Los Derechos Humanos de Israel

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. En aquella oportunidad, las naciones del mundo acordaron plasmar inequívocamente sobre el papel aquellos principios generales, desarrollados paulatinamente a lo largo de cientos de años, que conferían a cada humano como tal un mínimo garantizado de derechos básicos, indistintamente de su religión, raza, sexo, orientación política o nación.

No caben dudas –tal como lo contempla el mismo preámbulo de la Declaración– que el trasfondo de su aprobación fueron las atrocidades de la 2a. Guerra Mundial y las simas de barbarie a las que la condición humana pudo dejarse arrastrar. De tal modo, la Declaración se puso como meta la consagración jurídica de unos derechos universales básicos, constituyendo a los diversos entes y mecanismos de las Naciones Unidas en su custodia y salvaguarda.

Ya en 1946, había sido creada la Comisión de Derechos humanos de la ONU, compuesta por 53 países y con asiento en Ginebra, que prontamente fue investida de la noble tarea de velar por el cumplimiento de la Declaración Universal de 1948, de reportar al Secretario General las violaciones a los derechos humanos en el mundo, y de establecer un foro y un marco que tratasen el tema de forma periódica y permanente.

Recientemente, en abril de 2006, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la creación de un nuevo organismo, el Consejo de los Derechos Humanos, en reemplazo de la Comisión de 1946, que fue disuelta. La Asamblea pretendió, al dar ese paso, subsanar lo que se venía criticando duramente a la desmembrada Comisión, a saber: la ineficiencia y extrema politización de esta última, causantes de un tratamiento parcializado y selectivo en el tratamiento de la problemática de los derechos humanos. Fue la concreción de la visión del entonces Secretario General de la organización, Kofi Annan, de contar con un ente probo, eficiente y apolítico.

Empero, bastó sólo un escaso año de sesiones del flamante Consejo, para comprobar con gran desazón que los países miembro del mismo han faltado a su compromiso, quedando a vista de todos el rotundo fracaso en que ha incurrido el Consejo en su proceder, al igual que su extinta predecesora. Así pues, el 18 de junio último, adoptó el pleno del Consejo una resolución por la cual aprueba su agenda permanente de trabajo. El artículo 4º de dicha agenda, que lleva por nombre «Situación de DDHH que requieren interés especial del Consejo», se refiere a la defensa de los derechos del hombre como tal, en cualquier lugar del mundo. El artículo 7º de la misma agenda, en tanto, se intitula «Situaciones de DDHH en Palestina y otros territorios árabes ocupados», individualizando y señalando al Estado de Israel y separándolo del resto del concierto de las naciones, como no lo fue hecho con ningún otro país o situación, por graves que estos fueren.

No es esta la primera vez en que el Consejo prioriza por ante todo otro y de forma pertinaz, el tratamiento de la temática de derechos humanos de los palestinos. No es sino una actitud contumaz, independiente e inconexa de la situación efectiva del estado general de los DDHH de los palestinos. Por caso y sólo a título de ejemplo, el Consejo no mostró interés alguno por la situación de los refugiados palestinos en los campamentos libaneses, carentes por completo de derechos básicos como el del empleo o la vivienda digna. Menos aun, por los horrores cometidos por milicianos de Hamas contra gente de su propio pueblo. La razón de tal omisión no puede ser otra: la obsesión del Consejo por los palestinos, exacerbada últimamente en luchas fratricidas cebadas por Irán y plagadas de atrocidades, que dejaron impávidos a los miembros del Consejo. En cambio, está dictada por una profunda politización, que no ha sido capaz siquiera por una vez de sobreponerse al archiconocido «hoy por ti, mañana por mí» que rige en las relaciones internacionales, llevándolos siempre a buscar un consenso relegado al mínimo denominador común: Israel.

No puede haber lugar a dudas, de que el relegamiento del Estado de Israel a una suerte de saco de boxeo del mundo, la moneda en que se acuerda pagar las transacciones políticas internacionales, es algo que el gobierno israelí lamenta. Sin embargo, no sería esta la primera vez que Israel resulta aislada por las organizaciones multilaterales. De tal manera, Israel no puede formar parte de ninguno de los cinco grupos continentales en que se dividen los estados miembro del Consejo, ya que ningún grupo está dispuesto a aceptarlo en sus filas. Es por esa misma razón que Israel no está representada en el Consejo, ni puede ser electa como miembro, a pesar de que, paradójicamente, la mayor parte de las sesiones del Consejo fueron dedicados a él.

Valga aclarar que Israel en modo alguno se ha opuesto ni se opondrá a colaborar y a aceptar todo tipo de crítica constructiva tendiente a una mejora de derechos humanos de los palestinos bajo su tutela. Más aun, los gobiernos israelíes demuestran apertura, flexibilidad y sensibilidad para mejorar las condiciones de vida y las dificultades que acucian a la población civil palestina. Empero, Israel se opone de plano a la conversión de la problemática de corte humanitario en una netamente política, aislándola de todo contexto y haciéndola acreedora de un tratamiento separado, selectivo y discriminatorio.

Lo más lamentable, eso queda claro, es que más que la actitud del Consejo perjudica a Israel, termina haciéndolo con los propios palestinos y sus problemas reales, que una vez más acaban como piezas del juego político de ciertos países hostiles a Israel, que buscan así ocultar sus vergüenzas por los crímenes perpetrados contra su propia población.

La extrema fijación del Consejo de DDHH en los palestinos fue su constante durante todo el primer año de su existencia. Pero el mayor pecado del Consejo no fue precisamente para con el Estado de Israel, sino hacia los millones de seres desamparados y humillados a lo ancho del planeta, que no cuentan siquiera con la defensa cínica ofrecida a los palestinos, los únicos y exclusivos cuyas cuitas desvelan a los pueblos del mundo.

He de preguntar, entonces, al Consejo y a sus miembros: ¿qué habéis hecho por los cientos de miles de víctimas del genocidio de Darfur? ¿Cómo exactamente habéis impedido las ejecuciones sumarias, multitudinarias y humillantes de seres humanos inocentes perpetradas en Irán, cuyo único «pecado» fue una postura diferente a la del régimen, o una identidad sexual distinta a la predicada por los ayatolás? ¿Cómo habéis intentado impedir el brutal recorte en la libertad de expresión de los venezolanos? ¿Cuál fue vuestra reacción frente a las andadas de cientos de misiles Katiusha, lanzados por los terroristas de Hezbolá de toda la intención de matar civiles inocentes en el norte de Israel, o a los misiles Kasam de Hamas que matan civiles en el sur? La última resolución del Consejo, esa misma que perpetúa sine die el seguimiento de las acciones israelíes, concluyó por otro lado con el mismo seguimiento efectuado hasta ese entonces a Bielorrusia y a Cuba. ¿Qué cambio en la dictadura bielorrusa ameritó su distingo; cómo habrá el Consejo de defender de aquí en más a sus oprimidos ciudadanos? ¿Es que Cuba permite ya la libre entrada y salida de sus gentes del país, admite la libertad de expresión, salvaguarda a la oposición, está ya abierta a otras ideas que no sean la oficial? ¿Y cuándo por última vez os habéis interesado por la suerte de los pueblos sufrientes de Birmania o de Corea del Norte, avasallados por brutales regímenes dictatoriales? ¿Es que ya no se mutila a las mujeres en Africa?

No podrían sonar más hilarantes las palabras del embajador iraní ante el Consejo en vísperas de la resolución de marras, cuando bregara por un Consejo «imparcial, ecuánime y exento de politización en su quehacer». Esto, a la
par que su país viola flagrantemente los derechos más básicos de sus propias minorías, y sin haber cejado en su llamado beliciosa la destrucción de Israel y al genocidio de sus ciudadanos.

No hemos dejado de advertir a nuestros países amigos, Uruguay entre ellos, de los peligros de que el Consejo se termine por convertir en una arena antiisraelí, como su antecesora. Es de lamentarse que tan sólo un país de los 47 que componen el Consejo -Canadá- haya tenido el valor de rehusar su apoyo a tan clara injusticia. Nuestros amigos no podrán evitar mirarse al espejo cada mañana, y preguntarse: ¿qué hicimos ayer, que haremos hoy, para evitar la violación sistemática, agresiva, violenta de los derechos humanos sobre la faz de la Tierra? Nuestros amigos habrán, pues, de preguntarse cada mañana: ¿existirán los derechos humanos sólo para los palestinos? *

(*) Cónsul de Israel en Uruguay

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