Cuando los muertos dejan de ser noticia
EL ÚLTIMO PERÍODO ha sido particularmente mortífero en Irak. Sin embargo, se requiere que las matanzas hayan sido de una magnitud excepcional (como el centenar de víctimas en Kirkuk, en el norte) para que ocupen los titulares de la prensa. En los demás días, las decenas de muertes que se suceden sin pausa merecen apenas pequeños sueltos a una columna. El aumento de 30 mil efectivos estadounidenses, para un total aproximado de 160 mil hombres, no ha hecho más que elevar el número de víctimas, tanto entre los iraquíes como de los ocupantes. El presidente Bush patea la pelota para adelante.
Una opinión retroactiva de Colin Powell
En lo inmediato, esto significa capear la oposición creciente a la guerra en la opinión pública (más de 7 cada 10 ciudadanos) y en el Congreso, y relegar una definición a setiembre, cuando se presente el informe general de situación por parte del comandante de las fuerzas, general David Petraues, y del embajador en Bagdad, Bryan Crocker.
Mucha gente en EEUU se interroga sobre el origen mismo de la invasión. En la encuesta arriba señalada (de la consultora Gallup para el USA Today) el 62% considera que el gobierno de Bush cometió un error al enviar las fuerzas militares a Irak El debate público y en el el Congreso se exacerba a medida que aumenta el número de bajas norteamericanas, superior a las 3.600, con la particularidad de que en el último período es mucho más elevado que durante la invasión
El 8 de julio se realizó en Aspen, estado de Colorado, un Festival de las Ideas, en el cual el ex secretario de Estado Colin Powell reveló el tenor de sus conversaciones con el presidente Bush en el momento en que éste estaba fraguando la alianza con Blair y Aznar, contra casi todo el mundo y contra la voluntad expresa de la ONU. Dijo que durante dos horas y media estuvo tratando de sacarle de la cabeza la idea de invadir Irak, sin éxito. «Yo intenté evitar esa guerra, alerté al presidente de las consecuencias de entrar al país árabe y convertirnos en ocupantes», declaró. A su juicio, allí se está librando una guerra civil, que «no puede ser solucionada por las fuerzas armadas de los Estados Unidos».
Rebelión (a medias) en el Senado
Remedando un título conocido, se habla estos días de rebelión en el Senado, en referencia a senadores republicanos que se oponen a la política del presidente sobre Irak, que alcanzan a esta altura el número de 6 y podrían sumarse a los 51 demócratas del total de 100 senadores. Ya veremos que esto es relativo, y que ni aún así alcanzaría para torcerle el brazo al presidente, que sin ambages declaró que vetará cualquier resolución sobre el regreso de las tropas.
Los primeros en marcar sus diferencias fueron Richard Lugar, miembro del Comité de Asuntos Internacionales, John Warner, del Comité para las Fuerzas Armadas, y Judd Gregg, integrante del círculo de la familia presidencial. Luego se sumaron el senador George Voinovich y Susan Collins, del estado de Maine. Quien completó la media docena fue el senador por New México, Pete Domenici, con tres argumentos: que el incremento de 30 mil efectivos desde enero no surtió ningún resultado positivo; que la situación general en Irak se degrada y que el gobierno encabezado por Nouri al-Maliki es incapaz de alcanzar progreso alguno en materia de seguridad. A esto se agrega que no se llegó a ningún acuerdo entre los sunnitas, chiítas y kurdos sobre el reparto de los ingresos derivados de la venta del petróleo; y que los parlamentarios sunnitas se proponen abandonar el gobierno.
Debe tomarse en cuenta que los senadores republicanos nombrados, sin excepción, se presentan a la reelección en los respectivos estados el año próximo.
Pero cuando llega la hora de los hornos, las definiciones no son tan claras. Solamente cuatro senadores republicanos apoyaron el miércoles, después de una noche de debates y con la presión de Condoleezza Rice, una resolución que instaba al gobierno a «iniciar el repliegue de las tropas durante los 120 días siguientes a la promulgación y completar hasta el 1 de abril la reducción y transición para dejar una presencia limitada». Al no alcanzar los 60 votos, la resolución quedó bloqueada.
Un silencio de 250 mil dólares
Ya hablamos de la conmutación por parte de Bush de las penas que la justicia impuso a Lewis «Scooter» Libby, ex jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney, quien filtró a la prensa el nombre de Valerie Plame como agente encubierta de la CIA para vengarse de su esposo, el embajador Joseph Wilson, quien desnudó la patraña del gobierno de Bush de que Saddam Hussein estaba adquiriendo uranio en Níger para fabricar armas atómicas. Libby queda libre, podrá permanecer en silencio ante una requisitoria del fiscal (lo cual favorece a Bush y a Cheney) y sólo deberá pagar 250 mil dólares de multa, que le serán provistos por un comité integrado por el precandidato presidencial republicano Fred Thompson y por el ex director de la CIA, James Woolsey, quien además hizo lobby a favor del grupo de Ahmed Chalabi (un estafador del alto vuelo) en Irak
Cuando Bush padre era presidente calificó a Joseph Wilson como «verdadero héroe estadounidense» por su papel como emba-
jador en Bagdad en ocasión de la invasión a Kuwait en 1990. Ahora tiene su carrera arruinada. Por su parte, Fred Thompson declaró que la conmutación de la pena a Libby «va a permitir que un buen estadounidense reanude su vida». Se le contestó que «muchos buenos estadounidenses fueron enviados a la guerra y más de 3600 murieron. Ellos no podrán seguir con sus vidas. Y no olvidemos los cientos de miles de iraquíes muertos. Más de 20 mil estadounidenses heridos, algunos con miembros amputados, algunos ciegos, con daño cerebral. Ellos no tienen más opción que seguir con sus vidas, pero sin el suntuoso comité de recaudación de fondos».
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