Qué es y qué hace el Foro Económico Mundial
Presentado por el movimiento antimundialización como una institución diabólica que decide en secreto la suerte del planeta, el Foro Económico Mundial (FEM) se ha convertido en una víctima del éxito de su fórmula, que lo convierte en un lugar de encuentros excepcional.
El éxito de esta reunión anual en la elegante estación de esquí de los Grisones (este de Suiza) reside en el original cóctel previsto por los organizadores: un 50 a 60 por ciento de grandes empresarios, un 15 por ciento de académicos (a menudo premios Nobel) 15 por ciento de dirigentes políticos, con una particular afición por los jefes de Estado o de gobierno, y 15 por ciento de redactores jefes o editorialistas de grandes medios de comunicación.
Sus críticos más perspicaces, sin embargo, señalan que la participación de las organizaciones no gubernamentales dista mucho de ser la misma: un 2 por ciento, según la estadounidense Lori Wallach, una de las organizadoras de las protestas contra la Organización Mundial de Comercio en Seattle (1999), y participante este año en Davos.
Para la edición 2001, la trigésimo primera del FEM, Klaus Schwab, el fundador del Foro, de 62 años de edad, invitó además a otras 2.000 personas, desde el primer ministro japonés Yoshiro Mori al cantante de rock irlandés Bono, pasando por el presidente de Coca Cola, Douglas Daft, o el director ejecutivo de Greenpeace, Thilo Bode.
El Foro invita igualmente a numerosos dirigentes de los países en vías de desarrollo, celebra un debate con los principales líderes sindicalistas mundiales e intenta adelantarse a los cambios políticos, económicos y tecnológicos del planeta.
Los participantes en el Foro pueden escoger para ello entre unos 300 debates, es decir, una media de 50 diarios.
Tras la caída del muro de Berlín, en 1990, las figuras principales de los movimientos democráticos que hicieron caer el comunismo acudieron a la «montaña mágica» que describió en su famosa novela el escritor Thomas Mann.
Davos también se vanagloria de haber aportado su piedra a la reconciliación en Sudáfrica, o en el lanzamiento de la Ronda Uruguay.
Pero Davos es también un lugar de noviazgo para las multinacionales, cuyos presidentes pueden cerrar alianzas u operaciones comerciales que en condiciones normales necesitarían incesantes viajes y negociaciones.
Con el paso de los años Davos se ha convertido en una feria de vanidades e intereses, pero a pesar de la atención mundial que suscita, sus organizadores intentan preservar lo máximo posible su atmósfera de club privado.
Un espacio de debate sin excesivas cámaras de televisión, sin conexiones en directo ni un acceso fácil. Esa es la crítica de los antimundialistas, que consideran que en ese espacio se cuece y decide la suerte del orden económico mundial.
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