La tensión marca el pulso de la Ciudad Vieja de Jerusalén, más dividida que nunca entre el barrio árabe, asediado por la policía israelí que acalla sin miramientos cualquier brote de ira, y el barrio judío, donde la guerra de Gaza es aplaudida sin pestañeos.
Ayer viernes, día de la plegaria musulmana y “jornada de la ira” decretada por los islamistas de Hamas en protesta por la ofensiva israelí contra Gaza, centenares de policías interrogan uno tras otro a los musulmanes que se dirigen a la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar santo del Islam. Los hombres menores de 50 años tienen prohibido el acceso por segunda semana consecutiva. Es el caso de Hatem, en la cuarentena.
“La tensión reina, pero solamente en nuestros corazones. No podemos intentar siquiera nada, porque en pocas horas te encuentras detrás de los barrotes”, dice Hatem a la AFP, junto a un acceso a la Explanada, donde los policías armados con fusiles M-16 superan en número a los fieles que desean entrar.
“¿Se imagina que alguien impidiera a los judíos rezar ante el Muro de los Lamentos? Esto acabará explotando”, asegura este residente de Jerusalén.
El joven Ghasan, que regenta una pequeña tienda de comestibles en el barrio árabe, tiene la mirada cansina: “Todos estamos furiosos, pero la situación es muy complicada, hay más policías que nunca y nuevas restricciones”, murmura.
Aunque suele tardar cinco minutos en llegar desde su casa a su tienda, este viernes ha necesitado, explica, tres cuartos de hora para pasar siete controles policiales.
Cerca de su comercio, en la popular Puerta de Damasco, hileras de agentes israelíes apostados sobre las amplias escaleras supervisan a las pocas decenas de árabes que se pasean, tratando de convencerse de que la vida en Jerusalén es normal.
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