Analisis Internacional

El tortazo a Camdessus

Un vocero del grupo que asumió el gesto de protesta dijo que el pastel era muy dulce comparado con las amarguras que el FMI les hace pasar a los pueblos. Un asistente responsabilizó al Fondo de las sucesivas crisis del sistema, ya que no sólo no las previó, sino que las provocó. En su vacilante respuesta, Camdessus lo admitió parcialmente (y quizá ello guarde relación con su renuncia anticipada).

Esta peculiar actitud de repulsa al FMI se suma a las demostraciones de organizaciones de todo tipo que confluyeron en Seattle, EEUU, y con la presencia de cien mil manifestantes hicieron abortar la «Ronda del Milenio», mediante la cual los países dominantes en la Organización Mundial del Comercio (OMC) pretendieron imponer sus criterios en materia de subsidios agrícolas, aspectos laborales y ecológicos.

Réplica a Vargas Llosa

La anécdota viene al pelo para polemizar con la tesis sostenida por Mario Vargas Llosa en «El País» de Madrid respecto a la incidencia del FMI en los sucesos de Ecuador. Titula su artículo «Fujimorazo en Ecuador» y anotó al pasar que ello coincide con mi nota del 30 de enero en LA REPUBLICA en el sentido de que «Mahuad preparaba un fujimorazo para hacer pasar con rapidez su paquete económico».

Pero lo que no coincide en absoluto –antes bien, revisten carácter diametralmente opuesto– son las interpretaciones de los sucesos que conmovieron a este país y que continúan larvados.

El escritor peruano rechaza el criterio de que la crisis ecuatoriana «se debe a los empeños de los gobiernos democráticos fracasados en aplicar las recetas ‘ultraliberales’ del FMI». Y agrega: «La verdad es exactamente la contraria: el fracaso de aquellos gobiernos se debió a su falta de decisión en la reforma del Estado… a no haber emprendido auténticos procesos de privatización y no haber abierto suficientemente sus economías».

Sostiene que la dolarización (emprendida por Mahuad y continuada por Noboa, en connivencia con los mandos) es la única política posible; y critica al presidente depuesto por su «indecisión y cobardía» en aplicar a fondo la política neoliberal.

La mano negra del FMI

Pues bien: si hay un caso demostrativo de que la sujeción a las directivas del FMI conduce a la catástrofe, es justamente el del Ecuador.

Para empezar, el país cuenta con recursos naturales para asegurar una vida decorosa a sus 12 millones de habitantes. Desde 1972 es exportador de petróleo, que constituye el 54% de sus ventas, complementadas por el banano (sometido a restricciones de la Comunidad Europea), el café y el cacao. No obstante –paradoja repetida a lo largo del continente–, dos de cada tres de sus habitantes viven por debajo del límite de la pobreza.

Después de la muerte de Jaime Roldós en un inexplicado accidente de aviación, el presidente socialcristiano León Febres Cordero anudó en 1984 la política de relaciones bilaterales con el FMI. El primer acuerdo con los bancos acreedores implicaba destinar el 34% de los ingresos por exportaciones a cumplir los compromisos contraídos, ante todo el pago de la deuda externa.

Abdalá Bucaram selló su suerte cuando, a contrapelo de sus promesas populistas, decretó fuertes alzas de las tarifas telefónicas, la electricidad, el gas de uso doméstico y el transporte. Contra esas medidas (aconsejadas por el argentino Domingo Cavallo, quien también promovió la dolarización) las fuerzas sindicales, con apoyo popular, decretaron el paro general del 5 de febrero de 1997, tras el cual Bucaram fue destituido.

En cuando a Mahuad, en octubre de 1998, dos meses después de asumir, debió enfrentar otra movilización multitudinaria en respuesta a las medidas por él adoptadas, a saber: eliminación de los subsidios estatales a la electricidad y el gas (que determinaron aumentos del 400%), eliminación del impuesto a la renta y congelación del salario de los docentes.

El rechazo a la receta única

Todo esto implicaba la aplicación a machamartillo de la receta única del FMI. Y, al revés de lo que sostiene Vargas Llosa, persistió tozudamente en ese camino, a despecho de una permanente y masiva movilización en su contra.

Así es que luego de la maxidevaluación brasileña el 13 de enero de 1999, Mahuad dejó flotar el dólar e impuso un drástico ajuste fiscal, con nuevos aumentos del precio de la gasolina y de la electricidad, suba del IVA del 10% al 15% (con repercusión en los artículos básicos) y congelación salarial. Al mismo tiempo, congeló las cuentas bancarias –una incautación que el gobierno de Noboa refrendó, en despojo a pequeños y medios ahorristas– y destinó millonadas de los dineros públicos al salvataje de los grandes bancos, que previamente habían sido vaciados entregando recursos cuantiosos y sin retorno a sus propias empresas.

En esa ocasión se generó una situación caótica con el suministro de gasolina, y el sindicato petrolero denunció que se procuraba fundir al ente estatal para facilitar su privatización.

Se gestó una enorme movilización obrera, popular, indígena y estudiantil para responder a estas medidas, frente a la cual el gobierno decretó el estado de emergencia en marzo pasado.

En enero de este año la historia se repitió, en un marco agravado en todos sus índices: macrodevaluación, suba del desempleo y de la inflación, caída del salario y del PBI.

Como el volcán Pichincha

Días atrás veíamos imágenes del volcán Pichincha, con señales de una sorda actividad en sus entrañas. En esas condiciones vive hoy la sociedad ecuatoriana. De momento los indígenas, agrupados en su poderoso movimiento, han regresado a la sierra. Pero su líder, Antonio Vargas, declaró que la lucha continúa y que «si no dan marcha atrás en la dolarización, puede venir una gran explosión social y hasta una guerra civil».

En el documento base del Foro de São Paulo que se realiza esta semana en Managua, se condenan las medidas neoliberales impuestas a Ecuador y se sostiene que «el desencadenamiento de los estallidos sociales son la justa respuesta del pueblo, el movimiento indígena y sus fuerzas de izquierda a esta situación».

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