OPINION INTERNACIONAL

PARAGUAY PATAS ARRIBA

Se cumplió lo que dice el verso de Nicolás Guillén: «Ya estará el de arriba abajo, cuando el de abajo esté arriba».

Además el Partido Colorado ­antes monolítico, con cuotas de poder repartidas al milímetro- hoy está dividido, fragmentado en diversos sectores enfrentados entre sí.

Uno de los grupos está encabezado por el anterior líder partidario Luis Castiglioni, a quien el oficialismo culpa en buena medida de la derrota electoral. Castiglioni aspiraba a la candidatura, pero el presidente Nicanor Duarte Frutos (una vez fracasado su intento de votar una reforma constitucional que posibilitara su reelección) impuso a Blanca Ovelar, la que consiguió una leve mayoría en una durísima pugna interna y luego realizó la campaña bajo el ala del presidente. De paso sea dicho, las manifestaciones que celebraban la victoria de Lugo en la noche del domingo en Asunción dirigían sus dardos contra el presidente, proclamando: «Se terminó Nicanor», y también el dominio del Partido Colorado. El oficialismo neto acusa a Castiglioni ­que denunció fraude en las internas- de haber «tirado para atrás» y no haber contribuido a la votación por la ministra de Educación.

Las acusaciones se dirigen por otro lado contra el general Lino Oviedo, con quien tienen viejas cuentas por saldar, más allá de su pasado golpista, por el cual estuvo encarcelado, y de su presunta vinculación con el asesinato del vicepresidente Luis María Argaña. Duarte y la candidata lo tildaron de traidor y de verdugo que disparó contra su propia tropa. El hecho es que Oviedo ­que formó su propio partido, la Unace -hizo campaña sostenida contra el oficialismo y ya al mediodía del domingo declaraba a todos los vientos que el Partido Colorado saldría derrotado de la elección.

Como prueba de la desazón reinante contra la conducción oficialista, el Comité Central de la Juventud Colorada anunció que proyectan una Convención extraordinaria de la ANR (o sea el Partido Colorado) para exigir la renuncia de todos sus correligionarios con cargos públicos. Por otro lado, ha cundido la alarma entre la burocracia estatal, que responde en su inmensa mayoría al Partido Colorado (Lugo denunciaba la conducta clientelística y prebendataria de dicho partido), al punto de que el titular de la Coordinadora Colorada de Funcionarios Públicos ­así se llama, derecho viejo-, Adriano Ramírez, ha solicitado una entrevista al presidente electo para inquirir qué va a suceder con sus puestos. Al respecto se indica que hay 500 altos y costosos cargos públicos de confianza que dependen directa y discrecionalmente del presidente, que se designan inútiles Consejos de Administración en muchos entes y que 14 secretarías ­ni una menos- con rango ministerial funcionan en el ámbito de la presidencia. Todos estos datos están en el ABC Color. La coalición triunfadora, la Alianza Patriótica para el Cambio (APC), anunció que revisará todos los contratos para juegos de azar que se concedan después del 20 de abril, previendo una maniobra de grandes proporciones en esas jugosas concesiones a realizarse durante el prolongado período de transición de casi cuatro meses, hasta el 15 de agosto.

Decíamos que cambios de similar envergadura en la estructura de los partidos políticos, en su composición y en la correlación de fuerzas entre ellos, se produjeron en este último período en varios países de nuestra América Latina. El caso de Venezuela es paradigmático. De acuerdo con el Pacto del Punto Fijo, suscrito por Acción Democrática y el Copei cuando fue derribada la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez en 1958, ambos partidos se alternaban en la presidencia de la República y se distribuían las cuotas de poder, en un régimen de coparticipación. La irrupción del movimiento liderado por Chávez los relegó a una expresión reducida en la vida política de Venezuela.

En forma análoga, el recién formado MAS boliviano nucleado en torno a Evo Morales sobrepasó en la votación presidencial a todos los demás partidos juntos, los más jóvenes y los de añeja tradición.

Y ni que hablar del caso uruguayo, donde el Frente Amplio reunió mayor apoyo ciudadano que todos los demás partidos sumados (más los votos observados, nulos y en blanco) y redujo a una votación de un dígito al Partido Colorado, que había sido el dueño del gobierno durante la mayor parte de la vida independiente de la República, por elección o por golpe de Estado. Un hecho de significación histórica similar a la que acompaña a estas horas la debacle de su homónimo paraguayo.

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