Argentina, lo que vendrá

En el lanzamiento de la fórmula presidencial que integra con el gobernador de la provincia de Mendoza, Julio Cobos, Cristina Fernández de Kirchner exaltó la concertación política y exhortó a reconstruir el sistema de representación partidario de Argentina. CFK propicia la concertación entre las dos mayores fuerzas políticas nacionales: el Partido Justicialista (peronista), al que pertenece, y el radicalismo que Cobos representa.

Al referirse a los aportes de radicales y peronistas, la senadora y esposa del presidente Néstor Kirchner mencionó el significado que las clases medias y los obreros industriales tuvieron en la política argentina. En su primer acto, el 19 de julio, había propuesto la concertación socio-económica; en el aniversario de la muerte de Eva Perón señaló como su modelo a «la Evita del puño crispado» y durante su reciente viaje a España planteó la apertura de la Argentina al mundo dentro de una política exterior independiente que no admite presiones para aislar al presidente venezolano Hugo Chávez.

Completa así un cuadro conceptual, de grandes lineamientos, a partir del cual es de esperar la definición de un plan de gobierno que vaya más allá de la reivindicación de lo actuado por Néstor Kirchner desde 2003.

A diferencia de intentos anteriores, la concertación política tiene hoy las mejores probabilidades de concretarse y llegar al gobierno. Por otra parte, también la principal fórmula opositora, encabezada por el ex ministro de Economía Roberto Lavagna, tiene su componente radical, con el senador por la Unión Cívica Radical (UCR) Gerardo Morales.

Cobos representa al sector mayoritario de lo que fue el radicalismo: cinco de las seis gobernaciones provinciales que obtuvo la UCR, dos senadores y cinco diputados nacionales, dotación que incrementará en forma sustancial en octubre; no menos de la mitad de los 400 municipios en manos de radicales, centenares de concejales en todo el país. Frente a este poder territorial la burocracia partidaria que impulsa la candidatura de Lavagna retiene la mayoría de la Convención y del Comité Nacional.

Una encuesta reciente coloca a CFK-Cobos al filo del 50% de los votos, mientras tres fórmulas disputan con poca diferencia entre ellas el segundo lugar, todas alrededor del 10%: Blancos y Anulados, Lavagna-Morales y la Coalición Cívica Libertadora de Elisa Carrió. Esto implica el fin de la UCR, cuyo candidato presidencial Leopoldo Moreau obtuvo el 2% de los sufragios en 2003, pero también el del PJ, que presentó entonces tres candidatos a la presidencia y está dividido hoy en innumerables líneas incapaces de cualquier síntesis.

Así lo indica la elección del 19 de este mes en la provincia de La Rioja, donde dos candidatos de origen justicialista se disputaron el privilegio de poner el punto final a la carrera de Menem, que se inició en el mismo partido. Luego de gobernar la Argentina durante diez años, Menem resultó tercero en su propia provincia, con poco más del 20% de los votos. En cambio Alberto Rodríguez Saa, con una gestión más preocupada por lo social que por lo institucional, fue reelecto en la provincia de San Luis por más del 80% del electorado, donde la concertación entre kirchneristas y radicales ni siquiera consiguió presentar candidaturas.

Nada de esto implica la extinción de las identidades culturales que ambos partidos encarnaron. De hecho, nada hay tan radical como Carrió y el también candidato Ricardo López Murphy, que se fueron del partido hace muchos años, así como han sido vanos los esfuerzos de Kirchner por dejar en penumbras su raigambre peronista.

El 17 de agosto, al anunciar algunos controles no arancelarios a las importaciones industriales asiáticas, Kirchner reunió a representantes de diversas cámaras empresariales. Les dijo que la Argentina no tenía fuerza para influir en los mercados mundiales, pero sí para impedir que las burbujas especulativas descuajeringuen su economía, a diferencia de lo que sucedió con las políticas neoliberales; que pese a los vaticinios sobre un apocalipsis energético la economía creció en junio el 8,3% y la desocupación cayó al 7,8%, mientras la inversión sigue superando topes históricos. La sustentabilidad de este esquema no está asegurada si la protección a la industria no es acompañada por condiciones que mejoren el empleo y el ingreso de sus trabajadores.

La crisis de representación ostensible en el sistema político no es menos grave en el sindical. Distintas decisiones del Poder Ejecutivo, de la Corte Suprema de Justicia y del Congreso han ido devolviéndole a los trabajadores algunos de los derechos perdidos en las últimas tres décadas.

Pero muchos de los proyectos presentados por la Confederación General del Trabajo (CGT) están trabados en alguna de las cámaras del Congreso, porque no hay una presión social organizada que los apoye y, en cambio, sí funciona el lobby patronal para bloquearlos.

La falta de fuerza para empujar a favor de ese reequilibrio de la balanza tiene causas estructurales. Consecuencia del terrorismo de Estado impuesto por el patronato durante la última dictadura militar, del menemismo y de la indolencia y la corrupción de las conducciones sindicales, sólo en el 56% de las grandes empresas hay comisiones internas o delegados. Sólo un tercio de los trabajadores está afiliado a un sindicato y apenas en algo más de la mitad de las empresas hay algún trabajador afiliado.

Durante los gobiernos peronistas de hace medio siglo, las comisiones internas fueron centrales en la conformación y movilización del movimiento obrero.

Con la garantía de estabilidad, aseguraban que la legislación laboral y los convenios colectivos se aplicaran en cada empresa y mantenían el vínculo entre las bases y el sindicato.

Los representantes de las grandes empresas en estos días se están endureciendo en las negociaciones salariales con sus trabajadores. Desde la devaluación del peso argentino en enero de 2002, objetaron cualquier aumento salarial superior a los incrementos en la productividad, para no incluir en la puja distributiva las enormes ganancias que extrajeron de sus trabajadores en los períodos anteriores.

Ahora que los niveles salariales medidos en dólares se aproximan a los de 1998, y en las grandes empresas ya los han alcanzado, pretenden que los aumentos salariales se limiten a reponer las posiciones perdidas según la inflación vencida y ya no se enganchen con la productividad, que sigue creciendo. Las tasas impresionantes de crecimiento, a un ritmo de 9% anual durante los últimos cuatro años, y la consecuente recuperación del empleo iniciadas en 2003, han achicado la distancia entre las curvas de remuneraciones y de productividad. Sin embargo aún es apreciable. Reducirla es una cuestión de primera importancia y requiere tanto de cambios estructurales como de decisiones políticas, como otorgar personería a la disidente Central de Trabajadores Argentinos, CTA, que compite con la tradicional CGT.

Ese es el más grave incumplimiento de Kirchner a una promesa y lo que haga en los meses que le quedan de mandato incidirá en la valoración histórica de su gobierno, que se aproxima a la hora del balance. *

 

(*) Horacio Verbitsky, periodista y escritor argentino, presidente del Centro de Estudios Sociales y Legales (CELS), autor de «Robo para la corona», «El vuelo» y otros libros.

Productividad y salarios: Evolución de la productividad de la economía, los salarios reales y pérdida de los asalariados, 1992-2006 (en NI 1991 = 100 y millones de pesos de 2005)

Pérdida de los asalariados:
1991-2006: 429.553 (100%)
1991 – 2001: 169.697 (39,5%)
2002 – 2006: 259.856 (60,5%)
Fuente: Flacso/Fetia, sobre la base de fuentes oficiales.

(Exclusivo de IPS)

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