La renuncia de Alberto Gonzales y su contexto

La renuncia del secretario de Justicia de Estados Unidos, Alberto Gonzales (el hispano que alcanzó el rango más elevado en un gobierno estadounidense) ha colocado en la mira el conjunto de dimisiones que se han venido sucediendo en el entorno más próximo al presidente Bush. Ellas marcan un deterioro sensible de su gobierno y reflejan la caída drástica de su aceptación en el seno de la opinión pública, debido sobre todo a la prolongación de la guerra en Irak y a medidas internas violatorias de los derechos civiles, en los marcos de la llamada «lucha antiterrorista».

 

Los que abandonan el barco

Los cables dicen piadosamente que «el controvertido secretario de Justicia anunció el lunes 27 que deja su cargo, luego de varios meses en el centro de un escándalo político por la destitución de fiscales federales presuntamente por razones políticas». Este fue en efecto el detonante. Se destituyeron de un saque, con anuencia de la Casa Blanca y sin ninguna explicación, ocho fiscales federales, varios de los cuales llevaban adelante investigaciones que afectaban seriamente a altos funcionarios del gobierno. Nunca había sucedido nada parecido. El senador Patrick Leahy dijo que esto significaba «la corrupción de la justicia por influencia política». Ante comisiones del Congreso y otros organismos Gonzales dijo que él no era responsable de estas medidas, que se habían adoptado sin su conocimiento. Pero se demostró que mentía descaradamente. Bush lo defendió a capa y espada, lo trató de «hombre íntegro, decente y de principios». Había sido su colaborador directo en la gobernación de Texas, y luego abogado de la Casa Blanca. Se le ve en fotos con la plana mayor en reuniones en que se adoptaron decisiones trascendentes sobre la invasión a Irak. A pesar de ello, su situación se tornó insostenible. Máxime porque (y esto lo dijo la CNN) Gonzales también estaba bajo el fuego de la acusaciones de sociedades de defensa de las libertades civiles por su papel en las torturas a los detenidos en la «guerra contra el terrorismo», y por las medidas que exacerbaron hasta el infinito el espionaje en el ámbito doméstico de millones de ciudadanos, además de haber engañado al Congreso.

No es la única baja en el equipo más íntimo de Bush. Se suma a la sonada dimisión del secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld; de la eminencia gris de la Casa Blanca, Karl Rove; del ex subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz; del secretario general de la Casa Blanca, Andrew Card. Todos ellos tienen como denominador común haber sido partidarios «enragés» , hasta el último extremo, de la invasión de Irak.

 

Los partidarios furibundos de la guerra

Otro de la serie es Lewis «Scooter» Libby, ex jefe de gabinete del vicepresidente Cheney y luego asesor de la presidencia, que fue condenado por perjurio, falso testimonio y obstrucción de la justicia y luego indultado por Bush, en una decisión que suscitó reprobación y cólera en la sociedad. Libby fue quien reveló a los medios la identidad de la oficial encubierta de la CIA Valery Plame (delito considerado traición a la patria en tiempo de guerra) en venganza porque el esposo de la misma, el embajador Joseph Wilson, demostró que era una vulgar patraña la versión del gobierno de Bush de que Saddam Hussein se estaba abasteciendo de material nuclear (uranio) en Níger, pretexto utilizado luego para desencadenar la invasión de marzo 2003.

Hay un libro de Robert Woodward (el gran periodista del Watergate, junto con Carl Bernstein) que acaba de llegar al Uruguay y que bajo el título de»Plan de ataque» analiza de manera minuciosa, con entrevistas directas a 75 protagonistas, de Bush para abajo, todo el proceso que condujo a la guerra. Es un libro notable, que rescata en su máxima dignidad la condición del periodista de investigación, y que desentraña todos los hechos desde su raíz. En esas 500 páginas se revela el cúmulo fenomenal de engaños y mentiras en que incurrió el gobierno de Bush a todos los niveles, incluso en la ONU, para justificar un acto brutalmente violatorio de la ley internacional. Pues bien: en ese relato aparecen bajo una cruda luz los personajes arriba enumerados, todos y cada uno.

De Donald Rumsfeld, se dice en los cables: «artífice de la guerra en Irak y jefe de los halcones en la administración Bush, el secretario de la Defensa renunció en noviembre 2006 tras la derrota de los republicanos en las elecciones legislativas». En el libro se recuerda que fue secretario de Defensa de Gerald Ford en 1975-76 y que en Irak quería «las botas en el terreno». Bregaba por la guerra a toda costa, defendió esa opción en cada instancia. El autor dice que actuaba como un martillo, o una aplanadora. Desde noviembre 2001 presentó con el general Tommy Franks planes sucesivos de invasión a Irak, que habían sido encomendados por el presidente.

Karl Rove, estratega de las campañas electorales en 2000 y 2004, anunció su dimisión a fin de este mes como adjunto del jefe de gabinete y de consejero de Bush. En el libro aparece en escena enfrentando junto con Rumsfeld al secretario de Estado Colin Powell, partidario en esas instancias de la búsqueda de una solución diplomática y de un consenso en la ONU. Esa fórmula se tornó inviable desde que Bush lanzó en el discurso del 1º de junio 2002 su teoría de la «guerra preventiva».

Paul Wolfowitz, ex subsecretario de la Defensa, era partidario desde el comienzo de derrocar a Saddam y ocupar los pozos petrolíferos. Después pasó a la presidencia del Banco Mundial y debió renunciar al ponerse en descubierto sus maniobras de corrupción. Otro de los dimitentes, en marzo 2006, es Andrew Card, secretario general de la Casa Blanca, lobbysta de las automotoras y de General Electric, y estrechamente vinculado a Bush padre en la invasión de Panamá en 1989.

 

Las andanzas de la CIA

En el libro se detallan también las andanzas de la CIA en Irak, que fueron decisivas, llegando a reclutar incluso al kurdo que hoy desempeña la presidencia del país. De esto hablaremos en otra ocasión. *

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