Hace exactamente diez años, Nelson Mandela salía de prisión

El "abuelo de Sudáfrica"

Bajo un pesado sol, con paso vacilante, tomado de la mano de su mujer Winnie, Nelson Mandela, jefe histórico del Congreso Nacional Africano (CNA), avanza con el puño alzado hacia la muchedumbre de partidarios que agita banderas con los colores negro, verde y amarillo del partido.

En Ciudad del Cabo, una multitud lo espera. En Johannesburgo, en el inmenso sector negro de Soweto, 30.000 personas se dirigen bailando, tocando música y gritando incansablemente de júbilo hacia la casa de la familia Mandela.

El viejo líder emprendía así un camino que culminaría con el fin del poder blanco y del régimen del appartheid –de segregación y desarrollo separado de las razas–, en vigor desde 1948. Un proceso que lo llevaría de la cárcel a la Presidencia de la República, cargo en el que permaneció desde 1994 hasta su retiro voluntario en junio de 1999.

Su liberación había sido anunciada la víspera por el último presidente blanco de Sudáfrica, Frederik de Klerk, el otro gran artesano del proceso, junto a quien compartiría el Premio Nobel de la Paz en 1993.

Mandela no sólo dejó una obra. También fue dueño de un estilo inconfundible. Cuantos se le acercaban fueron cautivados por su aura de profunda humanidad y sentían algo de la «magia Madiba» (su nombre de clan, convertido en su sobrenombre). También se hacía notar por sus camisas fantasiosas, por su inimitable talento para el baile y por una gracia sorprendente.

El mundo ha guardado la imagen del primer presidente negro de la Sudáfrica multirracial dando unos pasos de baile al final de la solemne ceremonia de investidura de mayo de 1994, con su alta y delgada figura curtida por los años y el cautiverio, sus puños cerrados marcando el ritmo y una inmensa sonrisa.

El «Madiba jive» (el swing Madiba) había nacido, y fue rápidamente popularizado por las radios y copiado por los imitadores.

En cualquier reunión, conferencia del CNA o visita de escuelas, se le pedía que diera una demostración, y él satisfacía el pedido, pese a un juego de cinturas que iba perdiendo agilidad con los años.

También aparecieron las «camisas Madiba»: un infinito surtido de amplias prendas de seda multicolores, llevadas por encima del pantalón, que alargaban más aún su silueta e iluminaban su rosto de bronce. Una dicha para los fotógrafos. Camisas «extrañas», comenta un día su delfín Thabo Mbeki, más bien adepto del traje oscuro.

Me gustaría descansar

Pocos hombres de Estado pueden, sin parecer falsos, decirse tan profundamente honrados de recibir a algún anónimo visitante. Menos aún serían capaces de interrumpir una reunión de gabinete para preguntar con sincera atención por la salud de una periodista embarazada, dando golpecitos en el vientre redondo con sus inmensas manos de boxeador.

Y raros son sin duda aquellos que se atreven a reírse de sí mismos, como cuando Mandela confió, con su voz lenta y ronca: «Debo retirarme (de la política) mientras queden una o dos personas que me admiren».

«Es capaz de abrirse y decir cosas que otros no podrían decir y guardar al mismo tiempo su dignidad», dijo de él su segunda esposa, Graça Machel. De hecho, el hombre de Estado de 80 años crea cierto desconcierto cuando, de visita en la Libia de su amigo Kadafi, evoca su amor por Graça, al finalizar una entrevista en la que se había hablado del Congo, de la criminalidad y de los derechos humanos.

«Estar enamorado es una experiencia que todo hombre debe conocer. Es tan maravilloso para mí… Su amor me ha hecho abrirme como una flor», afirma.

Al alejarse de la gestión de asuntos políticos cotidianos, Mandela fue proclamado «abuelo de la nación» e «ícono de reconciliación», según lo definió el arzobispo Desmond Tutu.

«Me gustaría descansar. Aprecio la perspectiva de deleitarme en la oscuridad», dijo Mandela al dejar el cargo.

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