Fatah y Hamas: una guerra inducida
«Durante todo 2006 Estados Unidos fomentó en forma abierta el enfrentamiento entre Al Fatah y Hamas. Prueba de ello es que una semana antes del Acuerdo de La Meca (firmado el pasado 8 de febrero por ambas fuerzas palestinas, que acordaron integrar un gobierno de unión nacional), el enviado especial de Estados Unidos en la región repitió dos veces en reuniones celebradas en Washington: ‘Me gusta mucho esa violencia’. El se refería a la casi guerra civil que se estaba desatando en Gaza, donde cada día resultaban muertos y heridos numerosos civiles. Insistió: ‘Me gusta porque significa que hay palestinos que resisten a Hamas’.»
Quien escribe estas líneas demoledoras es nada menos que Alvaro de Soto, representante del secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU) ante la Organización de Liberación Nacional y la Autoridad Palestina, y coordinador especial de la ONU para el Proceso de Paz en Medio Oriente.
De Soto pasó dos años en Israel de mayo de 2005 a mayo de 2007 para cumplir su misión. Le indignó tanto lo que le tocó vivir y presenciar, que decidió retirarse definitivamente de Naciones Unidas después de una carrera diplomática de 25 años.
De nacionalidad peruana, este respetado alto funcionario internacional empezó a trabajar en la ONU como asesor especial de su compatriota Javier Pérez de Cuéllar durante el período en que éste fue secretario general del máximo organismo internacional (1982-1991). Luego siguió colaborando estrechamente con los siguientes secretarios generales de la ONU: Boutros Ghali, Kofi Annan y, por un breve tiempo, con Ban Ki-moon. Entre sus numerosas tareas especiales destacan su mediación en el proceso de paz de El Salvador, así como sus intervenciones en Sahara Occidental, Mozambique y Chipre.
Su verdadera pasión, lo que siempre dio sentido a su largo compromiso con Naciones Unidas, fue desactivar conflictos y buscar vías de conciliación. Cuando llegó a Israel estaba consciente de que enfrentaría el mayor reto de su vida profesional, pero tenía esperanzas. Dos años más tarde las perdió definitivamente.
Es lo que explica en un explosivo informe confidencial de «fin de misión», en el que detalla con ironía mordaz las responsabilidades de la comunidad internacional en el actual desastre palestino.
El chantaje
De Soto habla con franqueza apabullante. Nadie sale ileso de su informe-confesión de 52 páginas. Ni siquiera él mismo. En varias oportunidades reconoce que se le orilló a la autocensura debido a presiones israelíes, estadounidenses e, incluso, de la misma Naciones Unidas.
Este documento es tan implacable que el pasado 13 de junio un vocero de Ban Ki-moon deploró que ciertos medios de prensa lograran conseguirlo. Aseguró que «los puntos de vista expresados no pueden ser considerados como representativos de la política oficial de la ONU».
Diga lo que diga el alto mando de Naciones Unidas, la lectura de ese relato sin concesiones ofrece elementos importantes para entender la situación inextricable en la que actualmente se encuentran los palestinos. Un millón y medio de ellos están herméticamente encerrados en la minúscula franja de Gaza bajo el mando de Hamas, cuyas milicias tomaron el poder el 15 de junio, mientras que las de Al Fatah se apoderaron de Cisjordania, en donde viven otros 2 millones de palestinos en Bantustan (reserva territorial similar a la del apartheid sudafricano), cercados por colonias israelíes.
De Soto no elude las responsabilidades palestinas: critica a Al Fatah, gangrenado por la corrupción y las divisiones internas, incapaz de impedir actos violentos contra civiles israelíes y de controlar a su facciones mafiosas. También tiene palabras muy duras contra Hamas: arremete contra su «Carta Magna abominable» (que plantea expulsar a los israelíes de Palestina) y critica sus lazos con Irán. Por otra parte, el diplomático peruano reconoce las preocupaciones legítimas del Estado israelí por su seguridad.
Así mismo, analiza minuciosamente las reacciones de Israel, Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y Rusia ante los importantes acontecimientos que ocurrieron en los territorios palestinos en los últimos dos años: victoria de Mahmoud Abas en las elecciones presidenciales del 9 de enero de 2005; evacuación de Gaza por los israelíes en agosto del mismo año; victoria de Hamas en las elecciones legislativas de enero de 2006; toma de posesión del gobierno dirigido por Ismael Haniyeh (Hamas) el 28 de marzo siguiente; inicio del boicot contra este gobierno por parte de Estados Unidos y la UE dos semanas más tarde; secuestro de un soldado israelí en Gaza a finales de junio de ese año; creciente violencia interpalestina a partir de octubre de 2006, y el surgimiento de un gobierno de unión nacional integrado por miembros de Al Fatah y Hamas el 8 de febrero de 2007.
Su conclusión es categórica: sin tomar en cuenta el hecho de que Hamas había sido democráticamente electo, Israel y Estados Unidos optaron de inmediato por obstaculizarlo en forma tan descarada como drástica. La UE no tardó en compartir esa posición que Washington acabó por imponer tanto a los otros dos miembros del llamado Cuarteto la ONU y Rusia como a Mahmoud Abas.
De acuerdo con De Soto, el gobierno de George W. Bush no vaciló en chantajear a los altos directivos de la ONU amenazándolos con disminuir la contribución financiera estadounidense al presupuesto del organismo internacional, así como con realizar una «revisión de la ayuda de las agencias de la ONU al pueblo palestino».
Las presiones contra Abas fueron terribles. El presidente palestino tenía una estrategia muy clara: cooptar a Hamas dándole suficiente espacio político. Tel Aviv y Washington le impidieron hacerlo por todos los medios.
El alineamiento
En su informe, De Soto cuenta que hizo hasta lo imposible para convencer a Kofi Annan de que Abas tenía razón y que el papel de la ONU era mediar entre las partes, favorecer acercamientos y evitar a toda costa la radicalización de cada actor palestino. En distintos capítulos de su análisis el diplomático insiste en que era posible hacer evolucionar a Hamas y evitar la catástrofe actual.
¿El secretario general de la ONU no lo escuchó? De Soto no lo precisa en su documento. En todo caso Annan se alineó a la posición de Washington, al igual que la UE y Rusia. El Cuarteto se convirtió en instrumento y aval internacional de la política antipalestina de Tel Aviv y Washington.
«Hay que hablar con franqueza escribe. Actualmente el Cuarteto no es más que un grupo de amigos de Estados Unidos y éste no necesita en absoluto consultarlo. Sólo lo hace cuando le conviene dar la ilusión de un consenso internacional.»
Muy pronto resultó absolutamente imposible poner en duda esa política. De Soto multiplica los ejemplos del amordazamiento: «El hecho de que Israel hubiera cortado la principal fuente de ingresos para la Autoridad Palestina, no pudo ser cuestionado por la ONU, la UE y Rusia en el seno del Cuarteto. El mismo día en que Israel nos comunicó esa decisión, y le pedí que no lo hiciera, el representante de Estados Unidos nos dijo en forma tajante que el Cuarteto no debía expresarse sobre el tema, porque Estados Unidos no quería que se hiciera la tansferencia de estos fondos a la Autoridad Palestina.»
El alto funcionario de la ONU se empeñó, sin embargo, en cuestionar al gobierno israelí por esa decisión. Pidió una cita con Tzipi Livni, ministra de Relaciones Exteriores israelí, y fue atendido por un funcionario menor. Annan intentó organizarle una nueva cita, pero Livni rehusó rotundamente verlo. Annan no insistió y dejó de defender a su enviado especial. A partir de ese momento se agudizaron las presiones y vejaciones en su contra.
Semejante actitud complicó aún más la tarea de Alvaro de Soto, cuyos contactos con la parte palestina estuvieron siempre bajo estricto control. Fue autorizado a concertar citas con Al Fatah y Mahmoud Abas,
pero aunque no se lo prohibieron abiertamente, se le dio a entender que no podía hacer lo mismo con el primer ministro de Hamas, Ismael Haniyeh. Sólo sostuvo dos conversaciones telefónicas con él, siempre a pedido de Annan, y lo encontró breve y casualmente en la oficina de Abas.
«Pedí con insistencia a Kofi Annan que me permitiera establecer contactos con Hamas. No lo logré. Nunca se me explicó por qué no se podía. Se me contestaba que se estaba analizando mi solicitud. Se me daba a entender que el hecho de que la ONU sostuviera encuentros con la Autoridad Palestina estaría en contradicción con la posición del Cuarteto. Pero nunca el Cuarteto, como tal, definió nada acerca de eventuales contactos», denuncia De Soto, y agrega que también se le impidió viajar a Siria y establecer contacto con el gobierno de ese país.
Indignado, añade: «Trabajar en el terreno como enviado especial del secretario general de la ONU sólo tiene sentido si se puede hablar con todos los actores. Las limitaciones que se me impusieron contrastan con lo que estamos haciendo en Líbano, donde tenemos discusiones con Hezbollah. Cabe recordar que, a diferencia de Hamas, Hezbollah no fue electo para gobernar ni es un partido mayoritario. Además, desencadenó la guerra con Israel el año pasado, mientras que Hamas respetó una tregua de dos años en sus ataques contra ese país.
«Si fuéramos lógicos estaríamos dialogando con Hamas y boicoteando a Hezbollah. Sin embargo, hablamos con Hezbollah y es capital hacerlo, porque representa una fuerza importante sin cuyo acuerdo no habrá una solución en Líbano, pero no hacemos lo mismo con Hamas.»
Y enfatiza: «En realidad, lo que entendí es que cada vez que nos toca tomar una decisión política, lo único que nos preocupa es complacer a Estados Unidos y mejorar nuestras relaciones con Israel. No me molesta que persigamos estas metas, pero sí que nos engañemos a nosotros mismos».
El descrédito
De Soto asegura que esa sumisión de la ONU ante Israel y Estados Unidos impidió que este organismo cumpliera su misión: ser el único actor neutral capaz de influir positivamente en Hamas.
Al final de su informe, el representante del secretario general de la ONU vuelve a insistir sobre este punto capital. Recuerda una conversación que sostuvo con James Baker, ex secretario de Estado de George Bush padre.
«Le pedí un consejo para poder trabajar mejor. Me contestó: ‘Le toca ser fuerte. Huelen cualquier conato de debilidad a varios kilómetros a la redonda’. Lo que hizo Baker, en realidad, fue explicarme claramente que tanto los políticos que están actualmente al mando en Estados Unidos, como el conjunto de la clase política estadounidense, tienden a echarse para atrás cada vez que perciben la mínima posibilidad de desagradar a Israel.
«Durante estos dos últimos años percibí exactamente la misma tendencia en la ONU, que se autocensura cada vez que aborda el tema de Israel y que trata a este país con una consideración extrema e incluso con ternura».
Insiste en que esa posición es muy peligrosa. Tiene consecuencias desastrosas en el mundo árabe y musulmán, que reprocha a la ONU su política de «dos pesos, dos medidas»; desacredita a Naciones Unidas a nivel internacional; le resta autoridad moral en las otras misiones en el mundo, pues mucha gente empieza a considerarlos como peones de Washington.
De Soto está tan alarmado por los estragos que ha provocado la «docilidad» de la ONU ante Washington y Tel Aviv, que en varias páginas de su informe urge a Kimoon a cambiar drásticamente de política: le pide que la ONU se retire del Cuarteto y que renuncie a mandar un enviado especial a Israel si no le puede asegurar medios adecuados para trabajar. Fue en vano.
El nuevo secretario general de la ONU acaba de nombrar a un nuevo coordinador para el Proceso de Paz en Medio Oriente.
Se trata de Michael Williams, un británico que parece ser del gusto de las autoridades israelíes.
Además de la parcialidad a favor de Israel, De Soto critica la ceguera de Tel Aviv y Washington en relación con Hamas. En su informe, que terminó de escribir un mes antes del golpe de esta organización islámica en Gaza, anticipa el caos que prevalece ahora y teme que se produzcan más tensiones.
Recalca: «Israel y Estados Unidos tratan a Hamas como si fuera un epifenómeno. Es una apreciación errónea. Hamas es un movimiento profundamente arraigado en la sociedad palestina, que hace vibrar muchas de sus cuerdas sensibles, entre ellas un rechazo generalizado de los acuerdos de Oslo. Hamas no va a desaparecer. Comportarse con él en forma equivocada tendrá repercusiones que rebasarán ampliamente a los territorios palestinos. No hay que olvidar sus lazos con los Hermanos Musulmanes, que cuentan con millones de seguidores en el mundo árabe y musulmán. Sería desastroso que tanta gente llegue a la conclusión de que las vías pacíficas y democráticas no llevan a ninguna parte». *
(*) En acuerdo con la revista mexicana Proceso.
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