En las huellas de Hitler
¿Cómo se explica que Irán, un país que no tiene ni conflictos territoriales ni rivalidades históricas con Israel, sea su peor enemigo? ¿Cómo entender que Irán, un país no árabe que nunca combatió en ninguna guerra con el estado judío, haya perpetrado con el ataque a la AMIA en 1994 el peor atentado contra un blanco judío después de la Segunda Guerra Mundial? ¿A qué se debe que Irán financie con muchos millones de dólares a una guerrilla en el Líbano cuyo único fin militar declarado es hostigar a Israel, creando una situación bélica totalmente contraria a los intereses vitales del Líbano, tal como se evidenció en la guerra del año pasado?
Para la mayoría de los analistas la respuesta a estas interrogantes es muy sencilla. Para la revolución islámica de Irán, el conflicto palestino-israelí es un pretexto dorado para su expansión en el mundo árabe, por lo cual hace todo lo posible por frustrar toda posibilidad de paz. Un acuerdo para la formación de un estado palestino junto a Israel haría innecesaria la agresiva «solidaridad» iraní con la causa palestina. La de ya de por sí dudosa legitimidad de Hezbolá en el Líbano resultaría aun más severamente cuestionada de lo que lo es ahora. Es evidente que para evitar una derrota semejante, el gobierno iraní necesita una situación de efervescencia política, luchas armadas e inestabilidad institucional en la región.
Esta es sin duda una parte de la explicación pero no una explicación completa. Un trabajo del politólogo alemán Matthias Kûntzel demuestra que más allá de los intereses tácticos y los objetivos estratégicos de los sectores más agresivos de la revolución khomeinista, hay causas ideológicas muy profundas.
Matthias Küntzel, nacido en 1955, vive en Hamburgo, en cuya universidad obtuvo su doctorado. Fue asesor de la fracción parlamentaria de los Verdes y ha dictado conferencias en las universidades de Yale, Viena y Jerusalén. Desde el año 2001 se ha especializado en el estudio del antisemitismo en el pensamiento islámico, el islamismo y la política europea respecto al Medio Oriente, y en 2004 ha sido nombrado miembro asociado del Centro Internacional Vidal Sasson para el estudio del antisemitismo (Sicsa) de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Es precisamente esta entidad que ha publicado en inglés su trabajo «Odios no santos: la negación del Holocausto y el antisemitismo en Irán», que consideramos de interés reseñar.
Küntzel comienza su tesis con un informe sobre la conferencia acerca de la negación del Holocausto, que tuvo lugar en Teherán el 11 y 12 de diciembre de 2006 y señala que por primera vez los líderes de un país grande e importante ha decidido convertir la negación del Holocausto en un aspecto central de su política internacional. Pero la diferencia no está únicamente en el respaldo estatal a la conferencia, sino también en su propósito. Mientras que hasta ahora, los negadores del Holocausto querían revisar el pasado, hoy, Irán quiere definir el futuro preparando el próximo Holocausto. En su discurso de apertura ante la conferencia, el ministro de Relaciones Exteriores iraní, Manucher Mottaki, no dejó dudas respecto a que el objetivo es la destrucción de Israel. «Si la versión oficial del Holocausto es cuestionada», dijo Mottaki, entonces «también la naturaleza e identidad de Israel deben ser cuestionadas». Auschwitz es negado para preparar un segundo genocidio antijudío.
Küntzel recuerda más adelante que la amenaza nuclear a Israel no fue una invención del presidente Mahmud Ahamadinejad. «Hace cinco años, en diciembre de 2001, el ex presidente iraní Hashemi Rafsanjani se jactó de que una sola bomba nuclear en Israel destruiría todo», mientras el daño al mundo islámico de un ataque nuclear de represalia sería limitado. «No es irracional, dijo, contemplar una posibilidad semejante. Mientras el mundo islámico podría sacrificar centenares de miles de «mártires» sin desaparecer, Israel desaparecería de la historia después de la primera bomba». Comenta el autor alemán que es precisamente esta mentalidad suicida lo que hace que el programa nuclear iraní sea diferente y mucho más peligroso que el de otras naciones.
Küntzel analiza la filosofía del martirologio de Khomeini y recuerda sus palabras en 1980: «No adoramos a Irán sino a Alá. El patriotismo no es sino otro nombre para el paganismo. Yo digo que este país puede arder y hacerse humo si gracias a ello el Islam termina triunfando en el resto del mundo».
El politólogo alemán cita un pronunciamiento de Mohamad Hassan Rahminian, representante del guía de la revolución, Ali Khamenei, el 16 de noviembre de 2006, que resulta sumamente ilustrativo respecto a esta filosofía nihilista y antisemita. Rahminian dijo: «El judío, no el sionista, sino el judío, es el más obstinado enemigo del devoto. Y una gran guerra determinará el destino de la humanidad… La reaparición del duodécimo Imam llevará a una guerra entre Israel y la Shía».
El autor observa que a lo largo de la historia los chiitas solían tratar peor a los judíos que los sunitas. Esto se deriva del hecho de que los chiitas, a diferencia de los sunitas, tenían su propia doctrina de «pureza racial», muy similar a la de los hindúes hacia los «intocables». Según esta doctrina, todo no musulmán es «najas» o impuro y todo contacto con un «najas» podía provocar alguna enfermedad. Sin embargo, el propio Iman Khomeini encontró una vía para escapar a esta maldición : «Cuando un hombre o mujer no musulmán se convierte al Islam, su cuerpo, su saliva, sus secreciones nasales y su sudor son ritualmente limpios. Sin embargo, si sus ropas estuvieron en contacto con su cuerpo sudoroso antes de la conversión, siguen siendo impuros».
La relativa tolerancia a la comunidad judía de Irán de 25.000 almas se combina con una masiva difusión de literatura antisemita. Mediante la mezcla de incitación y ausencia de agresión física, el régimen iraní mantiene a la comunidad judía en un estado de incertidumbre desde 1979 y esta incertidumbre sólo se ha incrementado desde la elección de Ahmadinejad. Dice textualmente Küntzel: «Mientras por una parte, el presidente iraní cita la presencia de la comunidad judía como una prueba de su falta de prejuicios, al mismo tiempo permite que uno de sus más cercanos asesores, Mohammed Ali Ramón, amenace a los judíos iraníes invocando la doctrina de «najas»Por ejemplo, en junio de 2006, Ramón dijo: «Los judíos son un pueblo sucio. Por ello fueron acusados a lo largo de la historia de ser responsables por la difusión de plagas y enfermedades mortales».
Quienes lucharon contra la barbarie nazi o fueron sus víctimas deben frotarse los ojos. A poco más de sesenta años de la derrota del Tercer Reich, los líderes de una doctrina totalitaria que en lugar de bregar por la superioridad de una raza bregan por la superioridad de una religión, retoman los clásicos argumentos de su antisemitismo delirante. *
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