La Villette y Saramago, el subcomandante y el plebiscito
Por Niko Schvartz
No puedo perder la oportunidad de decir que considero a Saramago (quien volverá a estar con nosotros en la capital gaúcha) como el más estupendo de los escritores vivos. A mucha gente de por el mundo le está generando, o haciendo recuperar, el placer por la lectura. Para mí es un verdadero deleite. Se los recomiendo, y esto vale tanto para «La Caverna» como para sus obras anteriores.
La globalización, el capitalismo autoritario
El escritor recibió el máximo galardón de la Universidad (sin toga ni birrete, como lo hizo notar) y desgranó sus ideas en un Paraninfo desbordado, en un tono coloquial que es el de sus libros (una suerte de diálogo permanente mano a mano con el lector), cortado por ráfagas de un lirismo que rompe los moldes (también como en sus libros, en prosa y en verso). Estaba en una gira que en mes y medio lo había llevado a 14 ciudades portuguesas, a Angola y Mozambique, en Brasil a Belo Horizonte y São Paulo, a Buenos Aires para después cruzar el charco. Declaró por ahí su aversión a la torre de marfil, su deseo permanente de participar y de encontrarse con la gente.
Saramago definió la globalización económica como «nueva forma de capitalismo autoritario», ejercido por «las multinacionales, los nuevos dueños del mundo». Como consecuencia, «lo más descartable que existe en este momento es el ser humano». En idéntido sentido, explicitó en entrevista concedida en Lisboa al inicio de la gira: «Vivimos en un mundo donde la explotación ha alcanzado fórmulas de una exquisitez mefistofélica, diabólica. Se estrecha la cultura y se ensanchan las desigualdades. En el fondo es un problema de redistribución de la riqueza. El centro comercial (se niega a llamarlos «shopping centers», según señaló aquí) es un símbolo de ese mundo. Pero hay otro pequeño mundo que desaparece, el de las pequeñas industrias o el artesanado. Todos los días desaparecen especies animales, vegetales, idiomas, profesiones, oficios. Pero está la gente que tiene derecho a vivir, a construir su propia felicidad, y son eliminados, pierden la batalla por su propia supervivencia».
En São Paulo le preguntaron si prefería el «fast food» estilo McDonald’s o el «slow food» italiano, y respondió: «Lo más correcto sería sencillamente poner un plato de comida delante de cada persona. Si comen de prisa o lentamente es otra cuestión». Lo mismo dice Lula.
La capacidad de indignación
En el Paraninfo contó que el escritor Norman Mailer le dijo en Nueva York que Clinton sería el último presidente de los Estados Unidos, porque en adelante las multinacionales gobernarían directamente, sin intermediarios. (Parece que acertó). Ahondando el concepto, Saramago destacó que los verdaderos centros del poder mundial son organismos como el FMI, el BM y la OMC, que nadie eligió y cuyas decisiones se sobreponen a las de los gobiernos electos, lo que implica el cercenamiento de la democracia. En sentido análogo, el subcomandante Marcos –que reapareció en la selva lacandona luego de la asunción de Fox– opina que los actuales gobernantes «son modernos administradores de empresas» y que «los nuevos dueños del mundo no son gobierno, no necesitan serlo» porque los llamados gobiernos nacionales «se encargan de administrar sus negocios en las diferentes regiones del mundo».
Ante este cuadro, Saramago reivindicó «la capacidad de indignación, de inconformismo, de protesta». Galeano contó en el Paraninfo que el escritor había anticipado su propio epitafio con el siguiente texto: «Aquí yace, indignado, José Saramago». A la pregunta de cómo salir de la caverna, éste responde: «Dando trabajo a la cabeza, pensando» y destaca al mismo tiempo «nuestra responsabilidad de pensar y de actuar». Enfatiza: «Ellos quieren que no hagamos preguntas y no discutamos. Debemos ser conscientes de lo que pasa e intervenir». Pensamiento y acción, teoría y práctica.
La victoria popular de 1992
La noche anterior al llamado de la central obrera PIT-CNT y de la Intersocial se realizó una manifestación para conmemorar la histórica victoria popular del 13 de diciembre de 1992, en que una votación de 72% contra 27% en el plebiscito logró mantener a Antel en la órbita pública. Recuerdo ahora los análisis estadísticos del malogrado compañero Mauricio García, según los cuales se ganó en 142 de los 151 centros de votación. Aquella iniciativa ejemplar del movimiento sindical, recogida por los partidos de izquierda, suscitó tal adhesión en el seno del pueblo que obligó incluso a otros partidos a subirse al tren en marcha. Dicho sea de paso, y véase como todo se une, este ejemplo fue evocado en La Villette en el marco de la lucha contra el neoliberalismo, lanzado ya en aquel entonces al asalto del mundo.
La significación del plebiscito y de su oportuna rememoración se ve resaltada por el deterioro del nivel de vida de la gente (ascenso del desempleo al 14,6% en un cuadro de 19 millones de desocupados en América Latina, caída del ingreso de 10% en un año, aumento del porcentaje de niños en condiciones de pobreza en lo que se ha denominado la inocencia robada), y por las sombrías perspectivas macroeconómicas, todo ello revelado por los últimos informes oficiales.
La dialéctica de la comarca y el mundo
Es así como la incursión por el mundo nos trajo de vuelta al paisito. Ya lo decía Jaurès (y es bueno mencionarlo cuando se habla del nuevo internacionalismo del siglo XXI): un poco de internacionalismo nos aleja de la patria, pero mucho internacionalismo nos vuelve a ella. En este mundo que es uno solo, en todas partes late la misma pena, el mismo afán, como dice el tango. Todo se une, ya lo dijimos.
Lo cual está mostrando a la vez la validez del añejo pensamiento dialéctico, siempre juvenil y con capacidad perenne de renovación, para comprender el mundo en su cabalidad. Y para luchar por cambiarlo.
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