Analisis Internacional

¿Quo vadis Rusia bajo la dirección de Vladimir Putin?

Este inmenso país de 17 millones de kilómetros cuadrados, que intrega la Comunidad de Estados Independientes, creada por once repúblicas en 1991, se extiende desde el Báltico al Pacífico y tiene unos 150 millones de habitantes. Mencionemos sólo que heredó de la URSS su cargo en el Consejo de Seguridad de la ONU y posee armas nucleares.

Lo que suceda en Rusia es lógicamente de interés, más allá de sus fronteras, porque está relacionado con las perspectivas del desarrollo europeo y del mundo. La llegada de Putin al poder, apuntan especialistas, sólo puede ser comprendido en el marco económico-político profundamente contradictorio de la situación de Rusia, país que recorrió bajo Yeltsin el período que algunos denominan de «acumulación capitalista primaria». De ahí estas formas caóticas y bárbaras, comparables con lo que pasó hace dos siglos en Europa occidental. Enriquecimiento brutal de las mafias capitalistas por un lado y pauperización masiva, por otro. Descenso agudo de la expectativa de vida, al punto de que anualmente se achica la población de Rusia en unos 800.000 personas.

Rusia había llegado a un punto súper crítico y de agonía casi absoluta, a un callejón sin salida, que reclamaba urgentes medidas, y si se quería evitar una catástrofe mayor había que cambiar de rumbo.

Por ejemplo, se estima que los capitalistas rusos mantienen cuentas en la banca exterior de unos 150.000 millones de dólares.

Los cambios a largo plazo beneficiarían a los intereses de la nueva burguesía rusa. Era evidente que con Yeltsin no era posible lograr eso. Su desgaste era casi total. Putin caracterizó hace poco en un documento, parecido a un programa, su política de gobierno: «Rusia como gran potencia, con un estado fuerte, una economía eficaz, donde los ciudadanos deben ser patriotas y ser respetuosos de las autoridades», afirmaba.

En su afán de restauración capitalista, el jefe del Kremlin apeló al estado paternalista y anunció luchar contra la corrupción, reclamando «mayor disciplina» del pueblo.

Putin remarcó las amenazas potenciales de occidente y el derecho del golpe nuclear ruso como respuesta, fundamentando el aumento del presupuesto militar en 57 por ciento.

Detrás de este alarde militar se manifiesta la voluntad del nuevo hombre fuerte del Kremlin de evitar que los EEUU desaten conflictos bélicos, como ha sucedido en el último tiempo.

Junto a otras medidas se encara una serie de iniciativas para evitar el derrumbe de la autoridad estatal y se estimulará la inversión económica en el país y se anuncia cierta presión contra quienes se resisten a esta política.

Sería erróneo ver sólo la dependencia de Putin del clan corrupto de la «familia» Yeltsin. Su presencia al frente del Estado ruso indicaría más bien una especie de mano ordenadora del caos, que pretende «disciplinar a la burguesía rusa», lo que no es posible sin tomar medidas contra la corrupción.

Hay quienes lo comparan a Putin con Bonaparte, dependiente de la elite dominante, pero capaz de medidas independientes.

Con este «programa», y los vaivenes de la guerra en Chechenia, encara Putin la campaña electoral para ser elegido el 26 de marzo para el cargo que ostenta interinamente, sucediendo a Yeltsin en la presidencia de Rusia.

Los objetivos económicos requieren modificar sustancialmente la actual situación, instalando una dinámica de inversiones nacionales y extranjeras, modernizando el anticuado parque de producción. Una tarea hercúlea, si las hay.

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