"La sangre de nuestros mártires no ha sido vertida en vano"

La Intifada continúa

Belén, Cisjordania, AFP

«La sangre de nuestros mártires no ha sido vertida en vano», continúa el hombre, un jefe militar del Fatah de cabellos canosos, vestido de uniforme negro.

Ráfagas de Kalashnikov resuenan en lo alto de la colina cercana de la ciudad de Belén, en Cisjordania, donde Hussein Abayat fue enterrado este viernes por la tarde en un cementerio improvisado, del que se convirtió en primer ocupante y que llevará su nombre.

Jefe militar del Fatah, el movimiento del presidente de la Autoridad Palestina Yasser Arafat, para el sur de Cisjordania, Abayat murió el jueves cuando un helicóptero israelí de asalto Apache pulverizó con un misil la camioneta que conducía en Beit Sahur, una pequeña localidad vecina.

El ataque, cuidadosamente planificado, costó la vida a otros dos palestinos, cuyo único error fue hallarse en un mal lugar en un mal momento.

Se trata del primer ataque israelí desde el inicio de la revuelta palestina, el 28 de setiembre, contra un responsable palestino con el fin de eliminarle, y muchos ven en ello un cambio decisivo.

«Es un asesinato político, un verdadero asesinato», declara un hombre elegantemente vestido, que se niega a decir su nombre. «Nadie esperaba algo así», asegura.

Una enorme muchedumbre de varios miles de personas se congregó a última hora de la mañana para celebrar los funerales de Abayat en la plaza del Pesebre de Belén, ante la mezquita Omar Ibn Al Jattab, frente a la basílica de la Natividad, y en las callejuelas vecinas.

Por todas partes se ve el retrato de la víctima en uniforme de combate, con gafas negras, el fusil de asalto en la mano y los cargadores en el pecho.

A la hora de la oración de mediodía, varios miles de hombres alineados cubren toda la plaza, mientras la voz del muezzin, procedente de la mezquita, invade toda la plaza. Todos se arrodillan.

Apenas termina la oración, la multitud estalla en gritos anti-israelíes. Tres banderas israelíes son incendiadas y vuelven a oirse los disparos al aire.

El cortejo se encamina entonces hacia el cementerio, distante unos kilómetros. Entre la muchedumbre, banderas palestinas y muchos hombres armados, algunos con fusiles de caza y la cartuchera en la cintura.

Entre la asistencia, la ira contra Israel es palpable.

Ghassan Qaraq, propietario de un pequeño comercio, no duda de que habrá represalias e incluso «una verdadera guerra» en la noche en los alrededores de Belén y de la cercana colonia judía de Gilo.

El ejército israelí acusaba a Abayat de varios tiroteos contra la población de Gilo, convertida con el paso de los años en un barrio de Jerusalén Este.

«Los colonos de Gilo no tienen derecho a estar aquí. No son civiles sino colonos», exclama Hisham Ahmed para justificar las acciones de Abayat.

Los israelíes le mataron pero «será reemplazado», afirma, y en su opinión, su muerte «agravará aún más la situación».

Apenas unas horas después de que Abayat fuera enterrado, un soldado israelí era gravemente herido por una bala en el cuello a la salida de Belén.

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