MITOMANIA FATAL
Lamentablemente, el cuento refleja un hecho trágico: los árabes, con demasiada frecuencia, pierden el sentido de la realidad y se convierten en víctimas de su propia propaganda.
Después de 22 días de lucha, de 1.300 muertos y una destrucción impresionante, el principal líder de Hamas en Gaza, Ismail Hanyeh, proclamó una «victoria histórica», y felicitó a los combatientes de la organización por los daños infligidos al enemigo israelí. Para los civiles de Gaza y las familias utilizadas como escudos humanos y sacrificados a los sueños de victoria de Hamas, esa proclamación constituye un amargo sarcasmo. Lo que ellos perdieron no podrán devolvérselo todos los slogans bélicos del mundo. A los observadores no comprometidos, la magnitud de la mentira les evoca las famosas tácticas de Goebbels: cuanto más grande y más audaz es la mentira, tanto más eficaz es. Para los cómplices conscientes o inconscientes del terrorismo, es un recurso legítimo para salvar la «dignidad» y el «honor» de los «pobres y oprimidos».
Sin duda, ese ridículo paternalismo es una de las formas peores de atentar contra los verdaderos intereses del pueblo palestino. El interés vital del pueblo palestino después de esta guerra innecesaria, notoriamente provocada por la obstinación de Hamas en no cesar en sus ataques contra la población civil israelí, es llegar por fin a alguna forma de convivencia pacífica con su vecino, para poder reconstruir sus vidas y crear una economía viable. El alentar la grotesca mentira de la victoria, al estilo de Hezbollah y de sus patronos en Irán, solo contribuye a eternizar el divorcio entre los palestinos y la realidad.
Ningún pueblo ha pagado un precio tan alto por su mitomanía. De hecho, el rechazo a toda autocrítica, y la creación de una seudo-historia en la que los palestinos solo pueden ser héroes o víctimas, ha llevado a que siempre su destino les haya sido dictado por intereses foráneos.
Aun el más despistado y peor informado de los analistas sabe perfectamente que esta guerra, al igual que la guerra del Líbano hace poco más de dos años, no se hubiera producido sin las armas y el estímulo de Irán. Ahora bien, ¿es que realmente al gobierno de Teherán le importa la causa nacional palestina? ¿Es que el régimen archi- conservador islámico está genuinamente interesado en que haya un estado palestino independiente? Si su apoyo a la causa palestina fuera sincero, habría apoyado la reconciliación entre Fatah y Hamas y habría exigido la tranquilidad en la frontera con Israel. Y por supuesto, en lugar de dar armas a Hamas le habría brindado ayuda económica constructiva para que genere las bases de una economía propia. Pero para Irán, tanto Hamas como Hezbollah, son instrumentos para hacer avanzar sus proyectos de expansión del chiismo iraní en el Medio Oriente árabe y sunita. Y ambos, con su fanatismo, ignoran sistemáticamente los verdaderos intereses de sus pueblos, del pueblo libanés en el caso de Hezbollah y del pueblo palestino en el caso de Hamas.
Imaginemos por un momento lo impensable. La victoria de Hamas es real y no hay más Estado de Israel; se produce un genocidio verdadero y no propagandístico en el que las víctimas son los judíos. ¿Significa eso que habrá después un Estado palestino viable y organizado? ¿O es más probable que las alternativas reales sean otras: por ejemplo, una tiranía terrible, una guerra civil sangrienta, o una guerra generalizada sunita-chiita de persas contra árabes?
No hay un interés palestino más vital y auténtico que la paz con Israel, lo que Hamas rechaza radicalmente. Esto tiene su loógica porque, así como Hezbollah está orgánicamente ligada a los «Guardias Revolucionarios» de Irán, Hamas es parte orgánica de los «Hermanos Musulmanes» de Egipto. No es casual que líderes de la Autoridad Palestina manifiesten su preocupación por los intentos de Hamas de diluir la identidad nacional palestina para promover una identidad islámica militante.
El problema ahora en Gaza no es sólo la reconstrucción de las casas, sino sobre todo la reconstrucción de las mentes. Si los habitantes de Gaza llegan a comprender que por sus propios intereses vitales deben rechazar la sed de venganza, las ilusiones bélicas y los delirios acerca de un paraíso maravilloso donde cada guerrero dispondrá a su antojo de 72 vírgenes, entonces puede haber esperanzas para un futuro nacional palestino. Si en cambio se aferran a los mitos que les han impedido comprender sus errores históricos, desde el rechazo de un estado palestino junto a Israel por parte de las Naciones Unidas en 1947 hasta el rechazo de la generosa oferta de Ehud Barak a Yasser Arafat en el año 2000, entonces seguirán siendo sacrificados a intereses ajenos, para los cuales la causa palestina es sólo un instrumento en una cínica lucha por el poder.
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