Vaticano. Discurso de Benedicto XVI ante representantes de 177 países

El Papa aboga a favor de leyes para emigrantes latinoamericanos

«Deseo que las legislaciones tengan en cuenta las necesidades de los que emigran facilitando el reagrupamiento familiar y conciliando las legítimas exigencias de seguridad con las del respeto inviolable de la persona», pidió el Papa al referirse a los problemas que agobian a las poblaciones de América Latina.

«Allí también los pueblos aspiran a vivir en paz, libres de la pobreza y ejerciendo libremente sus derechos fundamentales», dijo.

Benedicto XVI hizo un análisis de los problemas que aquejan al mundo y destacó la situación de los emigrantes de América Latina, muchos de ellos indocumentados, quienes pasan años sin poder ver a su familia.

El número de emigrantes de América Latina pasó de 21 millones de personas en 2000 a más de 25 millones en 2005, representando el 13 por ciento del total mundial, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En su discurso, pronunciado ante el cuerpo diplomático con ocasión del Año Nuevo, el jefe de la Iglesia católica reconoció el compromiso de «ciertos gobiernos para restablecer la legalidad y emprender una lucha sin cuartel contra el tráfico de estupefacientes y la corrupción».

El pontífice mencionó también la exitosa mediación papal de Juan Pablo II «hace treinta años» en el conflicto entre Argentina y Chile por el Canal del Beagle, en la zona austral, así como el acuerdo entre Brasil y la Santa Sede, recientemente firmado en el Vaticano, que reglamenta el estatuto de la Iglesia católica en el país con más católicos del mundo.

Con ese acuerdo «se refuerza todavía más la colaboración con las instituciones civiles para el desarrollo integral de la persona», subrayó.

Benedicto XVI aseguró que la «Iglesia acompaña desde hace cinco siglos a los pueblos de América Latina, compartiendo sus esperanzas y sus preocupaciones».

«Sus pastores saben que para promover el progreso auténtico de la sociedad, su quehacer propio es iluminar las conciencias y formar laicos capaces de intervenir con ardor en las realidades temporales, poniéndose al servicio del bien común», concluyó.

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