OPINION INTERNACIONAL

UNA VICTORIA ARROLLADORA

O sea, una victoria en toda la línea. Se trastrocó el mapa electoral en los Estados Unidos, y también en buena medida el clima social. El presidente electo dijo en el multitudinario acto celebratorio en el Parque Grant de Chicago que el cambio era posible, y que había llegado a los Estados Unidos. El lema de su campaña se adentró profundamente en la conciencia de mucha gente: Change we can. La multitud le replicó con un grito unánime: Yes, we can (Sí, podemos). El sueño de cambiar es posible, reiteró. Es la nueva versión del sueño americano. El cambio ha llegado a Estados Unidos, nuestro país puede cambiar. Esa fue el alma de su alocución, pronunciada en tono elevado, con espíritu de estadista, en que se comprometió a asumir los grandes desafíos de la hora: dos guerras en curso, una crisis económica que extiende sus efectos por el mundo, el drama de la gente que pierde su vivienda o que no logra la cobertura de salud para su familia.

Con ese fin, formuló un llamado a su pueblo de una extrema amplitud. No dejó a nadie fuera, abarcó a todo el mundo, a todos los estratos sin excepción, con un sentido verdaderamente popular: a los negros, blancos y latinos, a los jóvenes (con un llamado especial para ellos), y a la gente madura, a las mujeres, a republicanos y demócratas, a los integrantes de la múltiple diversidad sexual, a los discapacitados, a los ricos y los pobres, a todos, y los llamó a participar activamente en los duros tiempos que vendrán. Por lo pronto, desde ya se puede afirmar que el nivel de participación electoral, la rebaja muy sensible del nivel de abstención (en un sistema de voto no obligatorio) es uno de los méritos mayores de la campaña de Obama, que encendió una luz de esperanza en los negros y latinos, entre la juventud, y los llevó afrontar las largas colas que en otras elecciones no se veían por la baja participación del electorado posible. Más aún: ese sentido de masas, de contactar con el pueblo, con todos sus sectores, dotó de un signo distintivo a su campaña electoral, en que reunió una masa de dinero nunca vista sobre la base de miles de contribuciones pequeñas (él habló de 5 y 10 dólares), muchas de ellas provenientes de jóvenes que despuntaban a la vida política y se incorporaron a la campaña en forma militante. Esto le permitió a la vez costear una propaganda que llegó a todo el país (como el famoso programa de media hora) y constituyó sin duda un elemento integrante de su éxito electoral.

Cambió incluso el voto en la Florida, y esto adquiere un valor simbólico. Allí alcanzó Bush su victoria fraudulenta en 2000, asentado en buena medida en el exilio hostil al gobierno cubano. Ahora ganó Obama, e incluso trastabilló el poderío antes intocable de los hermanos congresistas Díaz -Balart. Esto sí que es un cambio. Vimos por CNN unas estadísticas muy bien fundadas, demostrativas de que la mayor incidencia del voto latino y su adhesión (en 68%) a los demócratas hizo cambiar de signo a estados de tradición republicana, además de Florida, como Texas, Nuevo México, Colorado, Nueva Jersey, e incluso California, que proporcionó nada menos que 55 votos electorales y terminó de hundir a McCain.

Presenciamos a lo largo de esas horas escenas de hondo contenido emotivo, en EEUU y en el mundo. Entre ellas: los rostros de los participantes en el mitin de Chicago, y su diálogo con Obama; a Jesse Jackson, entreverado con la multitud, con lágrimas en los ojos y luego evocando a Martin Luther King; una celebración de negros en una iglesia, cantando como los dioses; la viejita de 106 años que hizo cola para votar, con alegría y esperanza; la fiesta en el pueblito de Kogelo, en Kenia, a orillas del lago Victoria, ofrecida por los familiares de Obama, con un buey asado; la fiesta en la escuela de Indonesia donde Barack estudió de niño; gente común y corriente frente a una pantalla vivando y aplaudiendo, en Japón; el recuerdo sobriamente evocado de la abuela materna fallecida en Hawai en la víspera, sin poder disfrutar el triunfo. Señales de una victoria que se construyó con la cabeza, con constancia y trabajo, y también con las razones del sentimiento.

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