¿Qué le dijo Bush a Gore?
Austin, EEUU, AFP
Durante una noche electoral agitada, el vicepresidente Gore llamó una primera vez por teléfono a Bush en la madrugada, declarado presidente electo por las televisiones, para felicitarlo.
Pero una hora más tarde, a causa de los desarrollos en Florida, Gore volvió a llamar a su adversario para decirle que ya no reconocía su victoria, según una explicación a la prensa hecha por la consejera en comunicación de Bush, Karen Hughes.
«A ver si le entiendo bien. Usted me vuelve a llamar para retractarse del hecho de haber concedido» la victoria, afirmó el gobernador, según Hughes, que estaba con él en el momento de la conversación.
«Pues bien, señor vicepresidente, haga lo que tenga que hacer», añadió, con un tono más bien seco, un Bush visiblemente sorprendido.
Durante la primera conversación telefónica, el tono había sido netamente más cordial. Gore había felicitado a Bush por su victoria y el gobernador, por su lado, le había expresado su respeto, deseándole lo mejor, según la descripción, hecha en Austin (Texas) por la responsable.
Bush durmió tres horas y media y pasó gran parte del día al teléfono, indicó, y precisó que había tomado un café con sus padres, la ex pareja presidencial George y Barbara Bush.
Interrogado este miércoles por la prensa para saber si el cambio de Gore le había sorprendido, Bush respondió: «Lo fui. Me sentía listo para salir y pronunciar un discurso y agradecer a mis partidistas y se retractó», dijo.
Mientras el recuento de votos en la Florida mantiene en vilo a los norteamericanos, los candidatos de las elecciones más reñidas a la Casa Blanca se mostraron como ganadores y ambos preparan sus respectivos gabinetes de transición.
En los hechos y en las actitudes, tanto el vicepresidente Al Gore como el gobernador de Texas, George W. Bush, parecen decididos a demostrar que ganaron la presidencia de Estados Unidos, estimaron analistas locales.
Desde Austin, en Texas, Bush –según la CNN– confió a su vice Dick Cheney la tarea de gestionar el gabinete de transición y como coordinador del equipo de trabajo presidencial ya pensó en Andrew Card.
Al igual que Cheney, Card fue un estrecho colaborador de Bush padre, bajo cuya presidencia fue secretario de transporte.
Otro peso pesado que Bush pretende incluir en su equipo es el general jubilado Colin Powell a quien le estaría reservado un lugar de máximo relieve, aunque se ignora cuál.
Según la agencia Associated Press, en Tennessee Gore designó «capitán» de su equipo al arquitecto de la campaña electoral William Daley y evalúa a los dirigentes demócratas emergentes para proponer al país un gabinete de nuevo rostro. Bush ya piensa en el traspaso de consignas de la gobernación de Texas al vice Rick Perry –dicen los analistas– y muestra un hacer seguro y cierta gravedad que, además de gestos y palabras, alcanza a su porte, confiriéndole una espalda más erguida de lo habitual. La misma seriedad –observan– que el republicano asumió al concluir el último debate televisivo con Gore. En ese momento, cuando iba cerrando la arenga final, Bush alzó la mano derecha como en un juramento y, mirando fijo a la cámara, con lenguaje similar al de un discurso de asunción, enumeró por última vez sus promesas al pueblo norteamericano.
Asumir las actitudes propias de este momento resulta quizás más natural para el vicepresidente –observan los analistas– ya que Gore aparece más inclinado a una cierta seriedad que se le hizo habitual en ocho años de «número dos» de la Casa Blanca.
Formalmente ni Bush ni Gore se han expresado sobre la peculiar situación, pero en sus respectivos entornos lo que ayer era deseos de victoria hoy aparece como deseo de afirmar el triunfo. Más allá de los votos que se pelean en Florida, el vicepresidente «venció a lo largo y a lo ancho en el voto popular» .
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