ANALISIS INTERNACIONAL

LA VIDA EN UN FRASCO

Sendler nació el 15 de febrero de 1910 en Otwock, al sur de Varsovia, adonde se trasladó con su familia. Durante su niñez vio morir a su padre, médico, de tifus. Se había contagiado empeñado en atender a los pobres, los más afectados por la epidemia. Fue asistente social y ya antes de la guerra trabajaba con familias judías pobres de Varsovia. Por aquel entonces la capital polaca era la primera metrópolis judía de Europa, allí vivían 400.000 de los 3,5 millones de judíos de toda Polonia. Su epopeya habría quedado en el olvido para la mayoría si no hubiera sido porque, en 1999, tres estudiantes de un instituto de enseñanza de una pequeña población cerca de Pittsburg, Kansas, recibieron la tarea de su profesor de investigar una escueta noticia que hablaba de una mujer polaca que había salvado a 2.500 niños judíos, algo que el docente pensaba que era un error. Cuatro jóvenes estudiantes pensaron que sólo iban a encontrar la tumba de Sendler. Pero, a sus entonces 90 años, estaba viva, y pronto la localizaron y comenzaron a intercambiar cartas con ella, con las que reconstruyeron la historia.

Las estudiantes presentaron incluso una obra teatral con la particular historia, cuyo título fue La vida en un frasco. También confeccionaron una página web dedicada por ellas a Sendler, www.irenasendler.org. Horrorizada por la creación en 1940 del gueto, desde el otoño de ese año, Irena Sendler puso en peligro su vida llevando comida, ropa y medicamentos a los habitantes del gueto de Varsovia, donde los nazis hacinaron en 4,2 kilómetros cuadrados a 450.000 personas.

Sendler entraba con la estrella de David amarilla en su brazo, por solidaridad con sus pobladores y para que los guardias alemanes la dejaran en paz. Muchas de los habitantes del gueto murieron de hambre o de enfermedad. Las restantes acabaron en el campo de exterminio de Treblinka. Sólo un puñado de supervivientes realizaron en la primavera de 1943 una insurrección desesperada antes de que las tropas nazis destruyeran por completo el barrio.

Ella y sus colaboradoras, casi todas eran mujeres, sacaban a los niños, a veces de meses, escondidos en sacos, en cajas, bajo la camilla de las ambulancias, hasta en ataúdes. Los mayores salían por las alcantarillas, por agujeros en los muros o aprovechando una iglesia que quedaba mitad en el gueto y mitad en la zona tras los alambrados de púas. Les enseñaba unas plegarias católicas, y entraban por una puerta como pobres niños judíos, y salían por la principal como católicos.

La heroína polaca escribía sus nombres y los de las familias polacas y orfanatos que acogían y escondían a los niños. Metía el papel en un recipiente de cristal que enterraba bajo un manzano, en el patio trasero de un vecino.

Pronto entró a formar parte de Zegota, organización clandestina de ayuda a los judíos, donde era conocida como Jolanta. Pero los nazis dieron con ella. Fue arrestada en su casa el 20 de octubre de 1943 por la Gestapo, y la sometieron a torturas interminables, rompiéndole brazos y piernas. Jamás habló y fue condenada a muerte, como recordaba su hija Janka, dice la historia que reproduce la página web. Pero Zegota sobornó a un guardia alemán, que la dejó escapar.

El grupo clandestino, apoyado por el gobierno polaco en el exilio, escondió a los niños con papeles falsos en el seno de familias cristianas, en conventos y orfanatos. Irena siempre deseó que sus protegidos conociesen su verdadera identidad. Por eso, ocultó una lista cifrada con sus nombres reales. Si algo le sucedía a ella, los niños podrían conocer su verdadero origen.

Irena sobrevivió la guerra escondida con un nombre falso.

En 1965 fue honrada con el título de Justo de las Naciones por parte del Instituto de Estudios del Holocausto Yad Vashem, en Jerusalén. Sin embargo, el régimen comunista polaco silenció su labor porque, además de antinazi, también se manifestó contra el régimen socialista de Varsovia.

El año pasado, el gobierno polaco la propuso para el premio Nobel de la Paz, mientras que Hollywood ponía en marcha un proyecto de película sobre ella. Su biografía, La madre de los niños del Holocausto, de Anna Mieszkwoska, ya inmortaliza su trágica aventura. La gente sólo puede dividirse en buena o mala. No importan su raza, religión o nacionalidad, le había enseñado su padre.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje