EL MAS UNIVERSAL DE LOS CUBANOS
Cada día se hace más necesario conocer cabalmente quién fue aquel hombre, precursor del modernismo en la poesía, considerado entre los mejores prosistas de habla castellana de su época, ensayista capaz de abordar, destacar e identificar todo lo nuevo que se revela en la ciencia y la cultura de su tiempo, avanzadísimo crítico de arte y, en primer lugar, organizador del Partido Revolucionario Cubano y de la última guerra de liberación de Cuba.
Martí recogió, en gran parte de sus sentimientos e ideas, lo mejor de la cultura de origen hispánico, lo reelaboró, le dio carácter americano y amplió su universalidad. A la vez, asumió como propia la tradición y la cultura prehispánicas de América y señaló que la liberación de América no se conseguiría sin la participación del indio.
El ideario que heredó de los pensadores cubanos, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, unido a la vasta cultura que alcanzó, le llevaron a desarrollar y enriquecer las ideas políticas y culturales más avanzadas de su tiempo. De su periplo por el mundo dejó inigualable testimonio en su obra periodística, su poesía, su narrativa y, sobre todo, en los certeros análisis de ensayística enjundiosa e iluminadora.
Cuando Carlos Manuel de Céspedes, se alza en La Demajagua el 10 de octubre de 1868 contra el poder colonial español, tenía Martí escasos 16 años, y escribe unos versos memorables nacidos de una altísima sensibilidad cultural y amor a la libertad.
Con su amigo entrañable Fermín Valdés Domínguez firma una carta de censura dirigida a un condiscípulo desertor de la causa de la independencia de Cuba. La misma es ocupada y ambos apresados.
Martí se responsabiliza, es condenado a cadena y grillete, cuyas marcas quedan para toda la vida. Va a las canteras de San Lázaro y de allí a Isla de Pinos, posteriormente es deportado a España. Sólo cuenta 17 años, pero ya había aprendido lo suficiente para escribir «El presidio político en Cuba».
El periplo vital del permanente destierro en que transcurrió la mayor parte de la vida de Martí, favoreció el desarrollo de su universalidad. A su salida de España a finales de 1874 le siguió un recorrido que incluyó París y Nueva York, tras el cual se radicó en México, país en que se puso en contacto directo, por primera vez, con la población indígena.
Aquel encuentro sobrecogedor lo llevó a decir que hasta que el indio no se incorporara a la lucha por la liberación de América, ésta no alcanzaría su plena independencia. Fue allí donde inició el conocimiento directo de los países que llamaría «Nuestra América». Enriquece sus experiencias durante su estancia en Guatemala entre 1877 y 1878.
En 1878, tras este breve tiempo en Cuba es deportado nuevamente a España. Logra salir rumbo a Nueva York pasando otra vez por París. Después de algunos meses en la urbe norteamericana se trasladó a Venezuela, en cuya capital residió y se familiarizó aún más con el legado de Simón Bolívar, el prócer a quien tanto veneró y cuyas luchas se propuso continuar, se sintió su hijo y deudor y escribió emocionado: «¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño, y la tiranía descabezada a los pies…!»
En México, Guatemala y Venezuela se relacionó con el rico mundo cultural latinoamericano. Si en Cuba había conocido al negro, entonces condenado por la esclavitud, en aquellos países supo directamente del indio, lo que reafirmó su antirracismo.
México, en particular, le brindó el panorama de las allí nacientes luchas de los trabajadores por justas reivindicaciones e, incluso, participó en la defensa de estos.
«De América soy hijo: a ella me debo», escribió el Maestro al abandonar Venezuela, en 1881, rumbo a Nueva York, y desde esta ciudad continuó su cruzada en favor de la unidad latinoamericana.
Al recordar su enunciado «Patria es humanidad», cabría decir que Martí hacía política para la humanidad. La hacía, con claridad de su sentido universal, exquisitez en los métodos, firmeza indeclinable en los fines, previsión extraordinariamente realista acerca de los peligros y limitaciones, y con pasión resuelta, serena y heroica por superarlos.
Un aspecto esencial de la cultura de Nuestra América está en su universalidad y su aspiración a la integralidad del saber.
Con este sello intelectual se pueden desarrollar las condiciones para fundamentar en la conciencia social la noble aspiración martiana contenida en el principio «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas».
Lo más importante para el siglo que comienza está en que las enseñanzas de su vida forman parte de la mejor tradición política, educacional y cultural de la América de Bolívar y de todos sus próceres y pensadores, y en esa tradición están presentes ideas y sentimientos indispensables para enfrentar los desafíos que tiene ante sí la civilización occidental.»
Director de la Oficina del Programa Martiano de Cuba.
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