El Vaticano en el siglo XXI
La fascinación por el Vaticano no es arquitectónica o artística, sino política. Este detalle es crucial para entender el dilema que enfrenta el máximo dirigente del Estado especial que es el Vaticano. La primera muestra de peculiaridad es que este «Estado» («reino») no es de «este mundo», sino del «otro». Es una seña de identidad que no lo distingue ostensiblemente de docenas de otros credos que tienen como columna vertebral la «vida eterna». Lo que diferencia a la Iglesia Católica, la «nación» que sustenta ese «Estado», es su impresionante supervivencia. Son dos milenios de tenaz presencia, aumentando progresivamente el número de «ciudadanos», en todos los confines de la tierra. La clave de la explicación de este triunfo «político» no reside, paradójicamente, en la atracción de la «vida eterna». La «Declaración de Independencia» del primer «alcalde»-obispo de Roma, en fiel cumplimiento del guión recibido de arriba, era una invitación urbi et orbi, accesible a todos, una excepción entonces y ahora más, con el auge de los nacionalismos.
Pero muy especialmente fue una oferta explícita a los más desfavorecidos: ciegos, tullidos, ancianos, infantes, presos, todos los excluidos por la discriminación racial y de género. El mensaje original decía que estas precariedades eran temporales, y que desaparecerían en la vida eterna. Fue una oferta que no se podía rechazar.
Pero en la transitoria residencia en la tierra, los creyentes debían contentarse con una reescritura de la máxima kennediana: «no le pidáis a vuestro país (iglesia) lo que puede hacer por vosotros, sino lo que podéis hacer por vuestro país».
El problema al que hoy se enfrenta el «presidente» de este curioso territorio es que los que fueron «súbditos» durante siglos, demandan ser «ciudadanos». Como resultado de la globalización, los católicos adoptaron actitudes propias de los integrantes de partidos políticos y movimientos sociales: le pidieron al «país», no solamente qué podía hacer por ellos, sino que exigían controlar el «gobierno».
El remedio para responder a este anhelo fue una sutil revolución en el «Estado»: el Concilio Vaticano II. El artífice de este cambio fue el papa Juan XXIII y su continuador moderado fue Pablo VI, dos «presidentes» que pudieran en cualquier democracia europea asemejarse a la socialdemocracia y al centrismo democristiano y equidistante, respectivamente. Luego vino el giro hacia la derecha conservadora con la llegada al «poder» de Juan Pablo II. Era un exiliado del totalitarismo soviético que había atenazado a su nativa Polonia y otras naciones, como las hordas bárbaras. Acometió la reconquista no solamente de las parcelas de influencia en el seno de una iglesia que se había desparramado por la sociedad, sino que se propuso acallar las voces de la disidencia. La más notoria de estas fue (y es) la Teología de Liberación.
Es pronto para emitir una evaluación del actual líder del Vaticano, pero los signos resultan alarmantes para la «oposición». Por ejemplo, podría pasar desapercibida la medida (de «Motu Proprio») de autorizar o promover el uso del latín en el culto, al modo tridentino. Representaría la readopción de una lengua común para todo el Estado. Después de todo, los hablantes de lenguas occidentales saldrían ganando con el refuerzo de vocabulario. Pero lo que preocupa, irrita, entristece y provoca honda meditación (y agrada en sobremanera a otros), según las inclinaciones «ideológicas» de los ciudadanos católicos, es que el papa Benedicto XVI ha declarado que los cambios del Vaticano II no fueron revolucionarios y que en nada modificaron la esencia del catolicismo.
Además, en cierta manera, se considera que los cambios fueron contraproducentes, pues si tenían como meta parcial la ampliación del «electorado», el efecto fue el contrario, ya que, según este análisis, se promovió el laicismo y algunas ramas protestantes capturaron sectores antes afines, especialmente en América Latina. Como consolación, llegó la conversión de Tony Blair.
En el plano estrictamente ideológico, se ha rechazado la viabilidad de una especie de «autonomías», o una estructura «federal» en el Estado cristiano. La especificidad ortodoxa y las «comunidades» protestantes no son «iglesia», y por lo tanto quedan, de momento, fuera de la recepción de los beneficios de la gloria eterna.
Mientras tanto, si el Vaticano fuera un Estado «normal» encargaría encuestas de opinión. Comprobaría deprimido la caída en picada del índice de popularidad de Joseph Ratzinger, el ex senador-cardenal alemán de larguísima experiencia en este estado. No en vano se adiestró al timón de la «Congregación para la Doctrina de la Fe».
Depende de qué lugar desee ocupar en la historia, el Papa seguirá el curso tomado, o lo rectificará en el último tramo de su mandato. Quizá el ejemplo de Bush le sirva de algo. Pero, claro, se trata de dos reinos-Estados diferentes: uno está en la tierra y otro en el cielo. *
(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.(COPYRIGHT IPS)
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