Desertificación y cambio climático, dos caras del mismo desafío
Como afirmó el ex secretario general de las Naciones Unidas Kofi Annan, «la desertificación es uno de los procesos más alarmantes de la degradación ambiental a escala mundial». Aunque se trata de un problema «silencioso», sus efectos recaen sobre un tercio de la superficie terrestre y ponen en peligro la existencia de 1.200 millones de personas en más de 100 países alrededor del mundo.
Muchas de las personas más pobres del mundo son las afectadas más directamente por la desertificación. Dos tercios de los pobres viven en tierras secas, cerca de la mitad de ellos en granjas familiares en las cuales la degradación ambiental amenaza la producción agrícola de la cual dependen sus sustentos. Esto hace que busquen soluciones rápidas para sus urgentes necesidades y de ese modo dañan ulteriormente su ambiente y perpetúan el ciclo de desertificación y de pobreza.
La Convención Internacional de Lucha contra la Desertificación (Unccd) reconoció que este es un problema centrado en la gente y que está afectando combinadamente al bienestar de las personas y el ambiente en las áreas afectadas. Como tal, esa convención es un importante instrumento en los esfuerzos para erradicar la pobreza extrema, el primero de los Objetivos del Milenio para el Desarrollo.
El actual secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, afirmó que «la efectiva implementación de la Convención, que integra las preocupaciones tanto sobre el ambiente como sobre el desarrollo, se está volviendo cada vez más urgente.» El tema elegido para este año refleja los significativos lazos entre la desertificación y el cambio climático, así como las sinergias entre las dos convenciones de Río sobre ambos asuntos, cuyo objetivo final es el desarrollo sustentable. Aunque la desertificación es parcialmente causada por factores inducidos por actividades humanas tales como los cultivos y el pastoreo excesivos, el cambio climático juega en ella un papel significativo.
Hay muchos motivos para preocuparse. Una reciente investigación sobre los cambios de movimiento de las corrientes marinas indica que si ellas se mueven otros dos o tres grados hacia los polos en el siglo próximo áreas muy secas como el desierto del Sahara podrían extenderse también en dirección a los polos, quizás algunos cientos de millas. Entretanto, estamos ya experimentando los impactos del cambio climático, con efectos adversos sobre muchas áreas. Las tierras arables están disminuyendo y el agua se está volviendo cada vez más escasa. Los patrones de las caídas de lluvia se han alterado y las inundaciones, las sequías y los incendios forestales se están volviendo cada vez más frecuentes y dañinos. Imágenes de tales eventos climáticos extremos llegan a nuestros hogares con cada vez más frecuencia y son un aviso del precio que deberá ser pagado por ignorar al ambiente que nos sustenta.
La desertificación ya ha sido responsable de los altos niveles de la migración forzada y una serie de naciones europeas están entre aquellas que tienen que enfrentar las consecuencias cuando llegan a sus playas botes cargados de personas que han arriesgado sus vidas para buscar el sustento que ya no pueden obtener en sus propios países. Si el cambio climático se acelera, se estima que más de mil millones de personas –una séptima parte de la actual población mundial– podrían verse obligadas a abandonar sus hogares entre el momento actual y 2050.
Aunque el impacto del cambio climático sobre la desertificación es claro, a lo que se le ha otorgado menos atención es a los efectos de la degradación de la tierra sobre el calentamiento global.
La Evaluación del Ecosistema para el Milenio subraya que los suelos de las tierras secas contienen más de un cuarto de todas las reservas de carbono orgánico en el mundo así como casi todo el carbono inorgánico.
Como resultado de la desertificación y de las consecuentes pérdidas de vegetación, que produce un incremento de las emisiones y una disminución de la absorción del carbono, se estima que cerca del 4% del total de las emisiones globales son producidas en tierras secas. Por lo tanto, los esfuerzos combinados para combatir la desertificación mediante la recuperación de las tierras degradadas, el combate contra la pérdida de suelos y la restauración de la vegetación pueden ayudar a alcanzar rápida y eficazmente resultados para contener las emisiones de gases invernadero, lo que a su vez puede tener un importante impacto sobre los patrones del clima global. Dados los múltiples vínculos entre la desertificación y el cambio climático, las estrategias de alivio y adaptación deberían coordinarse para hacer frente a ambos problemas en manera concertada.
La desertificación y el cambio climático son dos importantes manifestaciones del mismo desafío ambiental global y ambos en conjunto amenazan seriamente nuestra capacidad para alcanzar los Objetivos del Milenio para el Desarrollo en 2015. *
(*) Hama Arba Diallo, Secretario Ejecutivo de la Convención Internacional de Lucha contra la Desertificación (UNCCD).(COPYRIGHT IPS) .
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