Todos somos africanos
Un equipo sueco-alemán dirigido por Ulf Gyllensten, de la universidad de Uppsala, analizó el patrimonio genético de 53 personas de distintas partes del mundo, basándose en el ADN mitocondrial (ADNmt).
El seguimiento de las mutaciones de ese ADN, contenido en las mitocodrias (elementos energéticos de las células) y transmitido por la madre, permite establecer los lazos de parentesco a través de innumerables generaciones. Por vez primera, este estudio utilizó todas las secuencias del ADNmt, mientras que las investigaciones precedentes sólo había explotado una pequeña parte de ese genoma (menos del 7%). Seamos franceses, alemanes, uzbecos, inuits, bamilekés o pigmenos mbuti, el veredicto de los genes no admite apelación: nuestro ancestro común vivió en Africa hace unos 171.500 años (con un margen de más o menos 50.000 años), y luego, hace 52.000 años (margen de 27.500 años), una parte de su descencia emprendió el camino de la emigración.
Estos trabajos aportan una increíble precisión sobre los lazos de parentesco que unen a la humanidad actual, pero dejan sin respuesta una pregunta: ¿Qué ocurrió con los descendientes de los otros predecesores del hombre de hoy? Los fósiles encontrados tanto en Europa como en Asia demuestran que el planeta no estaba deshabitado antes de la fecha de esa gran partida de Africa.
En efecto, los Homo Erectus aparecidos en Africa hace dos millones de años se desplazaron en una primera ola de emigración que dio nacimiento, entre otros, al Hombre de Java, al Hombre de Pekín y al Hombre de Tautavel (sur de Francia).
Esos hombres prehistóricos fueron el fundamento para la elaboración de la hipótesis llamada «multirregional». Según este modelo, a partir de un ancestro común arcaico, el Homo Sapiens (es decir, nosotros) procede de una «modernización» progresiva paralela de poblaciones instaladas en diferentes partes del mundo. En Europa, habrían evolucionado al paso del Hombre de Neandertal, adaptado al rudo clima de la era glaciar.
Pero en los últimos años, las excavaciones aportaron indicaciones paradójicas, mostrando que Neandertalianos y hombres modernos en realidad convivieron durante varias decenas de miles de años. Además, en Java, fósiles de Homo Erectus que se consideraban desaparecidos hace 200.000 años resultaron tener 27.000 años de antigüedad.
Es decir que, aunque los científicos siguen interrogándose sobre la exactitud de esa antigüedad, el hombre moderno pudo ser vecino no sólo de hombres de Neandertal sino también de Homo Erectus.
A la luz de las conclusiones del estudio de Ulf Gyllensten y de sus colegas, esta hipótesis es perfectamente plausible.
Una vez que salieron de Africa, los hombres modernos que se dirigieron hacia Europa y Oriente Medio encontraron allí hombres de Neandertal, mientras que la rama Este de esa emigración pudo encontrar una forma aún más arcaica de Homo Erectus.
Todos esos grupos desaparecieron después en condiciones que hasta ahora ignoramos, dejando el lugar a los recién llegados que terminarían ocupando todo el planeta.
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