LA INDUSTRIA DE LA MUERTE
Esta afirmación responde a Fati Hammad, un parlamentario del grupo islamista Hamas, que se hace responsable de las muertes de palestinos, al reconocer el uso de civiles como escudos humanos, en Gaza, durante los combates con los israelíes.
Lo musulmanes son las primeras víctimas de la ortodoxia islamista cuyos fundamentos no han cambiado desde el siglo XI, y que proclaman, explícitamente, la Guerra Santa y hacen culto de la muerte. Hay un Islam que lucha por la vida, que ama a sus hijos, y que siente horror del totalitarismo que inspira el fenómeno yihadista. Pero también, hay un Islam que está muy enfermo. Sin embargo, el Islam no es el islamismo.
La cultura de la muerte es una constante en los grupos terroristas islámicos, como Hamas o Hezbolá, no sólo por la utilización de escudos humanos en los conflictos, sino también por el uso de kamikazes. «Es un honor para nosotros ser acusados de creer en la cultura del martirio», sostuvo el Jeque Naim Qassem de Hezbolá.
Los expertos aseguran que la fabricación de un suicida implica años de adoctrinamiento, ya que el sentido de la vida es el instinto más primario del ser humano. Si la media es de seis a ocho años para adoctrinar a un niño y conseguir que la aspiración de la muerte sea más fuerte que el deseo de la vida, significa que esos pequeños son entrenados desde que tienen 8 o 9 años, o incluso antes. Hoy decenas de miles de niños son adoctrinados para la muerte y no para la vida en Medio Oriente.
Hamas confirma que el martirio es parte integral de la política oficial de educación. Por ello, los textos escolares enaltecen la muerte en acciones brutales. Hamas mostró a niños de jardines de infantes de Gaza, en formación militar, portando ametralladoras y jurando convertirse en yihadistas. Publican fotos de bebés disfrazados de suicidas, con cinturones explosivos. Los héroes de esos niños son los hombres bomba.
Los ejemplos de la falta de esa cultura de paz del grupo fundamentalista palestino Hamas son muchos. El mundialmente conocido ratón Mickey Mouse, llamado Farfur, era la estrella de un programa de niños llamado «Los pioneros del mañana», transmitido en el canal de televisión oficial del Hamas (Al-Aksa). El ratón Farfur dirigía el programa junto a una niña llamada Saraa Barhoum.
En el programa se enseñaba a los niños rezos y símbolos importantes del Islam, pero también adoctrinaba sobre la supremacía islámica, el odio hacia Israel, Estados Unidos y el apoyo al terrorismo. Farfur le decía a los niños palestinos que se debe rezar en la mezquita cinco veces al día hasta que «llegue el liderazgo Islámico de todo el mundo». El ratón afirmaba que los israelíes son «los opresores invasores» y que los niños «deben resistir la ocupación sionista». Para ello, el programa «Los pioneros del mañana» proponía cambiar los juguetes por las armas.
En su última aparición en la pantalla, Hamas decidió darle muerte a golpes al ratón Farfur, a manos de un hombre que personifica a un israelí. Farfur murió como mártir, en de manos de los judíos, mientras defendía la tierra de sus padres y sus antepasados, explicaba la niña palestina que presentaba el programa, en una terrorífica clase de odio y violencia.
La identidad de Hamas está dada por su aversión a Israel, los judíos y el mundo Occidental. Combaten la democracia y el sistema de libertades. Forman las mentes de sus nuevas generaciones en la glorificación de la muerte.
El islamismo teológico-político-militar se basa en un nihilismo esquizoide que expande sanguinariamente la cultura de la muerte por sobre la de la vida.
La ex primera ministra laborista israelí, Golda Meir, decía: «podremos hacer la paz con los árabes cuando ellos amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros».
La incitación al odio y la violencia constituye un patrón de Hamas y Hezbolá, tangible en el régimen educativo y en los medios de comunicación que controlan, donde repiten mensajes que exaltan el terrorismo y la cultura de la muerte.
Israel, como la gran mayoría de Occidente, cree y practica la democracia, las libertades civiles, económicas, los derechos humanos y la libertad de expresión, pero esas ideas no son aceptadas en la inmensa mayoría del mundo islámico.
Por eso la paz no parece presentarse como un camino sencillo, cuando el fundamentalismo islámico apuesta por una cultura del martirio. Las diferencias son diametralmente opuestas. Unos optan por vida y otros por la muerte.
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