OPINION INTERNACIONAL

LA PERFIDIA COMO METODO

Vimos una breve comparecencia del ministro Santos en la CNN, en el curso de su visita de tres días a Washington, al comienzo de esta semana, para explicar en todos sus pormenores la denominada «Operación Jaque». Luego, Telesur reprodujo la nota in extenso y con traducción al español de las palabras del ministro, que se expresó en inglés. Santos dijo que la maniobra se preparó durante meses, capacitando a una serie de personajes para actuar como actores, al estilo Hollywood o de una pieza de teatro. Estas personas simularon a un italiano, un australiano, un árabe, un médico, una enfermera, así como un camarógrafo y un periodista de Telesur. Un par de ellos llevaban camisas con la imagen del Che. Los ensayos duraron meses. Ahí está la confesión plena de que dos militares colombianos se presentaron como camarógrafo y periodista de Telesur, utilizando los distintivos correspondientes.

En ningún momento la SIP presentó denuncia alguna sobre esta usurpación de identidad de un medio de comunicación. Reporteros sin Fronteras tampoco.

Luego, el Ministerio de Defensa de Colombia divulgó urbe et orbi el video del operativo rescate, sin audio y omitiendo esos detalles comprometedores. Tampoco aparecía en el video ninguno de los logotipos de la Cruz Roja, que estaban en uno de los helicópteros y sobre la chaqueta y en el brazo de por lo menos uno de los militares colombianos.

El ministro de Defensa hizo esta presentación ante una platea adicta y múltiples medios norteamericanos, luciendo una sonrisita cínica de autosatisfacción, como héroe de la película, gestada en el Ministerio de Defensa y los servicios de inteligencia, con la colaboración tecnificada de sus homólogos norteamericanos. Sabido es que el ministro está en una puja con el presidente para disputarle los primeros planos publicitarios. Incluso se ha permitido contradecirlo, vociferando contra el presidente Chávez en momentos en que Uribe se esforzaba por recomponer la relación mutua. Su presentación a todo tren en Washington es parte de esta campaña.

La otra pata del plan de la perfidia es la usurpación del distintivo internacional de la Cruz Roja, utilizado en el mundo entero. A ello nos referimos en la nota del 18 de julio («El emblema de la Cruz Roja»), basada en el hecho de que el presidente Álvaro Uribe reconoció personalmente, en su comparecencia televisiva del 16 de julio, que uno de los militares colombianos participantes en la operación del 2 de julio se colocó sobre el chaleco una pechera que llevaba los símbolos de la Cruz Roja, y lo disculpó alegando que lo había hecho «por nerviosismo» y (créase o no) contrariando órdenes superiores, aunque no explicó qué hado misterioso había colocado en su bolsillo precisamente ese trozo de tela en un momento tan oportuno. Un investigador independiente de CNN, tras un análisis exhaustivo, había concluido en la existencia de logotipos de la Cruz Roja en un helicóptero, en el brazo y en la citada pechera del militar colombiano disfrazado. El Comité Internacional de la Cruz Roja, al tiempo de declarar que el gobierno colombiano había actuado con perfidia, lo que constituye un crimen de guerra según las Convenciones de Ginebra, señaló que el CICR no había tenido ninguna participación en ese operativo. La contracara de la situación pudo observarla el mundo el miércoles 22, cuando las FARC entregaron a la Cruz Roja ocho secuestrados la semana pasada en el noroeste del país, según informó al día siguiente el organismo humanitario. El comunicado señala que la liberación se realizó tras una solicitud de las FARC al CICR y que «la operación fue posible gracias a la interlocución confidencial y discreta de las partes concernidas, y bajo la acción humanitaria, neutral e independiente del CICR», el cual reiteró «su disponibilidad de apoyar la búsqueda de mecanismos para obtener la liberación de otros rehenes, así como de los demás detenidos».

El gobierno colombiano, en cambio, ha violado todas las normas internacionales, como lo prueban los dos episodios mencionados, sin hablar ya del asalto al territorio ecuatoriano el 1º de marzo para frustrar una operación de intercambio humanitario que estaba conduciendo el asesinado Raúl Reyes.

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