OPINION INTERNACIONAL

RECUERDOS DE ALLENDE

Yo estaba en Santiago la noche de la victoria electoral, en setiembre de 1970. Desde allí trasmití la noticia para El Popular y salí al aire. La marejada de gente que irrumpió en la Alameda esa noche era impresionante. Muchos venían de las colonias pobres de la periferia. La euforia y los cantos, la esperanza en cada rostro. Allende se allegó al local de la Federación de Estudiantes, sobre la propia Alameda, y habló desde el balcón. Allí nos apretujamos los que pudimos entrar a los empujones. Llegué a gritarle, en medio del barullo, un saludo de Arismendi, que retribuyó con un gesto. En el período previo yo había acompañado al líder del PCU en un almuerzo en su casa, del que recuerdo los vinos rojos y la delicadeza de doña Tencha. Querida Tencha, con la que nos reencontraríamos en México en los años del exilio y la lucha contra las dictaduras, junto siempre con Emma Obleas de Torres, la viuda del también derrocado y después asesinado presidente boliviano, general Juan José Torres.

Esa campaña electoral tuvo ribetes peculiarísimos. Se trataba de ganar con la minoría mayor, y por ende que no se desbarrancaran las candidaturas de Radomiro Tomic y de Jorge Alessandri, o que desistiera uno a favor del otro para cerrarle el paso a la Unidad Popular. Allende ganó con lo justo, en el orden del 36%, como abanderado de la unidad de la izquierda, cuyo sólido cimiento era la unidad de socialistas y comunistas, a los que se agregaron el MAPU y otros sectores. Un antecedente de peso para la formación del Frente Amplio. En elecciones municipales unos meses después la Unidad Popular orilló el 50%.

La política del PC chileno fue fundamental para llegar a esa solución, ya que proclamó alto y fuerte, en un Congreso previo, que el candidato debía ser Allende y ningún otro. En medio de ese Congreso, Volodia Teitelboim me llevó a Isla Negra, junto con otros compañeros (Pompeyo Márquez del PC de Venezuela, René Piquet del PC de Francia) para conocer a Neruda, con quien tuvimos una extensa conversación, nos mostró poemas inéditos y nos dedicó unos libros con tinta verde.

Precisamente Neruda fue el orador que acompañó a Allende en un acto fuera de serie en Valparaíso. La gente venía a la plaza central bajando desde los cerros, con sus linternas prendidas. Un espectáculo inolvidable. Allende hizo un discurso de corte programático y polémico sobre los temas en debate. Neruda leyó, con su voz cansina, su mejor poesía. Entre la multitud no se oía volar una mosca. Era la comunión del pueblo con la poesía.

Antes de todo esto habíamos estado con Allende cuando la llegada del Che al Uruguay en agosto de 1961. Era a la sazón presidente del Senado de Chile. Participó en la conferencia paralela que se realizó en Montevideo en ocasión de la Conferencia del CIES en Punta el Este. Estaba en el estrado al lado del Che en el Paraninfo de la Universidad en Montevideo cuando éste pronunció su recordada alocución. Salía del brazo del Che por una puerta lateral cuando una bala segó la vida del profesor Arbelio Ramírez.

También me tocó estar en Santiago de Chile en el golpe de Estado del 11 de setiembre. Había llegado unos días antes. Como escribí en una crónica que nunca se publicó, «el golpe de Estado pende sobre Chile como un hilo finísimo, y es posible que cuando estas líneas lleguen al lector, el hilo se haya quebrado». Nunca llegaron, porque en la madrugada del 11 de setiembre me sorprendió el golpe en la redacción del diario El Siglo. Salí en la madrugada justo a tiempo cuando una patrulla militar llegaba al local de Lord Cochrane 208, las radios trasmitían marchas militares, los tanques patrullaban las calles y los francotiradores disparaban desde las ventanas.

Crucé la Alameda, muy próxima, y llegué al Palacio de la Moneda. Vi las tanquetas del felón general Mendoza cuando se retiraban, y el bombardeo de los Hawker Hunter. La foto que circuló por el mundo entero la vi con mis propios ojos. Había que buscar un refugio antes del toque de queda, a las 3 de la tarde. Crucé el Mapocho y eché a andar.

La gente estaba en las calles, en un clima de gran tensión. En una esquina un grupo de muchachas y muchachos tenía una radio prendida. Por un milagro, Radio Magallanes seguía trasmitiendo. Ahí, en la calle, escuché el discurso póstumo de Allende. «Se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre nuevo». Nadie decía una palabra.

El discurso se repitió. Había lágrimas en los ojos. Allende entraba en la gran historia.

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