La travesía de los clandestinos para llegar a las costas españolas

Los africanos huyen y mueren buscando una vida en Europa

«Durante los diez días de la travesía no dormí. Achicábamos agua día y noche. Si parábamos, nos moríamos», explica delante de su taller de Ziguinchor (Casamance, sur de Senegal) Keba Sow, un carpintero de 31 años que partió en agosto de 2006 de Guinea Bissau.

Keba Sow explica que unos cocineros preparaban arroz con pescado una vez al día, «cuando no había tempestad» y que en cayuco también llevaban galletas.

Henri, pescador de 41 años, intentó llegar a España dos veces pero tuvo que resignarse a dar media vuelta cada vez por avería. Mientras espera el momento de volver a marcharse, recuerda cómo se repartían los viajeros a bordo.

«De 100 personas, 80 eran peulhs (una etnia de pastores) que no conocen el mar para nada.

Se ponen en la parte delantera del cayuco, debajo de la lona, y no se mueven más, muertos de miedo», explica.

«Debajo de la lona hace calor y apesta. Algunos hasta hacen sus necesidades dentro, explica con gesto desaprobador mientras fuma un cigarrillo.

En la parte de atrás del cayuco van los capitanes (al menos dos por embarcación) y su tripulación, separados del resto de la embarcación por las reservas de agua, alimentos y gasolina.

«Delante sólo se oyen rezos, pero detrás hablamos de la vida en España y de nuestros proyectos.

También preparamos té», prosigue Henri.

Cierto número de pasajeros asustados o enfermos no sobreviven. Otros pierden la cabeza e intentan arrojarse al mar.

«He visto como uno de mis amigos se tiraba al agua. No es fácil», explica Keba Sow antes de añadir que otras cuatro personas se suicidaron de igual manera durante el mismo viaje.

Ibrahim Tendeng, de 25 años, se encontraba a bordo del mismo cayuco. Recuerda que tuvo que maniatar a uno de sus compañeros que quería precipitarse al océano.

«Había muchas tempestades, estábamos muy cansados. La gente se provocaba a bordo y algunos decían que íbamos a morir», cuenta.

El trayecto de Abdoulaye Ndiaye, un desempleado de 22 años de Ziguinchor, fue aún más caótico. Su cayuco «se abrió delante» durante una tempestad, y a bordo se formaron clanes para saber si seguían o si pedían ayuda a algún barco de paso.

Después de la tempestad, «reparamos el cayuco», pero entraba agua, cada vez más, y «achicábamos todo el día», recuerda. «Cuando vimos el barco, los dos capitanes se pelearon».

«Había gente que lloraba. Yo quería llamarlo. Nos peleamos con bastones y machetes», prosigue, y explica que logró «inmovilizar» al capitán y fabricaron antorchas para llamar la atención del barco que los rescató y llevó a España.

Según Ndiaye, «nueve personas murieron a bordo de su cayuco y los cuerpos fueron arrojados al mar. También afirma que durante la travesía vio una decena de cuerpos a la deriva, abandonados por otros cayucos.

A pesar de los dramas de esta travesía, Ndiaye quiere hacerse de nuevo a la mar, como sea.

«Prefiero morir en el mar que quedarme aquí sin satisfacer a mi familia, que me mira y no tengo nada para darle. Es horrible». *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje