El "valle de la muerte"
«Eran mis amigos, mis vecinos», murmura Nicolás, de 23 años, con el rostro cubierto por un tapabocas frente a una amenazante montaña de escombros en Santa Tecla, un barrio de San Salvador transformado en «valle de la muerte» desde el violento sismo del sábado, con cientos de cuerpos que aún permanecen bajo toneladas de piedras.
La montaña de tierra continuaba escupiendo víctimas el miércoles por la noche, en una funesta marcha de ataúdes de hierro blanco, que son cerrados de inmediato antes de su envío al cementerio.
Durante dos horas, alumbrados por proyectores gigantes en la fresca noche salvadoreña, los socorristas hicieron prodigios para sacar los dos cadáveres atrapados bajo una viga de cemento, a riesgo de ser ellos mismos devorados por un nuevo deslizamiento del terreno.
En un último esfuerzo, uno de los rescatistas logra levantar la barra de cemento con una palanca de metal. Sus cuatro compañeros toman los dos cuerpos y los retiran de su lecho de muerte.
«Es Trinidad, la madre, y su hijo, Igmar», afirma Nicolás, quien escapó de la tragedia por haber viajado a Guatemala el sábado.
Dos bolsas de plástico negro, para introducir a las víctimas, ya están listas sobre el piso, tapado de guantes blancos descartables tirados por los socorristas. Los camilleros se apuran. Dos ataúdes están en camino.
Antonio se levanta el tapabocas, se seca la cara y bebe un sorbo de agua. El sudor y el barro se depositan en sus pómulos. «Es un sufrimiento constante descubrir a estos desgraciados. Pero qué alivio es ver que nuestros esfuerzos permiten a las familias tener una tumba para llevar flores a sus seres queridos», admite resignado.
Orlando, otro rescatista, sacude la cabeza. «Cuando llegué aquí el sábado, podía escuchar los gritos ‘ayuda, ayúdenme’, bajo los montones de tierra», contó.
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