Bush y Blair, Aznar y Berlusconi: un crimen a cuatro bandas

FIDEL CASTRO reprodujo en las «Reflexiones» que publica en la prensa cubana un artículo de Ernesto Ekaizer para El País de Madrid sobre el origen de la invasión a Irak el 19 de marzo de 2003. Sus datos coinciden con las revelaciones contenidas en el libro del periodista norteamericano Bob Woodward «Plan de ataque», que hemos venido comentando en estas columnas. Ambos brindan testimonios irrecusables y plenamente documentados de la sarta de mentiras y calumnias sobre cuya base se estructuró la guerra contra Irak, en violación expresa de las resoluciones de la ONU y de las normas del derecho internacional.

 

Mentiras en cadena y pisoteo de la ONU

La nota del presidente cubano se titula precisamente «Un argumento más para la ONU» y apunta a subrayar la necesidad de democratizar al máximo organismo internacional y hacer respetar sus resoluciones, que en este caso han sido burdamente pisoteadas, lo que ha llevado a EEUU a meterse en un verdadero pantano, a reducir el número de sus aliados y a despeñarse la aceptación del presidente Bush, temas que estuvieron en agudo debate en la reciente Asamblea General de la ONU. Esto acontece en la medida en que se multiplican los crímenes y las torturas de las tropas de ocupación y de las bandas de mercenarios contratados por el Pentágono.

La nota de El País arranca de la conversación mantenida por Bush el 22 de febrero de 2003 en su rancho de Crawford, Texas, con el presidente del gobierno español José María Aznar, al que le expresó que había llegado el momento de «deshacerse de Saddam Hussein». En el acta de la reunión se recogen estas frases: «En dos semanas estaremos militarmente listos. Estaremos en Bagdad a finales de marzo». Aznar había viajado a EEUU el 20 de febrero con su esposa Ana Botella, con una breve escala en México para intentar persuadir al presidente Vicente Fox ­a pedido de Bush, e infructuosamente­ de la necesidad de apoyar a Bush en la guerra. El 31 de enero, teniendo en cuenta las dificultades de Blair en el plano interno ­porque las manifestaciones populares lo acusaban de «lacayo de Bush» y afrontaba además la rebelión de la mitad de su propio partido­, Bush había resuelto propiciar una segunda resolución del Consejo de Seguridad que le abriera una puerta legal a la guerra unilateral que estaba dispuesto a desencadenar, con más de 200 mil hombres en las fronteras, prontos para atacar según planes puestos a punto por los comandantes tras una serie de revisiones y con participación decisiva de Rumsfeld y Cheney. También Aznar solicitaba que hubiera una nueva resolución del Consejo de Seguridad. Ese plan fracasó en forma ostentosa; obtuvo apenas cuatro votos entre los 15 miembros del Consejo y EEUU lanzó la invasión por su cuenta.

 

Del rancho de Texas a las islas Azores

En la reunión del rancho de Texas participaron Bush, su entonces asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice y otro miembro de ese organismo, Daniel Freid. Aznar estuvo acompañado por su asesor Alberto Carnero y el embajador español en Washington, Javier Rupérez (que redactó el acta y tradujo del inglés y el italiano). Bush y Aznar mantuvieron una conversación telefónica a cuatro bandas con Blair y el presidente del Consejo italiano, Silvio Berlusconi. La conversación, según la nota, «impresiona por su tono directo, amigable y hasta amenazador cuando, por ejemplo, se refiere a la necesidad de que países como México, Chile, Angola, Camerún y Rusia, miembros del Consejo de Seguridad, voten la nueva resolución como una muestra de amistad hacia EEUU o se atengan a las consecuencias». También se expresa el rechazo a la labor de los inspectores en Irak, cuyo jefe, Hans Blix, había destrozado el 14 de febrero los argumentos del secretario de Estado Colin Powell expuestos el 5 de febrero ante el Consejo de Seguridad. (El propio Powell, que al comienzo se mostraba renuente en dar este paso, porque estimaba absolutamente inconvincentes los informes de los servicios de Inteligencia sobre las armas de destrucción masiva, de las que nunca se encontró ninguna, los calificó posteriormente como «un conjunto de falsedades»). Blix informó que habían realizado más de 400 inspecciones sin previo aviso en 300 lugares sin encontrar armas prohibidas, y el director general de la AIEA, Mohammed El Baradei, se pronunció en el mismo sentido.

EEUU había concluido sus preparativos militares y Bush fijó el comienzo de las operaciones para el 10 de marzo, a lo cual se añadieron nueve días en aras de obtener una segunda resolución.

A golpes de teléfono y reuniones bilaterales, en las que colaboró Aznar, no lograron reunir más de cuatro votos: los tres patrocinantes y Bulgaria, tras consultas con el primer ministro Simeón de Sajonia-Coburgo, ex integrante de la casa real. Las gestiones ante Ricardo Lagos también fracasaron.

De ahí que Bush, Blair y Aznar se reunieran el 16 de marzo de 2003 en las islas Azores, en el Atlántico, lugar sugerido por Aznar como alternativa a las Bermudas, propuestas por Bush y muy próximas a EEUU. Según las malas lenguas, el español alegó que «el solo nombre de esas islas va a estar asociado a una prenda de vestir que no es precisamente la más adecuada para la gravedad del momento en que nos encontramos».

 

Declaración de guerra

Ya no se habló más de la segunda declaración. El miércoles 19 de marzo, a las 7.40 horas, Bush dio orden de iniciar la invasión. Llamó a Blair y a los comandantes que ya estaban en el terreno (todos estos datos figuran en el libro de Woodward) y en un mensaje al país declaró: «Por la paz mundial y por el bien y la libertad del pueblo iraquí, ordeno ejecutar la operación ‘Paz iraquí’. Que Dios bendiga a las tropas». Irrumpieron fuerzas armadas en territorio iraquí desde distintos frentes. A esa altura, había 241.516 soldados estadounidenses, 41.000 británicos, 2.000 australianos y 200 polacos. El resto de la historia es conocido, pero el final no está escrito. *

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