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Para los veteranos «es muy difícil el regreso a la normalidad. Hay que empezar con desactivar todas esas conductas que los mantuvieron con vida en los campos de batalla», dice a «Proceso» Matthew Friedman, director ejecutivo del Centro Nacional para el Tratamiento del PTSD, con sede en White River Junction, en Vermont.

El soldado Joshua Harmon regresó a su casa en San Bernardino, California, el 4 de julio de 2005. Todo el 2003 lo pasó en las líneas de fuego de Irak como operador de metralletas. Aunque han pasado poco más de dos años desde su retorno, no puede quitarse la costumbre de caminar 14 millas diarias y de dormir lo menos posible. «Me siento como si estuviera patrullando todavía», señala Harmon a «Proceso», a las puertas de una casa de asistencia en San Bernardino, California.

«No sé lo que me pasa. Me siento culpable cuando duermo en una cama, porque siempre estoy pensando en lo que estarán pasado mis compañeros allá en el desierto», comenta.

En el verano de 2006 ­un año después de su regreso­, Harmon ya era un indigente: vivía en las calles de San Bernardino, estaba solo, se había vuelto adicto al alcohol y a las drogas.

Harmon es uno de los 1.049 veteranos de guerra de Irak y Afganistán que viven actualmente en la indigencia, según los registros del Departamento de Asuntos de Veteranos.

«Es un número muy alto de indigentes. Es mucho más de lo que esperábamos», manifiesta a «Proceso» Peter Dougherty, director de Programas para Desamparados del Departamento de Asuntos de Veteranos.

Ante las elevadas cifras de alcoholismo, adicción a las drogas y problemas mentales entre esos veteranos de guerra, la Oficina de Auditoría del Gobierno (GAO) revisó documentos del Departamento de Defensa y encontró que en 2006 sólo 22% de los soldados en riesgo de padecer PTSD fue remitido a un hospital para obtener tratamiento especializado.

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