Duro año para la democracia
Montevideo, Mesa Regional, AFP
Los golpes de Estado, que parecían cosas del pasado, volvieron a aparecer en Ecuador y en Paraguay. El fraude electoral, pese a la vigilancia internacional, se impuso por un tiempo en Perú. La violencia, que debía disminuir gracias a un diálogo de paz, recrudeció en Colombia. Y en Venezuela, el presidente Hugo Chávez, sospechoso de populismo, cuestiona a su vez el modelo de democracia representativa.
En Perú, Fujimori obtuvo su tercera reelección en unos comicios cuestionados por los observadores de la OEA y en los que se presentó como único candidato, el 28 de mayo.
Pero su tentativa de perpetuarse en el poder se derrumbó a causa de un escándalo ocasionado por la difusión de un video en el cual se ve a su jefe de inteligencia y brazo derecho, Vladimiro Montesinos, tratando de sobornar a un diputado de la oposición para pasarse al oficialismo.
El mandatario trató de negociar su salida convocando a elecciones generales para el 8 de abril, pero el regreso de Montesinos (que había tratado de exiliarse en Panamá) precipitó una nueva crisis: después de asistir en noviembre a una cumbre en Brunei, Fujimori decidió quedarse en Japón, tierra de sus ancestros, desde donde anunció su renuncia, antes de ser destituido por «incapacidad moral».
Un gobierno de transición, encabezado por el opositor Valentín Paniagua, debe encargarse ahora de la organización de los comicios.
Pero si la debacle del régimen fujimorista simboliza la prevalencia de los valores democráticos, no menos trascendente es la llegada al poder en México de Vicente Fox, un candidato que, por primera vez en 71 años de historia, no salió de filas del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Fox, electo en comicios intachables el 2 de julio pasado, asumió la Presidencia el primero de diciembre poniendo fin a un régimen que el escritor peruano Mario Vargas Llosa había definido como «la dictadura perfecta», y que deja a México con 40 millones de pobres (41% de su población) a pesar de una macroeconomía floreciente.
Si bien la democracia es el sistema de gobierno que prevalece en América Latina, este año quedó claro que no está libre de amenazas.
La transición de regímenes autoritarios a sistemas democráticos durante los años 70 y 80 no estuvo acompañada en general por el éxito económico, lo que multiplicó las críticas a gobiernos surgidos de las urnas y propició la aparición de alternativas de poder que, aunque emanadas de la voluntad popular, no dejan de levantar temores.
El caso más paradigmático es Venezuela, un país con un 80% de la población sumido en la pobreza, donde el pasado 30 de julio Hugo Chávez, un carismático ex militar que intentó tomar el poder por las armas en 1992, se consolidó por la vía legal como presidente.
Tras resultar electo jefe de Estado en 1998, Chávez dotó al país de una nueva Constitución que concentra el poder en torno al Ejecutivo y convocó a nuevas elecciones generales en las que fue ratificado al frente del Estado.
Fuerte crítico de la democracia representativa, a la que considera un «fracaso», el mandatario venezolano propone «inventar» un nuevo modelo, «la democracia participativa, donde se abran espacios a la participación popular».
Y aunque su «Revolución Bolivariana» parece apuntar a eso –los venezolanos ya votaron ocho veces en lo que va de 2000– su última iniciativa, un referéndum sindical que dio por tierra con la dirigencia de los trabajadores, recibió críticas de organizaciones sindicales y patronales que acusan al mandatario de atentar contra la libertad de asociación de las minorías.
En Paraguay, una intentona golpista contra el gobierno de Luis González Macchi fue rápidamente conjurada en mayo pasado. El levantamiento fue atribuido a los partidarios del general Lino Oviedo, preso en Brasil, a quien el Ejecutivo paraguayo acusa también del asesinato en marzo de 1999 del vicepresidente Luis María Argaña.
En las elecciones para reemplazar a Argaña, en agosto de este año, el Partido Colorado –en el poder desde 1947, incluyendo los 35 años de dictadura de Alfredo Stroessner– sufrió su primer revés electoral en más de medio siglo, con el triunfo del liberal Julio César Franco.
En varias naciones de América Latina, indígenas, campesinos y desocupados –eternos olvidados de gobiernos y mercados– encabezaron la lista de desconformes y marcharon hacia las grandes ciudades, cortaron rutas y se enfrentaron, a veces duramente, con las autoridades.
Así, una rebelión del movimiento indígena que recibió el apoyo de un grupo de coroneles insurrectos llevó a la destitución en febrero pasado de Jamil Mahuad en Ecuador. El entonces presidente constitucional fue sustituido por Gustavo Noboa, su vicepresidente.
En abril, los bolivianos vieron suspendidas sus garantías individuales, cuando el gobierno del presidente Hugo Banzer, un ex dictador reconvertido, decretó el estado de sitio en todo el territorio debido a la convulsión que desató entre campesinos e indígenas una iniciativa privatizadora gubernamental. Nicaragua vivió momentos de tensión en noviembre, cuando una decisión del Consejo Supremo Electoral impidió al partido indigenista Yatama participar en los comicios municipales, con el argumento de que presentaron a destiempo las listas de candidatos; protestas de indígenas miskitos y un boicot electoral que alcanzó a más del 90% de las mesas de votación, marcaron esas elecciones en el Caribe norte del país.
Mientras tanto, los colombianos, gobernados por Andrés Pastrana, viven su democracia en medio del fuego cruzado de narcotraficantes, paramilitares ultraderechistas y guerrillas de izquierda, y añoran una paz que cada vez parece más lejana.
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