Fiesta en la Casa Blanca para cuatro inquilinos
Washington, ANSA
De los presidentes vivos, sólo faltaba Ronald Reagan, que no pudo intervenir por las afecciones que sufre debido al mal de Alzheimer.
Estaban, en cambio, Gerald Ford (1974-1976), el único presidente que llegó a la Casa Blanca sin haber sido elegido, Jimmy Carter (1977-1980) y George Bush (1989-1992). Estaba también la viuda de Lyndon Johnson, presidente entre 1963 y 1968.
Bill Clinton y su esposa, Hillary, que volvió por una noche a su papel de primera dama tras ser elegida senadora del estado de Nueva York, ofrecieron a los huéspedes una cena formal en el East Room: hombres en smoking, mujeres de largo.
El tema del día era el partido abierto por la Casa Blanca.
«No es un símbolo de las divisiones del país –es la visión positiva del presidente Clinton– sino de la vitalidad de nuestro debate y será resuelto de modo consistente con la vitalidad de nuestra Constitución y nuestras leyes».
Carter, especializado en seguir elecciones en el tercer mundo, para divulgar el evangelio de la democracia, invita a la paciencia: «Esto es algo a lo que Estados Unidos no está acostumbrado. Pero todos debemos recordar que nuestro sistema terminará prevaleciendo y sobrevivirá a las incertidumbres sobre el resultado del voto».
Con Bush, el padre de George W, candidato republicano en estas disputadas elecciones, Clinton –que lo derrotó en 1992– habló de la batalla aún abierta entre Bush hijo y Al Gore, el vice de Clinton durante ocho años.
Fue un tributo de cortesía al gobernador de Texas: Clinton reconoció «la excelente campaña», y Bush padre se dijo «extremadamente orgulloso».
El lunes, Bush había expresado también su orgullo de padre frente a su hijo menor, Jeb, gobernador de Florida.
Al final de la cena, Clinton dijo: «La Casa Blanca nunca fue de ninguno de nosotros, será siempre de todos nosotros. Todavía no sabemos quién será el próximo inquilino. Pero sé qué orgullosos los Bush deben estar de su hijo, y con razón».
Bush no ocultó sus sentimientos paternos: «Sea como sea, el orgullo de Barbara y mío no tiene límites».
Después de la cena, Clinton y Bush se sentaron uno al lado del otro para seguir el programa musical que terminó la velada, llena de personajes de la administración Clinton, aunque con pocos invitados del Congreso.
Todos hablaron de la Casa Blanca con afecto y nostalgia: los presidentes viven y trabajan allí desde el 1º de noviembre de 1800, cuando John Adams, el segundo después de George Washington, se instaló allí sin esperar que estuviera terminada.
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