La desestabilización de Pakistán

El pulso mantenido entre los islamistas paquistaníes y el gobierno de Pervez Musharraf pone en riesgo la estabilidad del propio país. Desde hace algún tiempo, los líderes de la (conocida como) Mezquita Roja en Islamabad desafían la autoridad del presidente Musharraf. Desde este templo se ha instado a la rebelión en otras ciudades como Lahore o Quetta.

Además, la rebelión se suma a las reuniones que la oposición está celebrando en estos días en Londres y al intento de atentado sufrido por el presidente Musharraf en la ciudad Rawalpindi, donde curiosamente se encuentra el Cuartel General del Ejército. Todos estos sucesos complican la situación política de Musharraf y hacen pensar que una revolución islámica pueda estar preparándose en Pakistán.

Todo comenzó con la irrupción de un grupo de radicales pertenecientes al complejo de Jamia Hafsa amp; Lal Majid (Mezquita Roja) en un local de masajes regenteado por nueve ciudadanos chinos que fueron secuestrados con la excusa de reeducarlos en valores islámicos. Previamente, el grupo había ocupado una librería y asaltado varios videoclubs que ofrecían películas moralmente reprobables. Aunque los ciudadanos chinos fueron liberados, la tensión no decreció.

La Mezquita Roja es un templo financiado con dinero público adonde acuden estudiantes de las zonas tribales, principalmente pastones en contacto con la ideología talibán. El pasado 2 de julio comenzaron los enfrentamientos entre los radicales y las fuerzas paquistaníes que pretendían liberar al grupo de rehenes (entre 200 y 500) que se encontraban retenidos en el interior del complejo. Los amotinados exigen el fin de la degradación de la mujer que está ejerciendo el régimen de Musharraf.

Los dos líderes principales de la revuelta fueron Malauna Abdul Aziz y su hermano Abdul Rashid Ghazi. El primero fue capturado mientras se producía la salida de un grupo de mujeres de la Mezquita Roja. Abdul Aziz pretendía escapar disfrazado con un burka aunque las fuerzas paquistaníes lo apresaron; su hermano asumió el liderazgo de la rebelión y cayó abatido tras la toma de la mezquita por parte de los soldados del gobierno.

Según fuentes gubernamentales, entre los amotinados se encontraban miembros del grupo Harkat ul Yihad al Islami, brazo de Al-Qaeda en Pakistán, prohibido hace unos meses por el gobierno de Musharraf. Además, parece que en el interior de la mezquita Lal Majad podrían haberse hallado combatientes chechenos y uzbecos pertenecientes a la red que lidera el terrorista Osama Bin Laden.

El pasado 5 de julio el Ejército paquistaní comenzó una operación de acoso contra la Mezquita Roja. Los enfrentamientos entre radicales islámicos y fuerzas paquistaníes se han cobrado decenas de muertos, incluyendo al comandante en jefe de las fuerzas especiales de asalto, teniente coronel Haroon Islam. Sin embargo, esta cifra se eleva a 200 si atendemos a fuentes cercanas a los sublevados.

Si echamos la vista atrás, lo cierto es que el actual Pakistán nada, o muy poco, tiene que ver con el que inspiró a Jinnah. El líder nacionalista expresó su idea de Pakistán tres días antes de la independencia de los británicos: Sois libres de ir a vuestros templos, a vuestras mezquitas o a vuestros lugares de culto. Cualquiera que sea vuestra religión, credo o raza, nada tiene que ver con los asuntos de Estado (11 de agosto de 1947).

La idea del padre del actual Pakistán era un Estado secularizado, tal y como anunció pocos meses después de la independencia: Pakistán no será un Estado teocrático gobernado por religiosos con una misión divina. Sin embargo, su repentina muerte y la presión ejercida por los ulemas sumergieron a Pakistán en una dinámica de alternancia entre gobiernos militares autoritarios y gobiernos civiles altamente populistas.

El actual presidente, Parvez Musharraf, aglutina ambas características. Por un lado, se comporta como un militar duro que gobierna el país no desde Islamabad, sino desde el cuartel general del Ejército en Rawalpindi. Por el otro, Musharraf es un líder populista que aunque no viste con el Shalwar Kamees de Zulfikar Bhutto, sí que es capaz de utilizar el urdu para anunciarle a la nación la cooperación incondicional con Estados Unidos tras el 11-S.

En los últimos meses se han empezado a oír rumores sobre la supervivencia de Parvez Musharraf. Estos rumores no serían una novedad de no ser por su procedencia, puesto que el presidente de Pakistán ha sobrevivido a muchos atentados. El problema parece estar en que dichos rumores provienen ahora de su fuente de poder, es decir, del Ejército.

En los últimos meses los soldados se han quejado reiteradamente de la falta de medios que sufre el Ejército en la provincia de la Frontera Nororiental, tradicional zona de enfrentamiento entre talibanes y militares paquistaníes. Además, en Karachi es común encontrar manifestaciones de radicales islamistas protestando contra el Ejército. Teniendo en cuenta este grado de descontento, el general Musharraf se reunió recientemente con la plana mayor del Ejército, la cual emitió un comunicado de apoyo al que es a la vez presidente y jefe de las Fuerzas Armadas.

El comunicado tiene muchas interpretaciones, pero ya hay quien se aventura a pensar que el presidente Musharraf podría acabar como Ayub Khan, es decir, reemplazado por otro militar. Incluso, algunos van más allá y afirman que la mano que puso los mangos asesinos en el avión presidencial de Zia ul-Haq podría volver a actuar, esta vez, contra Musharraf.

Esta situación genera muchas interrogantes. La primera es: en caso de que Musharraf sea derrocado, ¿estará preparado el Eército para situar a otro militar kemalista y pro occidental como es el actual presidente? Una segunda cuestión es si, de no ser un militar, ¿estaría el pueblo dispuesto a readmitir a Nawaz Sharif y Benazir Bhutto? Por último, y más importante, ¿pueden los islamistas aprovechar la confusión y hacerse con las riendas de un país que ya posee el arma nuclear?

Por su parte, el grupo de partidos opositores reunidos en Londres trata de aprovechar la ocasión para debilitar al general Musharraf. El APC ( Anti Pervez Conference) está liderado por el ex primer ministro Nawaf Sharif, quien ha criticado abiertamente las acciones del gobierno y ha guardado silencio sobre las acciones de los radicales islámicos. La otra gran líder de la oposición, Benazir Bhutto, no participa directamente en la conferencia aunque sí ha enviado a una colaboradora.

La situación es bastante complicada y aunque parece que el gobierno de Musharraf no dará tregua a los amotinados, su margen de maniobra es cada vez más pequeño. En cualquier caso, parece que la mano de Al-Qaeda mece de nuevo la cuna en la que reposa Pakistán. *

(*) Experto en temas del Cáucaso y Asia Central e investigador en el Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid. ( Safe Democracy)

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