10 de enero, día histórico en Venezuela
En este sentido marcha la esperanza de los pueblos de Colombia y de Venezuela, de toda nuestra América y del mundo. Es una causa universal. En las horas y días siguientes se sucedieron las expresiones de júbilo de los gobiernos del continente, incluido el nuestro, con un denominador común: la esperanza de que este primer logro abra el camino hacia un acuerdo humanitario global, con intercambio de prisioneros de ambos bandos, y luego a negociaciones de paz. Las declaraciones formuladas en la madrugada de ayer por las dos liberadas, por separado y coincidentes, que vimos en una transmisión extraordinaria de Telesur, son muy enfáticas en esa dirección.
Este desenlace fue en cierto modo sorpresivo. Toda la fundada expectativa generada en los últimos días del año, cuando sólo restaba concretar la fase final del rescate, se derrumbó con la intervención agresiva el 31 de diciembre del presidente Uribe, rodeado por los mandos militares, desde Villavicencio. Ese día hubo además operaciones militares. Todos los esfuerzos parecían derrumbarse. Al igual que en noviembre pasado, cuando Uribe desautorizó la empeñosa gestión de Chávez y Piedad Córdoba, sobrevino un sentimiento de frustración. Pero no para quienes, como los nombrados y los garantes de diversos países latinoamericanos y de Europa, se habían embanderado en esta noble causa, y prosiguieron sus esfuerzos sin desmayar. El 10 de enero se recogió el premio a tantas ansias y desvelos, al tesón, el ánimo combativo y la confianza en las propias fuerzas. Fue una victoria de la acción política y humana, de la conjunción de sectores diversos que aúnan sus esfuerzos y derriban los obstáculos interpuestos, que fueron muchos.
Así pudimos disfrutar, en otra transmisión extraordinaria de Telesur, del reencuentro en el Guaviare, en un claro de la selva. Esas imágenes deben reproducirse en todos lados, integrarse al estudio de la historia como parte inalienable de nuestra vivencia latinoamericana. Porque las dos mujeres liberadas, las cuatro guerrilleros y las dos guerrilleras de su escolta, la senadora Piedad Córdoba, el coordinador del operativo ministro Ramón Rodríguez Chacín, el embajador cubano Germán Sánchez Otero, el avezado, consciente y empeñoso personal de la Cruz Roja, formaron allí, en la calidez de la despedida, un grupo humano unido por los lazos del afecto, el respeto mutuo, la confianza, la solidaridad. Esas imágenes contribuyen a desdemonizar a las FARC, a exorcizar ese fantasma, mostrándolas como una fuerza en lucha por una causa social. Con esa fuerza hay que llegar a acuerdos por la vía del diálogo y la negociación, dijo Consuelo González en la conferencia de prensa nocturna antes aludida, más allá de señalar las durísimas condiciones de reclusión que impone a sus prisioneros, motivadas por las circunstancias de su lucha en la selva, sometida a constantes bombardeos.
Desde esas emotivas secuencias en el Guaviare derivó el mensaje principal del episodio, también en voz de Consuelo González, quien al dirigir su cálido agradecimiento a Chávez lo convocó, en nombre de todos los rehenes, a no bajar la guardia, a seguir trabajando por el acuerdo humanitario. En el mismo sentido el embajador Germán Sánchez dijo que «en Colombia está latiendo el corazón de América». Otro tanto hizo Clara Rojas, en otro reportaje especial de Telesur. Las mujeres devueltas a la vida trajeron pruebas de existencia de otros 8 rehenes, hoy llegan a Bogotá y visitarán América Latina.
O sea: hay que seguir remando, como al principio, ahora en busca de un objetivo mayor. Las dificultades son enormes. Radican en primer término en la actitud del presidente Uribe. En la noche del día de júbilo, su discurso fue un balde de agua fría. Comenzó por «agradecer infinitamente» a Chávez, a Fidel Castro, a todo el mundo. Pero luego apareció su otra faz. No hubo ningún atisbo de reciprocidad ante el gesto unilateral de las FARC, que en buena medida tuvo el carácter de desagravio a Chávez. No habló de liberar a ningún preso de la guerrilla. Nada dijo sobre las dos guerrilleras que trajeron a Bogotá las pruebas de existencia de varios retenidos por las Farc y están presas en cárceles de Bogotá. Nada dijo de Simón Trinidad y Sonia, guerrilleros que fueron extraditados a EEUU (donde fueron visitados en la cárcel por Piedad Córdoba) y que podrían intercambiarse por los tres agentes norteamericanos capturados en acción por las Farc. Su afirmación de que los paramilitares se han desmovilizado no la cree nadie, porque siguen realizando operaciones conjuntas con el ejército y varias decenas de miembros del gobierno de Uribe (ex ministros, congresistas, gobernadores, agentes de seguridad) están presos por su conmixtión comprobada con las bandas paramilitares. Uribe habló vagamente de una «zona de encuentro» con las FARC, pero nada dijo de la propuesta formulada por éstas desde hace años de desmilitarizar los municipios de Pradera y Florida para entablar los diálogos, de lo cual existen antecedentes (en El Caguán bajo la presidencia de Andrés Pastrana).
Pero hay más. También vimos un extenso reportaje efectuado por Jorge Gestoso (comunicador uruguayo, antes en la CNN) a Astrid Betancourt, hermana de Ingrid, en París. Astrid Betancourt demuestra, con pruebas documentales en la mano, que en cuatro ocasiones bien precisas, con sus fechas, Uribe rechazó de plano las gestiones concretas de intercambio humanitario.
Este es el gran obstáculo a superar por la acción conjunta de la comunidad internacional y ante todo de los actores que gestaron este primer resultado de notable significación.
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