OPINION INTERNACIONAL

LA NUEVA GUERRA FRIA

Durante la Guerra Fría mi propio país, Noruega ­miembro de la OTAN­ pensaba en un futuro en el que tanto esa organización militar como el Pacto de Varsovia dejarían de tener razón de existir y serían reemplazados por un sistema de seguridad de toda Europa.

El fracaso del sistema soviético y la disolución del Pacto de Varsovia hubiesen permitido que esa posibilidad se concretara. Pero, en cambio, la OTAN adoptó el papel de un ejército voluntario en las intervenciones de Estados Unidos en países extranjeros. Al contrario de las reiteradas promesas hechas a los dirigentes de Moscú, la OTAN estableció bases militares en país tras país de los que habían pertenecido a la ex Unión Soviética o al Pacto de Varsovia.

Cuando en 1962 el líder soviético Nikita Kruschev instaló misiles en Cuba el mundo quedó a un paso de una guerra atómica. Hoy, los dirigentes occidentales están pidiendo que Moscú consideren a los misiles que proyectan colocar en proximidad de la frontera rusa como una muestra de amistad.

Además de esta expansión hacia el corazón de la moderna Rusia, la OTAN desafió a Moscú con su guerra ilegal contra Yugoslavia. Después de ocho años de ocupación de Kosovo, los países occidentales decidieron que los tiempos estaban maduros para otorgar la independencia a esa provincia yugoslava. Ello no sólo violó la Carta de la ONU sino que también significó una violación del acuerdo de armisticio con Yugoslavia, que había prometido el otorgamiento a Kosovo de una sustancial autonomía, a cambio de que no se violara la soberanía y la integridad territorial de la Federación Yugoslava. Asimismo, Occidente ha argumentado sistemáticamente que su guerra en Yugoslavia era una respuesta a la deportación forzada por parte de Yugoslavia de la mayoría de los albaneses-kosovares, quienes en realidad comenzaron a trasladarse cuando la OTAN empezó a bombardear el país.

La manipulación de Estados Unidos fomentó la secesión de Kosovo. Incluso antes de que Washington firmara su promesa de respetar la integridad territorial de Yugoslavia, la Secretaria de Estado Madeleine Albright había calladamente prometido respaldar los reclamos de independencia de los rebeldes de la organización armada albanesa-kosovar UCK. Y cuando las negociaciones sobre el futuro status de Kosovo estaban en curso el presidente George W. Bush declaró que Estados Unidos aprobaría en todo caso la independencia de la provincia. Era entonces imposible para los negociadores alcanzar el acuerdo sobre una sustancial autonomía de Kosovo dentro de la Federación Yugoslava cuando la superpotencia había anunciado su disposición para satisfacer los reclamos de la parte secesionista.

Una cosa mal hecha no justifica otra del mismo tipo. Pero la invasión rusa a Georgia cuando las tropas georgianas habían penetrado violentamente en Osetia del Sur fue en realidad modesta comparada con el comportamiento de la OTAN con Yugoslavia y Kosovo. Los rusos quisieron respaldar los fuertes reclamos de independencia de Abjasia y Osetia del Sur, que Stalin había incorporado a Georgia. Nada en el reciente armisticio impide tal cosa. Como señaló el experto estadounidense en temas de seguridad George Friedman, el ataque contra Georgia fue ante todo una respuesta al amenazante cerco militar contra Rusia llevado a cabo por Washington. Pero la violación del territorio yugoslavo cometida por Occidente dio a los dirigentes rusos un conveniente precedente para hacer algo similar en el Cáucaso. En vista de las varias violaciones de la ley internacional cometidas por Estados Unidos, los reproches morales de Washington hacia la actuación de Rusia en el Cáucaso debe parecer a Moscú hipócrita y también ridícula.

Los dirigentes estadounidenses han estado construyendo durante muchos años la hegemonía global de su poderío militar. Ahora deben reconocer que Rusia es de nuevo una potencia regional a la que no pueden continuar humillando sin tropezar con una nueva Guerra Fría. Ésta sólo puede ser evitada si Estados Unidos por fin comienza a tratar a Rusia en términos iguales a los que utiliza con otros socios. Debería dejar de dar pasos que crean los mismos temores y sospechas en Moscú que similares acciones rusas producirían en Washington.

Es necesario promover un clima marcado por la confianza y la sinceridad, no por la desconfianza y la deshonestidad. Un buen comienzo podría ser el del abandono del plan sobre la integración de Ucrania y Georgia a la OTAN. Está fuera de cuestión protestar y decir que «a Rusia no se le debería permitir que decida quien debería ser miembro de la OTAN». Lo que puede conducir a la paz y a la seguridad, incluso para estos dos países es la confianza y la cooperación mutuas en toda Europa

Fue editor, parlamentario y embajador de Noruega y es actualmente escritor y activista.(COPYRIGHT IPS)

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