Cuba en el corazón
CUBA CELEBRÓ ayer, con un discurso de Raúl Castro en Camagüey ante una concurrencia multitudinaria, el aniversario del asalto al cuartel Moncada, una fecha inscrita en la mejor historia de América Latina. Los recuerdos vuelan hacia ese día, 54 años atrás (un privilegio de los veteranos). La noticia llegó a nuestro país como un trueno lejano, y en la versión de los cables no se distinguía de los cientos de intentos golpistas que asolaron el continente en el siglo pasado. Rodney Arismendi opinó que en este caso era distinto, porque se intentó asaltar un cuartel de la dictadura batistiana para entregar las armas al pueblo y emprender el camino de una auténtica revolución.
Un nuevo período histórico
Esa fecha fue el preámbulo de la revolución triunfante del 1º de enero de 1959. Entre las dos se sitúa el desembarco de los 82 expedicionarios del Granma procedentes de México el 2 de diciembre de 1956, configurando en su conjunto un capítulo augural de la revolución continental.
La revolución cubana que se inicia el primer día de 1959, democrática y antimperialista y que pasa en un tránsito acelerado a la construcción del socialismo, se erige en el acontecimiento fundamental de la historia del continente desde las guerras de independencia de 1810-1830, que emanciparon las colonias iberoamericanas del dominio de España y Portugal. Introdujo un cambio cualitativo. Abrió un nuevo período, el de la segunda y definitiva independencia. El que estamos transitando hoy, medio siglo después, en una nueva América Latina, con gobiernos progresistas y de izquierda en un conjunto de países. El nuevo período esperanzado que hoy vivimos nació entonces, y la derrota del asalto al cuartel Moncada alumbró la espléndida victoria de un lustro después. La victoria cubana demostró que los pueblos de América Latina pueden derrotar a las oligarquías y al imperio que las venían sojuzgando a lo largo de su vida independiente. En adelante, otro gallo cantaría.
Desde entonces, la solidaridad con Cuba, para contribuir a que siga encendido el primer hogar del socialismo en América Latina impregna el contenido de este nuevo período histórico abierto por la hazaña guerrillera de la Sierra Maestra y se transforma en deber primordial del movimiento democrático desde el Río Bravo a la Patagonia. Pasó a ser una tarea estratégica. Y esto adquiere hoy mayor vigencia que nunca, ante la virulencia reconcentrada de los ataques del norte «revuelto y brutal», como dijera Martí. A lo largo de medio siglo Uruguay ha militado con honor en esta causa solidaria, en la que se enrolaron amplios sectores del pueblo.
La revolución continental
Así se fue sustentando en la práctica la concepción de la revolución continental, uno de cuyos pilares es la comunidad histórica y geográfica. Los libertadores consideraron la brega emancipadora como una única guerra contra el opresor común. En el pensamiento de Bolívar (hoy reverdecido en la revolución venezolana) «la patria es América». (en el libro de García Márquez El general en su laberinto se narra la sabrosa anécdota en que expresó este concepto, en diálogo con el oficial José María Carreño, caraqueño como él). Su Carta de Jamaica es un manifiesto por la independencia de todo el continente, y `proyectó el Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826 (saboteado por el Departamento de Estado) para plasmar esa «unión de repúblicas» que contribuyó decisivamente a liberar. Después de proclamar que «jamás conducta ha sido más infame que la de los norteamericanos con nosotros», legó a la posteridad su sentencia premonitoria: «Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad». Y fue Martí, el apóstol de la tardía independencia de Cuba, vestigio postrero de la colonización española en el continente, quien dijo «patria es humanidad» y acuñó la expresión «Nuestra América» para subrayar el destino común de la gesta liberadora.
Luego, la «astucia de la historia» quiso que la primera revolución socialista de América Latina se produjera precisamente en una isla situada a un tiro de cañón de la península de la Florida y que tiene, como un puñal clavado en el costado, la base yanki de Guantánamo, un centro de torturas al margen de la civilización.
La concepción de la revolución continental no significa que los distintos países transiten caminos idénticos a ritmo uniforme. Ni menos creer en explosiones simultáneas. Aquí también, la unidad esencial se manifiesta en la diversidad. Hace muchos años, Arismendi concebía que la opresión imperialista sobre América Latina podría romperse en su eslabón más débil, y lo ejemplificaba precisamente en el caso de Cuba, «el país en que por su desarrollo histórico, las contradicciones se apretaron fuertemente hasta reventar: opresión nacional más ostensible y más tardía independencia de España, reunión del imperialismo y el latifundio en una sola persona, historia sangrante y torturada de lucha contra la tiranía, con la circunstancia favorable de que en Cuba había un movimiento obrero de tradición y aguerrida militancia. Por lo mismo ese eslabón, una vez fragmentado, no podrá recomponerse».
La América Latina de hoy
Eso es lo que ha pasado, a la vuelta de medio siglo. Ni más ni menos. América Latina hoy es otra. El presidente ecuatoriano Rafael Correa dijo que no vivimos una época de cambios, sino un cambio de época. El origen de esa transformación profunda nace con la revolución cubana, que a su vez tuvo su bautismo en la acción heroica del Moncada y del cuartel Carlos Manuel de Céspedes. Es ésta una fecha de reafirmación solidaria con Cuba, agredida, bloqueada, con una porción de su territorio cercenado, con tentativas múltiples de asesinato de sus dirigentes, pero erguida como ejemplo de dignidad y de independencia frente al imperio. *
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