El infierno de los combatientes
En acuerdo con Proceso de México
De hecho, más de mil son indigentes y 187 se suicidaron en los últimos dos años.
El soldado Doug Barber estuvo en Irak desde abril de 2003 a enero de 2004. Desde que regresó a Estados Unidos su vida se convirtió en un infierno: debido a su comportamiento extraño agresivo, con cambios repentinos de humor, en menos de un año su esposa lo abandonó, seis veces lo despidieron de los empleos que obtuvo, gastó todo su dinero y no podía pagar la casa que compró a plazos.
Nadie le dijo que padecía desorden de estrés postraumático, (PTSD, por sus siglas en inglés), una de las principales enfermedades que afectan a unos 245 mil veteranos de las guerras de Afganistán e Irak, y uno de los principales factores que han elevado las tasas de suicidio entre los soldados estadounidenses.
De acuerdo con el informe titulado «La salud mental en los veteranos de las guerras de Afganistán e Irak», elaborado por el Ejército de Estados Unidos y dado a conocer en agosto pasado, 99 soldados se suicidaron en 2006, 11 más que en 2005. Así, el año pasado la tasa de suicidios fue de 17,3 por cada 100 mil militares. Cifra elevada respecto a 2001 (9,1 por cada 100 mil) o en comparación con el promedio registrado en los últimos 26 años (12,5 por cada 100 mil).
«El PTSD afecta principalmente a los soldados que han estado en situaciones de combate muy intensas y por períodos muy prolongados», indica un estudio realizado por un grupo de médicos especializados en salud mental, publicado en julio de 2004 por la revista New England Journal of Medicine.
El estudio considera que un soldado se encuentra en «situaciones de combate muy intensas» cuando es objeto de bombardeos continuos, emboscadas y atentados con explosivos; se enfrenta cara a cara con el enemigo; dispara contra civiles en circunstancias de peligro; participa en el traslado de cadáveres y resulta herido o sufre mutilaciones.
De acuerdo con el Departamento de Asuntos de Veteranos instancia del gobierno federal, 94% de los soldados estadounidenses que regresaron de Irak fueron blanco de ataques con armas de diverso tipo; 85% conoció a alguien que resultó muerto o herido; 68% vio a un estadounidense muerto o herido; 51% trasladó a un cadáver; 77% disparó directamente contra combatientes iraquíes; 48% mató a uno o más enemigos y 28% se siente responsable por la muerte de al menos un civil.
Datos del Pentágono establecen que hasta el 31 de enero de 2005 se había enviado a Irak 1.048.000 efectivos militares, de los cuales, hasta febrero pasado, unos 400 mil regresaron y fueron dados de baja del Ejército regular.
El número de veteranos que han obtenido compensación debido al PTSD prácticamente se duplicó entre 1999 y 2005: pasó de 120 mil a cerca de 245 mil, informó Ronald Aument, subsecretario de Prestaciones de Asuntos de Veteranos, durante una audiencia ante el Congreso celebrada el 13 de marzo.
El «premio de la muerte»
Entre noviembre de 2005 y enero de 2006 Ray Shaft, investigador de la Organización de Veteranos de la Guerra de Irak, entrevistó a 30 soldados que habían estado en Irak o Afganistán. Su objetivo: documentar casos de PTSD en soldados que se encuentran desmovilizados.
En entrevista con «Proceso», Ray Shaft explicó que la mayoría de los veteranos que entrevistó esperó un mínimo de seis meses para ser atendida por un especialista en salud mental del Departamento de Asuntos de Veteranos, lo cual agravó sus padecimientos.
«Estoy por publicar un informe completo acerca de lo que ocurre en los hospitales para veteranos en todo el país, donde no se está atendiendo adecuadamente a la avalancha de veteranos que está regresando», dijo.
En noviembre de 2005 Shaft entrevistó extensamente al soldado Douglas Barber. Conforme a la transcripción de esa entrevista, que Shaft proporcionó al reportero, Barber contó:
«Mi especialidad era la transportación. Manejaba un vehículo que se conoce como 88 Mike. Antes de entrar en la Guardia Nacional era chofer de camiones de carga (…)
«A mi unidad la mandaron a la LSA Anaconda, que es un sitio peligrosísimo ubicado en medio del triángulo sunita. Nuestra misión era llevar y traer pertrechos militares entre la Anaconda y el aeropuerto internacional de Bagdad. No teníamos conciencia de qué tan peligroso era eso. Todas las noches nos atacaban con morteros entre cinco y seis veces. Cada ataque tenía unas cinco rondas de explosiones. Abajo de la tienda de campaña te sentías realmente desamparado. Sabías que en cualquier momento te ibas a sacar el premio de muerte.
«Transitar por esos caminos es un infierno. Por un lado, los morteros estallando constantemente a los lados. Luego, los francotiradores que te disparan desde muy lejos y uno ni siquiera los ve. Y después, lo peor de todo, las bombas en las carreteras.
Y digo lo peor porque las ponen en cualquier parte: a un lado del camino, en los restos de un animal, en la basura, en algún vehículo abandonado. La muerte te ronda constantemente. No hay un instante en que no pienses en ella».
«Todas las mañanas, antes de partir a las misiones que nos encomendaban había una reunión en la que te decían cuál de las caravanas había sido atacada un día antes y cuántos de tus compañeros habían muerto, resultado heridos o quedado mutilados. La mayoría de las veces conocías los nombres y recordabas sus rostros. Todo esto se te empieza a quedar en la cabeza.
«Durante julio (de 2003), 18 operadores de vehículos 88 Mike murieron en combate, principalmente por las bombas colocadas en las carreteras y por los francotiradores. En la base, tan sólo en ese mes, murieron siete compañeros por ataques de mortero.
«La sensación de estar allá era muy extraña, porque a pesar de nuestra fuerza, te sentías impotente y sin la calidad moral para combatir como lo hacían los insurgentes, porque ellos estaban dispuestos a no rendirse, peleaban por su país, por sus familias, por una causa. Al principio pensaba que también nosotros peleábamos por lo mismo, pero pronto nos dimos cuenta de que en realidad estábamos allá por otras cosas, que no estábamos defendiendo nada (…)
«Todo eso iba minando la moral. Pero el golpe definitivo fue cuando nos dijeron que se iba a extender de seis meses a un año nuestra estancia en Irak. Ahí la moral se vino hasta el suelo, porque uno podía resistir casi cualquier cosa pensando que ya casi te ibas a casa, pero cuando nos dijeron que nos íbamos a quedar más tiempo, la moral se vino abajo».
Hasta ahí el relato de Barber.
Dos meses después de esa entrevista, el 16 de enero de 2006, luego de hablar por teléfono con dos personas, Douglas Barber cambió el mensaje de la contestadora de su teléfono: «Si buscan a Doug, les aviso que ya me voy al otro mundo. Nos vemos en el otro lado».
Después llamó a la Policía del condado de Lee, en Alabama, donde vivía. Sacó su pistola y pacientemente esperó en el patio de su casa. Los reportes de la Policía aseguran que los agentes se dieron cuenta de que la intención de Barber era provocarlos para que le dispararan y lo mataran. Es lo que comúnmente se conoce como «suicidio policíaco». Los agentes empezaron a hablar con él para tranquilizarlo. Cuando pensaban que lo habían logrado, Barber apuntó la pistola contra sí mismo y se disparó en la cara. Murió en el acto. Tenía 27 años.
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