la escena.
“Vengo a votar hoy para compensar todo lo que hemos perdido boicoteando los últimos comicios”, dice Abu Riad.
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