Tres recuerdos
EL 4 DE OCTUBRE es el 50º aniversario, el medio siglo justo, del lanzamiento del primer satélite artificial de la Tierra, el «Sputnik» (que en ruso quiere decir precisamente satélite). Quiero rememorar con ustedes lo que sucedió en aquellos días, la sorpresa que cundió por el mundo entero. Y aprovecho la oportunidad para recordar otros acontecimientos históricos que coinciden en estos días. Son vivencias personales.
50 años del Sputnik
Fue el inicio, de algún modo, de la era espacial. Hoy el uso de los satélites para las comunicaciones de todo tipo ha pasado a ser moneda corriente, y esos términos aparecen en referencia a la telefonía, la televisión y la transmisión de datos. Decir «se cayó el satélite» es una expresión usual en los cartelitos que nos anuncian que la TV dejó de funcionar. Yo lo aprendí a mis expensas cuando estaba en La Paz, Bolivia, en octubre de 1970, y en complejas circunstancias Juan José Torres fue llevado al Palacio del Quemado en los camiones de los mineros. En la noche, después de un día agitado al extremo y con los efectos de la puna, voy a enviar mi telex al diario y el empleado me dice, tras una serie de ensayos infructuosos: «Se me cayó el satélite». «¡Levántelo!», le interrumpí a los gritos. Al final, marchó. Tarde, pero se publicó.
Hay que imaginarse lo que sucedió en aquel 1957, en pleno fragor de la guerra fría. Se dijo que «la Unión Soviética le asestaba una auténtica bofetada tecnológica, y sobre todo política, a Estados Unidos», y picaba en punta en la carrera espacial. El lanzamiento se efectuó desde Baikonur, en el Kazajstán soviético, que pasó a ser un punto de referencia. La esfera de aluminio llena de nitrógeno medía 58 centímetros de diámetro, pesaba 83,6 kilos, estaba dotada de cuatro antenas y emitía un bip-bip característico. Dio la primera vuelta a la Tierra en 96 minutos a 29 mil kilómetros por hora. Se dijo que esos 96 minutos habían multiplicado el prestigio de la Unión Soviética en proporción inusitada. En abril de 1961 Yuri Gagarin protagonizó el primer vuelo tripulado. Todos recordamos su hermosa descripción de nuestro planeta visto desde el espacio exterior. Pero ésa es otra historia.
Aquella tarde, en la redacción de El Popular y sus aledaños se desató un concurso sobre el título del diario del día siguiente. Hubo decenas de propuestas, pero todas eran muy largas, y queríamos un título impactante, en cuerpo grande y muy breve. Al final, al filo de los plazos, se impuso el título: YA GIRA, en cuerpo catástrofe (por lo menos así lo llamábamos nosotros).
En el paralelo 38º
Estos días impacta la noticia de la visita del presidente de Corea del Sur, Roh Moo Jun, a Pyongyang, capital de Corea del Norte, y su encuentro con su líder, Kim Jung Il, hijo del histórico dirigente Kim Il Sung. Es la segunda visita de un presidente surcoreano a Pyongyang desde la división del país y la guerra de 1950-1953. El antecesor de Roh fue el presidente Kim Dae Jung en 2000, que por ese gesto recibió el Nobel de la Paz. Varias circunstancias subrayan la importancia de esta visita, a saber: el hecho de que el programa nuclear norcoreano es objeto de negociaciones entre ambas Coreas, EEUU, China, Japón y Rusia; que Corea del Sur integra el estrecho número de países con tropas en Afganistán y en Irak; y que el actual secretario general de la ONU es el coreano Ban Ki-moon. En un gesto simbólico, el presidente surcoreano cruzó a pie la línea desmilitarizada que marca la frontera de las dos Coreas y auguró que «esa línea de división será finalmente borrada y la frontera caerá».
Yo también estuve allí, en el famoso paralelo 38º, allá por 1965. La localidad de Pan-Mun Jon estaba en todos los mapas y los noticieros desde el fin de la guerra. Había una gran carpa, en la que se desarrollaban conversaciones bipartitas. Por el norte participaba una delegación de oficiales norcoreanos. La parte sureña se integraba con oficiales de las tropas norteamericanas dislocadas en el sur de la península. Policías militares de EEUU montaban guardia alrededor de la carpa, revólver al cinto y cascos con la inscripción MP. El aire se cortaba con un cuchillo. Entró una delegación por una abertura y su antagonista por otra, ni se saludaron, intercambiaron unos papeles y se retiraron. En las afueras flotaba la bandera azul de la ONU. Así siguieron durante años. El armisticio no se ha firmado todavía.
40 años del Che
El 8 de octubre el mundo se detendrá un instante para recordar la figura inmensa del Che, uno de los hombres que hicieron la historia del siglo XX, que vislumbró el futuro de la humanidad y por ello entregó la vida, 40 años atrás.
Ya hemos contado nuestro encuentro con el Che en Punta del Este en agosto de 1961, sus intervenciones en la conferencia del CIES que son parte palpitante de la historia de América Latina, lo mismo que su discurso en la Universidad junto a Salvador Allende, el asesinato de Arbelio Ramírez, sus amargas reflexiones esa noche en el Parque Hotel ante esa muerte injusta por una bala destinada a él.
Pero hoy prefiero narrar una anécdota mínima. Hace unos meses pasé por Punta del Este y tuve el impulso de volver al Hotel Playa, donde le había hecho un reportaje al Che, precisamente en la víspera de su discurso en el CIES, pronunciado mirando a la cara al secretario del Tesoro Douglas Dillon y en el que hizo trizas la fementida Alianza para el Progreso. Encontré un local en total remodelación. En ese momento no se estaba trabajando, le pedí permiso al portero o guardia para recorrerlo. No reconocí las antiguas estructuras, por lo menos como se me habían grabado en la memoria. Al irme le conté al hombre qué había ido a hacer allí. Leí la emoción y la sorpresa en su rostro. Me dijo: «Yo no pensaba como él, al revés, pero era de lo más grande del mundo.» Tenía la mirada húmeda. *
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