ANALISIS INTERNACIONAL

Un paralelo entre dos juicios en EEUU

EL LUNES 22 se inició en el 11º circuito de la Corte de Apelaciones de Atlanta, EEUU, la vista oral en el juicio seguido a los cinco cubanos acusados de espionaje y otros delitos. El mismo día ante una corte marcial en la base militar de Fort Meade, en Maryland, comenzó el juicio al coronel Steven Jordan, el único oficial norteamericano procesado por el escándalo de las torturas a los detenidos en la prisión de Abu Ghraib, en Irak.

 

Los cinco cubanos en Atlanta

La audiencia en la Corte de Atlanta estuvo rodeada de expectativa internacional. Hicieron acto de presencia 73 personalidades mundiales, abogados y juristas que siguen el caso desde 1999, representantes de movimientos solidarios de EEUU y de distintos países, sobre todo de América Latina. Entre ellas destacamos la de Ramsey Clark, ex fiscal general de EEUU que impulsa una lucha sostenida por la causa de los DDHH, y la del jurista chileno Juan Guzmán, que llevó ante la justicia de su país al dictador Pinochet.

Ramsey Clark, a quien conocimos en un encuentro internacional sobre los crímenes del imperialismo norteamericano contra Irán allá por los años 80, en época del ayatolá Jomeini, y que estuvo presente en la vista oral de Atlanta, resaltó el apoyo a los cinco cubanos por parte de los presidentes de grandes asociaciones de abogados de varios países, que también llegaron hasta la sede. Sintetizó el contenido del juicio con estas palabras: «Un país que quiera erradicar el terrorismo nunca arresta a las personas que luchan contra el terrorismo».

Según Guzmán, quedó demostrado que «Miami no era el lugar adecuado para el juicio, porque los jurados estaban muy presionados». Refirió que la defensa hizo hincapié en la conducta impropia del gobierno de EEUU durante el proceso: «no había ni imparcialidad ni objetividad de parte del jurado», predispuesto por presiones de la fiscalía a acusar a los Cinco. Un comunicado de la defensa subraya la falsedad de los cargos imputados, la promoción de un ambiente hostil (particularmente la protección a la mafia anticubana que opera en Miami con total impunidad), así como la manipulación de la evidencia y del jurado.

Se apreció en conjunto el buen desempeño de la defensa. Los tres jueces escucharon las 27 objeciones sostenidas por la misma, todo lo cual contribuyó a romper el muro del silencio con que EEUU procura aislar el caso. Se demostró además la inconsistencia de las acusaciones que involucraban a Gerardo Hernández con el derribo de una avioneta.

 

Un torturador ante la corte marcial

El mismo lunes se inició en una corte marcial en una base militar norteamericana el proceso al coronel Steven Jordan por las torturas en Abu Ghraib. Es el único oficial enjuiciado por esas monstruosidades que estremecieron al mundo, expresión de los mecanismos de barbarie imperantes en el ejército de la potencia imperial y sus tropas de ocupación en Irak (y en otras partes, como Guantánamo y las cárceles secretas en Europa). A pesar de que esos límites de embrutecimiento y degradación parecen difíciles de superar, se supo posteriormente que dieron otros casos aun más bestiales que se mantuvieron ocultos. En su hora se demostró que esto no era obra de unos depravados, sino el cumplimiento de órdenes y procedimientos sancionados por la autoridad respectiva, que conocía al dedillo lo que sucedía en esos centros de tortura, del defenestrado Donald Rumsfeld para abajo. Todos ellos mintieron descaradamente a las comisiones del Senado y organismos de la justicia. Pero ni uno solo de los jerarcas del Pentágono ni de los mandos militares sufrió la más mínima condena. El coronel Jordan es el único chivo expiatorio. Paga por todos los asesinos y torturadores.

Pero véase cómo se conduce el juicio en la Corte marcial a Jordan, «oficial encargado» de ese centro de interrogatorios y torturas. Uno de los principales cargos es de haber mentido a los investigadores al afirmar que nunca había sido testigo de torturas ni visto detenidos desnudos. Era inverosímil, pero es lo que respondió en 2004 al general George Fay, encargado de una investigación del Pentágono. (Crea usted que el Pentágono va a investigar a sus secuaces torturadores).

Ahora, tres años después, el general se da cuenta de que olvidó mencionar a Jordan su derecho a guardar silencio. De modo que en las primeras de cambio, la acusación (militar) retiró el cargo por falso testimonio. Quedan sólo los cargos de obligar a prisioneros a desnudarse y amenazarlos con perros, obstaculizar a la justicia y faltar a su deber. Poca cosa. En vez de 16 años y 6 meses, será condenado a lo sumo a ocho años y seis meses. Bastante antes andará suelto por las calles.

Los cables señalan que «más de tres años después de la publicación de las fotos en que se veía a los prisioneros humillados por los guardias estadounidenses, sólo un puñado de soldados fue juzgado, y ningún jerarca militar o civil de Defensa fue llevado a juicio. En las fotos se ve a los detenidos desnudos, apilados sobre el suelo de la prisión, atados con hilos eléctricos, amenazados con perros y posando desnudos o con ropa interior femenina ante los guardias estadounidenses. El secretario de Defensa Rumsfeld afirmó que las torturas se debían a ‘unas pocas manzanas podridas'». La defensa dijo por su parte que Jordan se consagró únicamente a mejorar las condiciones de vida de los soldados afectados a la prisión y no supervisó los interrogatorios.

 

El colmo de la iniquidad

La comparación de los juicios es una muestra de iniquidad elevada al cuadrado. Ese mismo día, frente al Castillo de Montebello, en las afueras de Montreal, donde estaba reunida la cumbre de los tres países de América del Norte, los manifestantes desplegaban carteles que acusaban a Bush de criminal de guerra. *

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