CUBANOS SE DESPIDEN DEL SIGLO XX
Que los cubanos hayan sido de los últimos habitantes del planeta en tener libre acceso a la telefonía celular que revolucionó el sistema de las comunicaciones en el siglo pasado, que la adquisición de DVDs y computadores personales haya sido una cuestión silenciosamente permitida por el nuevo gobierno (que yo sepa no se ha publicado en ningún medio oficial de la isla, aunque las confirmaciones abundan), es una realidad que contrasta abiertamente con la tradición de «adelantados» que solíamos tener.
Cuba fue el primer país de Hispanoamérica que, en los albores del siglo XIX tuvo ferrocarril (antes que España, la metrópoli colonial en aquel entonces), el primero donde se realizó una transmisión telefónica (obra del inventor italiano Meucci y no de Graham Bell) y el segundo en el hemisferio occidental en trasmitir y recibir señales televisivas, mucho antes que casi todos los países europeos. Fue también el primer país de América Latina que desterró el analfabetismo con una gigantesca campaña concluida en 1961, y el único del subcontinente que envío un hombre al cosmos. Además, al decir de los slogans oficiales, somos el país «más culto del mundo», y el que más fervientemente practica la solidaridad internacional. Pero ninguna de esas condiciones históricas y actuales consiguió que los cubanos salieran del siglo XX al mismo tiempo que el resto del mundo.
La posibilidad que ahora se les abre a los moradores de esta isla mítica y mágica, siempre sorprendente, de acceder a esos bienes llega marcada, sin embargo, por la gravitación de un problema económico mucho más arduo: todas esas opciones prácticas deberán ser pagadas en «moneda dura» (los pesos cubanos convertibles, canjeables por divisas o por una alta cantidad de pesos «nacionales») lo que hace que una simple llamada telefónica desde un celular (de uno o dos minutos de duración) pueda costarle al emisor y al receptor más o menos lo que, en pesos cubanos, es su salario de todo un día, si es de los que trabajan para el abarcador estado cubano que paga un salario promedio de unos 400 pesos, o sea, unos 16 pesos convertibles, o sea, unos 12 euros…
Pero no importa, dice la gente: al fin tendremos celulares… Aunque tampoco esto es cierto: una buena parte de los cubanos que pueden pagarse el lujo de portar un celular en su cintura, comprar un DVD o una computadora, ya los tenían desde antes de que esa posibilidad fuese legalizada por el nuevo gobierno que preside Raúl Castro que, al fin ha comenzado a revelar los primeros cambios que tenía programados y que sólo requerían de una firma sobre un decreto ya escrito por la presión de la realidad y la vida.
Desde hace unos cuantos años todos los que tengo estoy escuchando decir que los cubanos son ostentosos, exhibicionistas y prefieren vestir bien antes que comer, entre otras cualidades. La experiencia de mi vida me ha demostrado que el cliché suele ser cierto y, en los últimos años, he visto florecer lo que acá hemos bautizado como la «especulación», o sea, el arte de demostrar que se tiene, de que se goza de lo que para otros es inaccesible. Que recuerde, sólo la posesión de un automóvil, su venta, ha sido estrictamente regulada en el país desde hace 50 años. Hoy ha podido superar la «especulación» que generó la posesión de un teléfono celular. Hasta ahora sólo los extranjeros y los funcionarios de empresas ligadas a capital foráneo tenían la posibilidad de contratar líneas de telefonía móvil, pero los «especuladores» buscaron los resquicios posibles para que alguno de esos afortunados les cediera, incluso les vendiera, la apertura de un contrato. El teléfono celular en la cintura se convirtió entonces en una muestra de éxito económico y social, aunque una buena parte de los portadores sólo usaban el móvil para identificar quien lo llamaba y emplear los cinco primeros segundos de comunicación (que son gratis) para decir: «Ahora te llamo» y buscar un teléfono público de los que funcionaban con monedas de pesos cubanos… Lo importante no era usar el celular, sino tenerlo. Y más que tenerlo, mostrarlo.
Quizás para ese lector despistado que pensó tener en sus manos un periódico viejo, estas noticias tan cubanas sólo sean una manifestación de folklore caribeño. Pero el hecho de que por primera vez los habitantes de la isla puedan tener legalmente un teléfono que no le haya sido «asignado» por el Estado, ver en su DVD una película que no haya sido trasmitida por el Estado, o usar una computadora en la que pueda trabajar y almacenar información al margen del Estado, es mucho más que un salto en el tiempo: es una ganancia de albedrío enorme y significativa para un país cargado de controles y prohibiciones. Bienvenido sea entonces el celular y lo que su diminuta dimensión física en realidad encierra.
Escritor y periodista cubano
(COPYRIGHT IPS)
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