OPINION INTERNACIONAL

Torturas repudiadas y torturas recompensadas

Estos días los medios de información de todo el mundo dan una amplia cobertura al juicio al oficial Steven Jordan, responsable de la cárcel de Abu Ghraib en Irak donde fueron objeto de apremios físicos y malos tratos presos iraquíes generalmente tomados prisioneros en acciones armadas. Como en otros casos similares, las condenas de la prensa y la opinión pública contra el militar responsable de las torturas fueron unánimes. Aunque las víctimas en este caso hayan sido culpables de perpetrar innumerables asesinatos de inocentes y de planificar más monstruosidades, en los países democráticos rige justamente la norma de que la defensa de la dignidad humana es un valor supremo.

Es bochornoso que este principio esencial no sea aplicado por igual en todas las latitudes y en todos los casos. La tortura a asesinos o terroristas por parte de cualquier país occidental es enérgicamente repudiada pero las torturas a inocentes por parte de regímenes despóticos del llamado Tercer Mundo (una definición obsoleta que ya no responde a la realidad del mundo actual) suelen ser vistos con benevolencia y hasta son recompensados.

Es el caso de Libia con el médico palestino y las enfermeras búlgaras. Después de ocho largos años en prisión fueron liberados el pasado mes de julio. Habían sido acusados de infectar a centenares de niños con el virus del sida. De nada sirvieron todas las gestiones realizadas a lo largo de los años. El régimen de Kaddafi mantuvo una rígida intransigencia. Su justicia era impecable. El doctor y las cinco enfermeras habían confesado. No había duda de su culpabilidad. Durante años, todas las gestiones de organizaciones humanitarias y del gobierno búlgaro chocaron con un muro. Para todos los observadores internacionales era obvio que las enfermeras búlgaras y el médico palestino-búlgaro eran inocentes y que la epidemia de sida se debía a las pésimas condiciones sanitarias del hospital al que llegaron para trabajar. Pero todo fue en vano hasta que Francia y la Unión Europea decidieron iniciar una intensa ofensiva diplomática. La primera dama francesa Cecilia Sarcozy y la comisionada de Asuntos Extranjeros de la Unión Europea, Benita Ferrero Waldner, parecen haber propuesto un premio por buena conducta lo suficientemente tentador como para que el régimen de Trípoli cambie de parecer respecto a la «comprobada culpabilidad» de las enfermeras búlgaras y el médico palestino. Pronto se pudo comprobar hasta qué punto esa presunción lógica era correcta. Europa y particularmente Francia reaccionaron ante la liberación como si el régimen de Kaddafi hubiese realizado un noble acto de generosidad desinteresada. El hiperactivo presidente francés se apresuró a viajar a Libia y pronto trascendieron las noticias de que Francia había premiado al régimen de Libia con un acuerdo multimillonario de venta de armas. El gobierno francés negó la información en un principio, pero pronto se evidenció que una vez más se cumplió la máxima de que «no es posible creer en ninguna noticia hasta que no haya sido oficialmente desmentida». Un vocero de la presidencia francesa, David Martinón, fue muy explícito en una entrevista con Radio Francia: «La visita de Estado del presidente Sarcozy a Trípoli fue muy exitosa, porque las negociaciones para liberar a las enfermeras se habían realizado antes y parece que aceleraron considerablemente las cosas, para beneficio de las compañías francesas».

Muy pronto se aclaró cuáles fueron esos beneficios. La compañía aeroespacial y el grupo de defensa EADS convinieron en vender a Libia misiles anti-tanques y sistemas de comunicaciones por 300 millones de euros. Esto sería seguido por un acuerdo sobre energía nuclear.

Naturalmente hubo algunas voces críticas. Por ejemplo, el dirigente socialista francés François Hollande cuestionó en Radio Francia la sensatez de vender armas a un país autoritario que durante mucho tiempo fue un paria internacional debido a sus vínculos con el terrorismo internacional. Pero no hubo manifestaciones, ni declaraciones de intelectuales, ni indignaciones masivas, ni protestas organizadas.

Pero la pasividad francesa y europea ante la complacencia ante el chantaje recibió su castigo del lugar menos esperado. Saif el Islam Kaddafi, hijo del presidente de Libia, reconoció que las cinco enfermeras búlgaras y el médico palestino que confesaron que infectaron a más de 400 niños con el virus del VIH lo hicieron bajo torturas. El influyente hijo del dictador libio admitió que fueron torturados con electricidad y que hubo amenazas contra sus familias. Pero lo singular de sus declaraciones al canal árabe Al Jazira, el 8 de agosto de 2007 consiste en su denuncia de la locuaz complacencia francesa con la extorsión libia. Es bastante insólita esta cita textual de las declaraciones del hijo de Kaddafi a la influyente estación de televisión árabe: «La verdad es que varios días antes de que culminaran las negociaciones, la mejor oferta europea era entregar 10 millones de euros para pagar los gastos médicos de los niños infectados en Gengazi. Ellos dijeron: Olvídense de la compensación a las familias, olviden la posibilidad de un acuerdo con Europa, etc. Esa era su última oferta. Repentinamente, pocos días más tarde hubo novedades y comenzaron a hacer concesiones, una tras otra. Empezamos a hablar de centenares de millones, entramos en una sociedad con la Unión Europea cumpliendo un viejo sueño, recibimos otra ayuda… Esto por una parte. Usted podrá decir que esto es extorsión, pero fueron ellos los que fijaron las reglas del juego…»

Saif Al Islam Kaddafi también se refirió a la fabricación de pruebas falsas por parte de la policía libia como quien cuenta un chiste. La policía inventó a un agente de la CIA no existente, un tal Mr. John y a un igualmente imaginario Adel, el egipcio, y para redondear el cuento no faltó tampoco una conspiración del Mosad israelí. Pero el hijo del dictador libio, que sin duda dio la oportunidad a su padre de disfrutar de esta exposición pública de la hipocresía europea, no dijo nada de una palabra de castigo a nadie. La tortura a inocentes, su permanencia durante más de ocho años en la cárcel amenazados con la pena capital, fue a sus ojos una mera travesura.

Naturalmente hubo muchos periodistas europeos enojados. Uno de ellos, Richard Herzinger, escribió en el diario «Die Welt» uno de los cuatro periódicos más importantes de Alemania: » Por lo menos ahora, después del reconocimiento público de Saif, es necesario que la Unión Europea adopte duras medidas diplomáticas que deben ser acompañadas por los Estados Unidos y otros países democráticos. La Unión Europea debe protestar enérgicamente por la canallada libia y reclamar reparaciones para las víctimas. Todo pago al régimen libio, debe ser cancelado, a excepción de la ayuda humanitaria. Lo que se haya pactado por la devolución de los rehenes debe ser anulado».

Nada de esto sucedió. No cayó ningún ministro, no hubo manifestaciones masivas, la mayoría de los diarios dejó morir el tema en piadoso silencio. Pero en Internet las voces de indignación fueron muchas y bastante duras. Un ejemplo típico: el norteamericano Stephen Brown, en Front Page Magazine, escribe en un artículo titulado: «Euros en pago al deshonor»: «La Unión Europea acaba de probar que no hay una prostituta más viciosa que una vieja prostituta con su humillante rendición ante el dictador libio Muammar Kaddafi a cambio de unas pocas piezas de plata». *

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