Análisis Internacional

RELIGIOSIDAD MUSULMANA: ¿REMEDIO O ENFERMEDAD?

El artículo comienza dando el ejemplo de un joven de 28 años, Ahmed Muhammad Sayyid. Hace algún tiempo, tenía un buen empleo y una novia y esperaba casarse ni bien pudiera reunir el dinero necesario para comprar un departamento y muebles. Pero, como en un lapso de dos años no pudo reunir la suma requerida, la familia de la novia anuló el noviazgo. Sayyid se deprimió y perdió peso. Durante meses se quedó sentado en su casa leyendo el Corán. Ahora vive con su madre y solo consiguió un empleo de chofer en el que gana menos de 100 dólares mensuales, con lo cual no puede pensar en casarse.

En Egipto y en todo el Medio Oriente, muchos jóvenes se ven obligados a postergar su casamiento, que es condición necesaria para ser independiente, tener una vida sexual normal y un status social respetable. Aún los graduados universitarios enfrentan situaciones difíciles en economías carentes de oportunidades para los jóvenes. Para consolarse de su frustración los jóvenes se vuelcan a la religión y a menudo arrastran a sus padres hacia la fe. Con un 60% de la población en la región con menos de 25 años, este retorno de los jóvenes a una vida religiosa tiene enormes implicaciones para todo el Medio Oriente. Más que nunca, el Islam se ha convertido en el pilar de su identidad, reemplazando a las ideologías fracasadas del pasado: el arabismo, el socialismo y el nacionalismo.

La ola de identificación religiosa ha obligado a gobiernos que son considerados corruptos o ineficientes a buscar su reivindicación por medio de la religión. En Egipto, Jordania, Siria, Marruecos y Argelia, líderes que antes tenían una posición claramente secular ahora se presentan como celosos guardianes de los valores islámicos. Más y más padres envían a sus hijos a escuelas religiosas y algunos países han permitido la inclusión de más contenidos religiosos en la educación estatal.

Según observan algunos sociólogos, muchos jóvenes mantienen de manera mucho más estricta que antes la separación de ambos sexos, lo que aumenta las de por sí serias frustraciones sexuales. Este fervor religioso sirve al islamismo político, enemigo de los valores del mundo moderno globalizado y amenaza potencial para varios líderes árabes.

En Egipto, donde siempre la gran mayoría fue religiosa y conservadora, los jóvenes son cada vez más estrictos en la interpretación de su fe. Hace una generación, por ejemplo, pocas mujeres jóvenes se cubrían la cabeza y muy pocos hombres iban a los cinco rezos diarios a la mezquita. Ahora casi todas las mujeres usan el hijab, un chal que cubre el pelo y el cuello y las mezquitas están llenas casi durante todo el día.

En 1986 había una mezquita por cada 6.031 personas de acuerdo a estadísticas gubernamentales. Hacia el 2005 había una mezquita para cada 745 personas y la población aumentó en muchos millones.

En Egipto y en otros países, como Arabia Saudita, los gobiernos comprenden el efecto desestabilizador que tiene el hecho de que tantos jóvenes no puedan casarse por razones económicas y han implementado planes de ayuda, en algunos casos, celebrando casamientos masivos. Pero, aunque la formación de una familia es algo esencial en la cultura musulmana, el elevado costo de un casamiento constituye una valla que muchos jóvenes no pueden cruzar. Según un reciente estudio del Centro Wolfensohn de Desarrollo en la Institución Brookings y la Escuela de Gobierno de Dubai, hace una generación, el 63% de los hombres entre 20 y 30 años estaban casados. Este número ha bajado a casi el 50% en la región, el número más bajo en los países en desarrollo. En Irán, por ejemplo, el 38% entre 25 y 20 años no están casados, una cifra récord en la historia del país. En Egipto, la edad promedio en que los hombres se casan es de 31 años.

El artículo del «New York Times» se ocupa fundamentalmente de la situación de los jóvenes en las ciudades, pero también se refiere al medio rural egipcio. Cita el caso de un joven, Walid Faragallah, que recién después de seis años de graduarse como sicólogo consiguió un empleo como obrero y hoy gana un sueldo mensual de US$ 108.

«Esto nos acerca a Dios, en cierto sentido», dijo el Sr. Faragallah hablando de su situación desesperada en los años en que buscaba trabajo. «Pero a veces, yo no veo cómo puedo estar más cerca de Dios. Más bien esto te empuja al terrorismo. Prácticamente, mató mi ambición. No puedo soñar con un futuro».

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