RABIN CAMBIO ORIENTE MEDIO
La determinación, la capacidad de trabajo y el pragmatismo que llevó adelante Rabin están fuera de duda, como también su arrojo político. Sus acciones fueron indispensables para que Israel y los palestinos puedan alcanzar finalmente un acuerdo sensato y viable que sus respectivos pueblos merecen y necesitan. La Historia avanza lentamente, pero avanza, y más pronto que tarde el legado de Rabin será sin duda una realidad.
Sin duda, hay un antes y un después tras ese magnicidio. Hoy la mayoría de la población israelí está harta del conflicto y quiere vivir en paz con sus vecinos palestinos y árabes. Lo dicen sus políticos y lo confirman los sondeos de opinión.
A principios de los años setenta, la primera ministra de Israel, Golda Meir, dijo: «El pueblo palestino no existe». Hoy, el saliente primer ministro, Ehud Olmert, afirmó: «Si al lado de Israel no va a existir un Estado palestino independiente, Israel tampoco podrá existir como Estado judío y democrático».
En este drástico cambio Rabin tuvo mucho que ver. La fórmula de «paz por territorios» fue precisamente por la que apostó Rabin. Su férrea defensa en su segundo mandato como jefe del Gobierno le valió ser víctima de las balas de los que no quieren la paz.
Rabin, que nació en Tel Aviv en 1922, no respondía al perfil de una «paloma», por el contrario fue en sus primeros tiempos un «halcón». Luchó en todas las guerras de Israel, desde la batalla por su independencia en 1948 hasta la Guerra de los Seis Días en 1967, en la cual ocupó el puesto de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas bajo el Gobierno en el que Golda Meir era ministra. Cuando esta mujer llegó a primera ministra, él fue nombrado embajador en Estados Unidos y luego ministro de Trabajo en su gabinete. No hay motivo para suponer que cuando ella dijo «el pueblo palestino no existe», él no estuviera de acuerdo con ella. Rabin, el primer hombre nacido en Israel que ocupó el cargo de primer ministro, manifestó un estilo de liderazgo franco, directo y a veces llano hasta el punto de parecer rudo.
No sólo tuvo que hacer frente a la necesidad de rehabilitación de las Fuerzas de Defensa Israelí, solucionar problemas sociales y mejorar la economía del país, sino que debió también reconstruir la confianza pública en el liderazgo militar y el político
Pero este sionista, al adquirir la estatura de estadista, en algún momento entendió que la existencia de Israel como Estado judío y democrático requería un cambio drástico en las posiciones de Israel y es lo que le lleva a tomar la decisión de reconocer a la OLP, para luego dialogar y acordar con la Autoridad Palestina. Gracias a su pragmatismo y contando con el aval de Estados Unidos, aceptó las negociaciones secretas realizadas en Oslo con la OLP, materializadas luego en los acuerdos firmados en Washington en el año 1993.
Rabin cayó dos años después del histórico apretón de manos entre él y Arafat en los jardines de la Casa Blanca, que creó una oportunidad cierta de paz que les valió primero el Nobel de la Paz y luego el Príncipe de Asturias a sus protagonistas.
Estos acuerdos diplomáticos de paz atravesaron una infinidad de obstáculos, principalmente por la inacción de Arafat y el accionar del extremismo islámico con sus ataques suicidas, sus cohetes y enfrentamientos armados.
La región ha registrado desde entonces la segunda Intifada, la retirada israelí primero del Sur del Líbano y luego de Gaza, el ascenso de Hamas, la invasión de Irak, la guerra entre Israel y Hezbolá y la guerra en Afganistán…
Sin embargo, hoy renacen las esperanzas para que el maltrecho proceso de paz cobre un nuevo impulso, la sociedad israelí lo sabe y mayoritariamente lo entiende. La democracia israelí supo optar y apostó por el futuro, y espera que sus socios entiendan el beneficio que la paz le traerá también a sus respectivas sociedades.
El proceso de paz, no es un fin en sí mismo. Es un proceso que debe conducir a la constitución de fronteras seguras y definitivas para Israel, incluyendo la instalación de un estado palestino democrático.
La batalla crucial a librar ya no es entre judíos y árabes, entre israelíes y palestinos. Es una batalla contra los extremistas. Contra los fundamentalistas que necesitan el conflicto árabe-israelí para conservar su poder no democrático y mesiánico. Es la hora de rechazar el terrorismo islámico en el gran Medio Oriente. La gran mayoría de los israelíes, palestinos y árabes quieren tener un futuro.
Fue Rabin con su fórmula «paz por territorios» el que cambió la historia en Medio Oriente. Apostó por el futuro. Hoy su legado tiene más vigencia que nunca. La paz «es un camino lleno de dificultades y dolor. Para Israel, no hay camino sin dolor, pero el camino de la paz es preferible al camino de la guerra», dijo antes de morir.
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