Opinion Internacional

La lección de una elección, en el año que se va

Escribe: Niko Schvarz

Para ubicarnos un poco: Zimbabwe se encuentra en Africa meridional, más bien al este, abrazada por los ríos Zambeze y Limpopo. Limita con Zambia, Botswana, Sudáfrica y Mozambique, que la separa del Océano Indico.

En 1889 el millonario británico Cecil Rhodes no sólo se hizo dueño del país, con el beneplácito (y los cañones) del gobierno de Su Majestad, sino que le puso su nombre (Rhodesia) y de paso su empresa, la British South Africa Co., se apoderó de las riquísimas minas.

Hacia 1960, los colonos de origen europeo eran apenas 5% de la población pero poseían más del 70% de las tierras cultivables.

Por esa época, el proceso de descolonización de Africa alcanzó a las vecinas Zambia y Malawi, y en Rhodesia se inició la lucha armada organizada por el ZANU (Robert Mugabe) y el ZAPU (Joshua Nkomo), después unificados, que tras un largo proceso, enfrentando también a los racistas sudafricanos, desembocó en la independencia en 1980.

Mugabe fue electo presidente en 1987, reelecto en 1996 y nuevamente este año, a pesar de la insidiosa campaña realizada en su contra por Gran Bretaña, que no le perdonaba su apoyo a los veteranos de la guerra de independencia que desalojaron de las tierras que aún detentaban a los descendientes de los antiguos colonialistas.

Un ejercicio de imaginación

Pues bien: es desde allí que nos llega este comentario, cuya sutil ironía no escapará al lector. El autor dice que los chicos de su país deben estudiar atentamente las recientes elecciones en los Estados Unidos, porque revelan que el fraude no es un fenómeno exclusivo del Tercer Mundo. Como fundamento propone el siguiente ejercicio:

«Imaginemos que leemos una noticia referente a una elección realizada en cualquier país del Tercer Mundo y en la cual el autoproclamado ganador es hijo de un anterior gobernante y que éste fue también anterior jefe de la policía secreta (la CIA). Imaginen que el autoproclamado ganador pierde con el voto popular pero gana sobre la base de alguna rémora colonial de su pasado previo a su actual democracia (el colegio electoral). Imaginen que su autoproclamada ‘victoria’ depende de los votos emitidos y disputados en una provincia gobernada por su hermano» (y, podría agregarse, que lanzó a todo el clan familiar a la caza de los votos que se escapaban, que coaccionó a los organismos de Justicia locales dotados de poderes decisivos para impedir el recuento de los sufragios, que en contubernio con medios de difusión venales anunció la presunta victoria cuando las cifras decían otra cosa, por lo cual después debieron retractarse por partida doble, etc. etc.)

Los votos robados

Continúa en los siguientes términos:

El pastor negro norteamericano Jesse Jackson resumió el contenido de la elección presidencial con esta frase: «Los Bush han robado la elección». El corresponsal zimbabuano incorpora a dicha caracterización los siguientes elementos:

«Imaginen que seis millones de personas hayan votado en la provincia en disputa y que el autoproclamado vencedor haya conseguido sólo 237 votos de ventaja. Menos ciertamente que el margen de error que hubieran podido cometer las máquinas que realizaron el escrutinio. Imaginen que el presunto ganador y su partido se oponen a una cuidadosa supervisión y a un conteo manual de los votos en la disputada provincia y en el más disputado distrito».

A lo cual se podría añadir que en todo el país el candidato que fue declarado perdedor tuvo 328.696 votos más que el declarado vencedor (y eso que más del 50% ni siquiera fue a votar), lo que transforma al sistema allí imperante en el gobierno de la minoría sobre la mayoría.

Doble récord

Continúa nuestro lejano corresponsal: «Imaginen que el autoproclamado ganador, gobernador él mismo de la provincia más grande, tiene el peor récord en materia de derechos humanos en comparación con todas las demás provincias; y que además lidera actualmente el mayor récord de ejecuciones en el país. Imaginen que la promesa más importante de su campaña fue designar a los más propensos violadores de los derechos humanos en puestos vitalicios de la Suprema Corte de la nación». Sin comentarios. Está todo dicho.

Conclusión

Por ende, la conclusión surge por su propio peso, en estos términos: «Ninguno de nosotros consideraría que esa elección fuese representativa de ninguna otra cosa que del poderoso autoproclamado ganador. Todos nosotros, imagino, querríamos dar vuelta la página con fastidio pensando que se trata de otra sucia historia de algún lamentable y pre o antidemocrático país de algún extraño y lejano rincón del planeta». Con la particularidad de que ese país posa como el mentor universal de la democracia y pretende exportar al mundo entero su modelo de «american way of life» como si se tratara de hamburguesas o Coca Cola, por las buenas o por las malas, con el desembarco de sus empresas o de sus marines, mediante el intercambio comercial o los bombardeos a troche y moche.

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